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la vida discurre, las nubes flotan…

oct-18-2017, por cinefilo

Quisiera hacer casas como Aki Kaurismäki hace películas

“Las películas clásicas son las mejores. Películas que narran historias de una manera tradicional, historias tradicionales contadas a la vieja usanza: pocos y sobrios movimientos de cámara, imágenes escuetas, un buen montaje… eso es, en mi opinión, el cine clásico. Es contar historias. La mayor parte de los directores ha olvidado o perdido esa capacidad”
Aki Kaurismaki, 1990

“A Aki Kaurismaki le preguntaron una vez qué le interesaba a la hora de filmar, y dijo: ‘Bueno, a mí me basta con una pareja hablando delante de un muro. También me conformo con una sola persona delante del muro. Y con ninguna, ya que, ahora que lo pienso, a mí lo que de verdad me interesa es el muro’. Y yo estoy de acuerdo con él.”

Isabel Coixet
Hace casi 20 años (Luis Fernández-Galiano escribía para EL PAÍS sobre  Peter ZUMTHOR :

El suizo Peter Zumthor obtuvo ayer el Premio Carlsberg de arquitectura 1998, dotado con 32 millones de pesetas. El galardón -el de mayor cuantía económica de la especialidad- le fue entregado en Copenhague por la reina Margarita de Dinamarca. Al premio, que celebra su tercera edición y está patrocinado por la Fundación Carlsberg, han concurrido 26 candidatos, seleccionados por un jurado internacional entre los propuestos por revistas especializadas de todo el mundo. Entre los arquitectos que optaban al premio figuran Rafael Moneo, Norman Foster, Alvaro Siza y Frank Gehry. En las dos ediciones anteriores obtuvieron el Carlsberg el japonés Tadao Ando (1992) y el finlandés Juha Leiviskä (1995).

Peter Zumthor vive en una aldea, y su obra escasa y exquisita tiene la lentitud, la solidez y la certeza de lo vernáculo. Ebanista antes de convertirse en arquitecto, sus edificios profesan una devoción obstinada por la perfección artesanal, y en sus detalles graves y sensuales habita un dios antiguo y exigente. Poseído por la pasión del material, invita a sus discípulos a entrenarse en la disciplina de este oficio arcaico fabricando prismas de una sola sustancia, y en esos adoquines de vidrio, hojas secas o pizarra late el mismo pulso emotivo que en las escamas de madera o las estratigrafías de piedra del maestro. El rostro curtido y la barba blanca, que le hacen aparentar una edad superior a sus 55 años, otorgan también a su figura una distinción serena, bondadosa y remota. En conversación con un joven colega que tiene el castellano por lengua materna, Zumthor registra con delicia la proximidad fonética de las palabras madera, madre y materia, y en su constatación se escucha el eco del parentesco oculto que sostiene una obra nutrida por el material, el lugar y la memoria. Tras su formación de artes y oficios y sus estudios de arquitectura en Basilea y Nueva York, Zumthor trabajó durante una década en el Departamento de Patrimonio del cantón de Los Grisones, no estableciendo su propia oficina hasta 1979. Los primeros frutos de la misma, sin embargo, lo convirtieron enseguida en una figura de culto. Tres minúsculas obras de madera terminadas en la segunda mitad de los años ochenta -un minucioso cajón de lamas y lucernarios para proteger una excavación arqueológica; su propio estudio, un escueto cobertizo forrado de listones; y una capilla hermética y misteriosa en forma de barco, cuyas imágenes en la niebla evocaban un paisaje onírico, detenido y primordial- cimentaron un prestigio secreto que se haría público a mediados de los noventa con la publicación de sus viviendas para ancianos en Chur, un bloque riguroso de vidrio y piedra volcánica, y abrumador en los últimos años con la culminación de dos obras maestras: las termas de Vals, un laberinto subterráneo e iniciático de lajas de piedra, geometría y agua en un recóndito valle alpino; y la Kunsthaus de Bregenz, un cubo de hormigón revestido de escamas de vidrio que alberga un centro de arte al borde del lago Constanza.

En un plazo muy breve, la arquitectura grávida y táctil de Zumthor ha transitado del susurro al espectáculo, y la violencia lírica de una obra tan intensa y exacta como las termas ha servido ya de escenario a la fotografía de moda de Wallpaper. Pero las cualidades intemporales de estos edificios de interminable gestación y precisión maniática sobrevivirán sin duda a la usura de los medios. Alimentada por las lecturas de Peter Handke y John Berger lo mismo que por las obras de Edward Hopper y Joseph Beuys, la arquitectura íntima e implacable de este suizo obsesivo manifiesta un humanismo minimalista y esencial que la rescata de los vaivenes del gusto. “Quisiera hacer casas como Aki Kaurismäki hace películas”, ha dicho Zumthor, y sus edificios muestran en efecto la misma poesía desolada, la misma compasión, la misma dignidad y el mismo laconismo que las obras del cineasta finlandés. Este arquitecto sabio, inexorable y dulce, que construye recordando los objetos y los paisajes de su infancia, dejó ayer su aldea para viajar a una corte y recibir, de manos de una reina, un premio y un tesoro.

 

Luis Fernández-Galiano :

«Una vez escribió que quería hacer edificios como Aki Kaurismaki hace películas. Aki Kaurismäki es un director de culto en España. Muchos de nosotros lo admiramos. Passing clouds [Nubes pasajeras, Kauas pilvet karkaavat, 1996] por ejemplo, se pasó con un gran éxito ¿Podría explicar lo que quiso decir con eso? Algunos de los que conocemos a Aki Kaurismäki creemos saberlo, pero nos gustaría oír más»

Peter Zumthor :

«Lo que comparto con él es una especie de empatía por la vida. Hay dos aspectos. Uno es esta empatía: la vida discurre, las nubes flotan… Creo que éste es el papel más novedoso de la arquitectura, ser un trasfondo para esta reunión de vida, lugar, casa y espacio. Para mí éste es el papel más grande. El otro aspecto es más didáctico, la manera como trabaja. Puedes ver que no dirige, no concibe a sus actores actuando como marionetas en una cuerda. Puedes ver como de hecho los hace emerger a la vida, para que desarrollen su propia personalidad. De algún modo, es lo que intento hacer con cada edificio. Lo controlas pero al mismo tiempo lo sueltas, de manera que encuentre su forma, su aspecto o lo que sea».

Luces al atardecer (Aki Kaurismäki, 2006)

Un hombre sin pasado (Aki Kaurismäki, 2002)

Nubes pasajeras (Aki Kaurismäki, 1996)

 

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OtherLife – Ben C. Lucas

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Otherlife

Una joven científica elabora un suero bio-programado que expande la percepción temporal del cerebro. La persona inoculada se sume en un sueño por completo realista durante unos segundos en la vida real que para ella suponen días e incluso meses. La protagonista pretender utilizar su creación para proporcionar ocio extenso al instante y sin perder años de vida ni tiempo en el mundo real. Otros tienen ideas más retorcidas.

El director de Wasted on the young (2010) Ben C. Lucas se pasa al thriller y la ciencia ficción en OtherLife, película australiana distribuida en España por Netflix. De desarrollo lento -que no aburrido- la cinta explora la dimensión moral del avance tecnológico en contraposición a la pasión humana, el enfrentamiento entre la ética y la necesidad. Trama correcta pero falta de empuje en algunos fragmentos.

El protagonismo central recae sobre Jessica De Gouw a quien conocemos por su papel secundario en la serie superheroica Arrow pero también por Drácula (2013), Cut snake y Las últimas horas (ambas de 2014) o la reciente y malograda Generación Z (2015). De Gouw firma una interpretación afectada y potente que puede lanzarla al para muchos jugoso Hollywood. Sci-Fi ambiciosa, que no pretenciosa.

Seis Interesante

Escribir algo con un sentido mínimamente crítico sobre Blade Runner 2049 se enfrenta a un problema: cómo integrar la influencia de la predecesora. ¿Hay que tratar de olvidarse de la película de Ridley Scott? ¿Hay que pensar en el filme recién estrenado como una secuela de la obra de 1982? Hay que tener clara una cosa: la película de Villeneuve no sería lo que es (un hype descomunal, un embargo de críticas, unas expectativas de ciertos sectores de la cinefilia por las nubes) si no existiera Blade Runner, si no existiera la leyenda de los mil y un montajes, si no existieran las discusiones cinéfilas de más de treinta años o si no se hubiera erigido en la película de culto por excelencia del cine posmoderno.

Así pues, en esta reseña bailaré alrededor del concepto de la losa cinéfila: me resulta imposible abstraerme de la influencia que en el mundo del cine y del audiovisual ha tenido la peli de Risley Scott, pero, al mismo tiempo, me parece una postura absurdamente restringida abordar la de Denis Villeneuve como la continuación, más de tres décadas después, de la adaptación de la novela de Philip K. Dick. ¿Cómo afrontar la cuestión? Desde una doble perspectiva: si bien Blade Runner 2049 es la innegable heredera de la película de Scott, es también una película de un cineasta (Villeneuve) con un innegable estatus dentro del mainstream actual. En el cruce de ambas ideas se encontrará, espero, una valoración más o menos ajustada de cómo veo yo la película.

¿Cyberpunk del siglo XXI?

Respondo desde ya: NO. Hay muchos elementos de Blade Runner en esta 2049, pero determinadas decisiones la alejan sensiblemente de su aparente raíz. Pero bueno, centremos primero el tiro en las evidentes filias que esta última mantiene como con su referente de los ochenta.

RyanGosling_1De entrada, coño, se llama Blade Runner. Con un año detrás, sí, pero la idea parece clara: aquí se van a encontrar muchas de las propuestas temáticas y estéticas ya vistas antes. De hecho, y aunque es mucho más que eso, 2049 juega a presentarse como una secuela en el esquema clásico: retoma el relato narrado en la película anterior, haciendo comparecer de manera más o menos significativa a los protagonistas del pasado (Deckard, Rachel, Graff). Pero la cosa no se detiene ahí: el protagonista, K, es (vamos a decirlo ya) lo mismo que era Rick Deckard hace 35 años. Un protagonista mucho más interesante por lo que ve y aprende que por lo que hace y dice: un personaje central que canaliza ideas y conceptos, más reactivo que líder.

Vale, hay cierto conflicto interior vinculado con una posible filiación que se empieza a vislumbrar desde bien prontito. Pero más allá del morbillo cinéfilo, la importancia de K en el relato es la de un agente pasivo que permite conocer los resortes de una narración que trascienden con mucho la peripecia particular del policía interpretado por Ryan Gosling.

Y claro, el tema de la ambientación. Ridley Scott ha sido siempre un cineasta de clima y atmósferas, terreno donde se ha mostrado mucho más dominador que como storyteller clásico. Le debe buena parte de esa reputación a Blade Runner: un diseño de producción apotéosico, una fotografía en estado de gracia, una música de Vangelis con más personalidad imposible… La odisea replicante sentó las bases de una determinada manera de concebir la ciencia-ficción. Y 2049 no podía ignorar ese legado. Tampoco lo abraza incondicionalmente: aquí estamos ante una refinación de la propuesta original. Villeneuve prefiere una imagen más contrastada, menos gris, en la que hasta la lluvia es más plástica. Nada que objetar, ya que el director de 2049 no es un funcionario de la realización, sino un cineasta de personalidad. Y enlazamos aquí con el siguiente punto.

Blade Runner 2049 como película de Denis Villeneuve

Las principales diferencias de 2049 con su referente se basan en la particular personalidad cinematográfica de su director. En el apartado ya comentábamos la peculiar declinación formal propuesta por Villeneuve con respecto a la perspectiva de Scott: la atmósfera cargada y sucia de la peli de 1982 pasa a ser algo más sofisiticada, más sutil y elegante. Incluso los escenarios más sobrecargados (el orfanato o el casino abandonado) son tratados desde una finezza completamente alejada de los planes de Scott.

Aquí voy a plantear una teoría: Blade Runner es, innegablemente, una obra de culto.RyanGosling_2 Dentro de cierta cinefilia es, sin duda, algo cercano al mito. Y Villeneuve sabe esto. ¿Y cómo emplea ese conocimiento? Articulando una matriz mítica: donde en 1982 había rugosa mundanidad, en 2017 hay distante mitología. Podemos hablar, por lo tanto, del paso de la distopía a la fábula. 2049 no es una película de ciencia-ficción en el sentido en que sí lo era Blade Runner. O viceversa. Y este interesante desfase genérico es otra de las variantes aportadas por Villeneuve.

Scott, ya lo hemos dicho, construye atmósferas, pero no manjea las claves delos géneros, lo que explica sus éxitos y fracasos por igual en formatos como la ciencia-ficción, el cine histórico o el bélico. Villeneuve, por el contrario, es un gran dominador de determinados géneros. La ciencia-ficción es un terreno en el que se ha desenvuelto cojonudamente, como demuestra La llegada. Ahora bien, si hay un género en el que es el sheriff es en el thriller: Prisioneros, Sicario o incluso Incendies respondían a esquemas genéricos relativamente fácil de encuadrar en la resolución de misterios y en la acción física poco estilizada.

2049 es una propuesta más cercana a esa inquietud que a la ciencia-ficción. K debe resolver un misterio (al contrario que Deckard, que deambulaba buscando replicantes). Y lo más importante: en Blade Runner no había respuestas a los enigmas planteados (como puede corroborar cualquier fan), mientras que en 2049 todo se responde. La única cosa que parece seguir colgando es el gran misterio sobre la identidad de Deckard, pero eso es lo de menos: la identidad de K, el misterio filial, todo queda claramente expuesto.

Así pues…

Blade Runner 2049 es una película, bajo mi punto de vista, no decepcionante. Esto es decir mucho cuando la tarea consistía en revisitar el clasicazo de la ciencia-ficción posmoderna (con sus consiguientes hordas de fans talibanes). ¿Es perfecta? Ni mucho menos: le sobra metraje por un tubo, el guion se pone en huelga en un determinado momento para nunca más reincorporarse al tajo y hay personajes incomprensibles (empezando por el malo encarnado por Jared Leto en modo intenso cansino). Pero es una propuesta atractica, ambiciosa y triunfal en muchos aspectos: su apariencia formal y su interesante relectura relectura del universo dickiano.

Por todo ello, 2049 es una película digna. En una época en la que ese adjetivo merece ser usado muy pocas veces, me parece que es un apelativo que lucir con orgullo.

Halloween

John Carpenter, en su habitual doble papel como director de algunas de las mejores películas de terror y suspense de los setenta y ochenta y compositor de sus bandas sonoras, es una de las personalidades imprescindibles del género. Ya repasamos su carrera como músico a colación del lanzamiento de ‘Anthology: Movie Themes 1974–1998’, un recopilatorio de sus temas clásicos con sonido renovado.

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