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Pasajes

oct-16-2018, por cinefilo

Lola (Jacques Demy, 1961)

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“Todas las cosas rectas mienten, murmuró con desprecio el enano. Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo.” (F. Nietzsche)

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Como el Pasaggio Balestrero de Valparaíso que fotografió en 1952 Sergio Larrain, el pasaje Pommeraye de Nantes es un lugar mágico en el que los tiempos se reúnen. En Lola el tiempo es un jardín de senderos que se bifurcan y, ocasionalmente, vuelven a encontrarse: la película transcurre en presente, pero se trata de un presente que reúne también el pasado y el futuro. En lugar de un flashback de cómo surge el primer amor, el único, de Cécile/Lola por Michel, vemos a otra Cécile, Desnoyers, que con 15 años se enamora a su vez, repitiendo la historia anterior, de otro marinero americano, Franky, que pasa tres días en Nantes. Lola siente apego por Franky porque le recuerda a Michel; y Gaspard se ve atraído por Cécile recordando a aquella otra Cécile.

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Lola está dedicada a Max Ophüls, el director del movimiento perpetuo, que no pudo llegar a filmar el debut de Anouk Aimée (Los amantes de Montparnasse, que acabaría haciendo Jacques Becker), y es como una versión de On the town (Un día en Nueva York) en la que la danza aparece integrada de forma sutil en las acciones cotidianas, a la manera de Tati, y en los movimientos del azar. Los personajes tienen la densidad del pasado que gravita sobre ellos, del que forma parte el pasado de los actores que los encarnan: así, Madame Desnoyers (Elina Labourdette), madre de Cécile, muestra a Roland Cassard una foto de su juventud que procede de Las damas del bosque de Bolonia de Bresson; y el propio Cassard (Marc Michel) parece arrastrar la ambigüedad de su personaje en Le trou de Becker.

Por su parte, el nombre de Lola remite a Sternberg (aunque en este caso se trata de un ángel blanco, sin ningún rasgo de fatalidad) y a Ophüls (aunque en un ambiente social diferente al de la juventud de Lola Montes); además, por su carácter ligero, ajeno a toda seriedad, nos recuerda a Anne Vernon en las comedias de Becker. Finalmente Michel (Jacques Harden) representa, antes de Wenders, al “amigo americano” que se presenta en Nantes vestido de blanco, como los marineros, con su lujoso Cadillac a juego, como un personaje de cuento de hadas.

Tras ser despedido de su trabajo por su impuntualidad reiterada, Gaspard se convierte en el perfecto flâneur, y puede sumergirse en el azar como un nadador que se estira en el agua después de un duro día de calor. Así, además de encontrarse con Madame Desnoyers y su hija, y luego, después de tantos años, con Lola, su experiencia se abre a otros mundos paralelos escondidos en la realidad cotidiana (el personaje del peluquero que trafica con diamantes, que aparece en escena de un modo que recuerda a los viejos seriales, a las novelas de Balzac).

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La primera vez que vemos a Lola, Franky le pide que se acueste con él; ella lo rechaza pero inmediatamente cambia de idea, al ver el coche que ha comprado para su hijo pequeño. En la siguiente escena, Madame Desnoyers rechaza el ofrecimiento de un libro que le hace Gaspard en una librería, pero inmediatamente cambia de idea. Como en Noches blancas de Dostoyevski, que diez años después adaptaría también Bresson, todos aman a una persona que no está libre, pero cuya unión ideal parece, en un momento dado, destinada al fracaso; así, la infelicidad de uno (Lola, Gaspard) traería como consecuencia la esperanza de otro (Gaspard, Madame Desnoyers).

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A su término, Lola transmite la sensación de que algo se nos escapa entre las manos: como decía Bataille de los dibujos de los niños, más que el designio de copiar la realidad, está animada por el horror al vacío, y así aparece llena de líneas que tratan de llenar el espacio –las trayectorias de los personajes, que se acercan o se alejan, se encuentran o se cruzan sin verse, movidos por los hilos de un azar que nunca fue más visible que aquí. El pasado tiene significados diferentes para los distintos personajes: para Lola, está unido con el futuro como una promesa de felicidad, para Gaspard es una fantasía, un tiempo lejano y sin responsabilidades como el de las películas, y para Madame Desnoyers el momento de un error, algo que ocultar.

Como ocurre con las personas, las películas envejecen; la flacidez, los achaques, las rigideces afectan a la piel, los órganos, las articulaciones, pero no a su belleza esencial. Lola fue el primer largometraje de Demy, y comparte la ingenuidad conmovedora de su protagonista, y también la voluntad de no limar los contrastes y contradicciones que evidencia la fotografía de Raoul Coutard; desborda de ganas de hacer cine, sin sujeción a ningún estilo, mezclando la precisión de Bresson (sin su dogmatismo), la interpretación no naturalista de Renoir y el sentimiento de Borzage; consigue que, después de sus últimas imágenes, cuando se apaga el eco de la música de Michel Legrand, quisiéramos volver a empezar.

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Fuentes de las imágenes: dvdbeaver.com / ilpost.it

La cultura Maya ha sido una de las civilizaciones más fascinantes e intrigantes creadas por el hombre en su reinado en la tierra. Su ascenso, decadencia y extinción es uno de los hechos históricos más enigmáticos, así como uno con lecciones inmensas para la era actual, por su relevancia en nuestra coyuntura, definida ella por tratar de superar el desafío más grandes acongojando la vida en la tierra y tal vez el más peligroso jamás enfrentado: el cambio climático. En ese contexto es que se proyecta en este espacio el filme que Mel Gibson escribió, produjo y dirigió en 2006, siendo de lejos, su mejor obra hasta ahora, esa maravilla del audiovisual llamada “Apocalypto”.

El cineasta tras bambalinas en esta producción mencionó, en alguna entrevista y de forma aleccionadora, como era algo sorprendente para él notar a los seres humanos modernos como unos con un sentimiento de superioridad frente sus antepasados, gentes que creen haber alcanzado grados de organización más civilizadas, una especie evolucionada; pero a la vez, una que sigue cometiendo los mismos errores de su ascendencia. “Apocalypto” parece ser no otra cosa que una metáfora audiovisual de esa descripción, presentando una muestra de lo que pudo haber sido el comportamiento de la civilización Maya, una de las más portentosas y ricas, momentos justos antes de desaparecer; reflejando el estilo de vida de hoy en ellos y advirtiendo de la posibilidad de tener un futuro compartido ambas organizaciones humanas.

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“My Fair Lady” (1964)

oct-16-2018, por cinefilo

th (1)Dirección: George Cukor

Reparto: Audrey Hepburn, Rex Harrison, Stanley Holloway, Gladys Cooper

Título: My Fair Lady

País: Estados Unidos Año: 1964 Fecha de estreno:  (170min) Género: Musical  Guión: 

Música: Frederick Loewe

1964: 8 Oscars, incluyendo mejor película, director, y actor. 12 nom.
1964: 3 Globos de Oro, incluyendo Mejor película – Comedia o Musical. 5 nominaciones
1964: Premios BAFTA: Mejor película. 2 nominaciones
1964: Sindicato de Directores (DGA): Mejor director
1964: Sindicato de Guionistas (WGA): Nominada a Mejor guión musical
1964: Círculo de críticos de Nueva York: Mejor película y actor (Harrison)
1964: Premios David di Donatello: Mejor actor, actriz y producción extranjeros
1964: National Board of Review: Top 10 mejores películas

Sinopsis: En una lluviosa noche de 1912, el excéntrico y snob lingüista Henry Higgins conoce a Eliza Doolittle, una harapienta y ordinaria vendedora de violetas. El vulgar lenguaje de la florista despierta tanto su interés que hace una arriesgada apuesta con su amigo el coronel Pickering: se compromete a enseñarle a hablar correctamente el inglés y a hacerla pasar por una dama de la alta sociedad en un plazo de seis meses.

Sin lugar a dudas, no puedo comenzar esta reseña sin decir que este es uno de los mejores musicales de todos los tiempos y sobre todo, de los que he visto. Un sobresaliente en absolutamente todo. Hace poco que decidí verla, fue a principios de este verano y no me arrepiento de nada. Y aunque no es lo mismo verla en español que en inglés, le daría una muy buena nota. Con una magnífica actuación de Audrey y Harrison, un gran aspecto visual, maravilloso vestuario y unos decorados acordes con la época, sin duda la hace un increíble musical. Esta versión de la mano de Hepburn la hace una obra maestra y si te encantan los musicales te recomiendo verla, porque este es un musical romántico que no empalaga y que querrás verla de vez en cuando. Pero tampoco hay que olvidarse de las canciones que cantan, haciendo que sea un musical de los que merecía la pena ver en esos tiempo. Y como se suele decir en la película “La lluvia en Sevilla es una pura maravilla”.

Nota: 10