Cinemascope

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Las pocas luces (rojas)



Las épocas en las que me resiento de la rodilla –que últimamente son muchas- son las más que mas tiempo me dejan para las aficiones que me gustaría que fueran más habituales en mi vida.

Entrenar roba mucho tiempo a la vida sobre todo si no te da de comer y tienes que arañar carreras a deshoras.

Los últimos dolores me han servido para ver películas a horas normales y no quedarme dormido. Será la influencia de los Goya y el glamour decadente de los Óscar, pero en apenas una semana he visto La piel que habito, The Artist, y en cuanto publique esta entrada mi víctima será El árbol de la Vida.

Creo que ser crítico de cine es algo totalmente azaroso y cruel: lo primero porque en mi vida me he topado con pusilánimes que creen que hacer una reseña es repartir estopa como si no hubiera mañana en temas tan peregrinos como la iluminación o la fotografía estática pero por hache o por be a alguien le ha parecido interesantemente bohemia -o bohemiamente interesante-. Lo segundo porque es gente que tiende a ganarse al respeto de la profesión (no de sus lectores) infundando miedo y sentando cátedra en cada frase de su publicación.

Lo que hoy quiero hacer es algo poco habitual. Quiero defender una película que aún no he visto y que se está estrenando en España en este mismo viernes. Luces Rojas tiene la firma de Rodrigo Cortés, un salmantino con el cargo de adopción. No lo conozco, nunca he coincidido con él pero me gusta y en cierta medida lo admiro.

Hace años debutó con El Concursante, una película que confieso que fui a ver porque participaban algunos amigos y conocidos de los café-teatros de Salamanca. Me gustó y, aunque con buen sabor de boca, al bueno de Cortés lo relegué a un rincón de mi memoria donde se guardan las buenas sensaciones. Hasta ahí.

Pero llegó Buried. Y para mí fue una revelación. Esa claustrofóbica histórica fue un golpe en la mesa de Hollywood de un chaval de España con un guión que había estado en todos los despachos de las monstruosas productoras y que nadie se había atrevido a meterle mano.

Cien minutos en una caja. Impensable. Y lo mejor es que nadie en la sala de cine se había dado cuenta. Historia redonda en la que, aunque parezca imposible, el espectador cabe hombro con hombro con Ryan Reynolds. Enterrado le da a Rodrigo Cortés todos mi avales para hacerme volver al cine a ver una película suya.

Y hoy leo en El País la crítica de Carlos Boyero en la que menosprecia a Luces Rojas, simplemente porque sucede a Buried. Perdóneme, Charly, pero eso es como denostar a Alfred Hitchcock por haber seguido haciendo cine después de La Ventana Indiscreta. Y no quiero pensar que Boyero es de los críticos anteriormente mencionados, pero por lo que interpreto de su entorno mediático, es como esos jueces de las guías de restaurantes que llegan a un comedor y los cocineros se echan a temblar. Una pena.

Y defiendo Red Ligths sin haberla visto por quienes la protagonizan. No porque ellos levanten una historia de sucesos paranormales y timos, sino porque si Robert de Niro –a su edad y con todo lo que ha bregado este hombre- ha aceptado ponerse a las órdenes de un muchacho de Orense es porque algo le ha llamado la atención. Algo tendrá el agua cuando se bendice.

El cine es como el vino: o te gusta, o no te gusta. Punto. Podemos matizar, pero no podemos influir en los gustos del que tenemos al lado. Hay quien se pirra por las comedias románticas como el que se pide un vino de Toro. Y lo más importante: todos los vinos son apropiados si se sabe encontrar el momento. Y te lo digo yo que apuro una copa de Verdejo mientras intento que este post agonice pesando en que los críticos de cine nunca debieran de haber existido.

Yo levanto mi copa por Rodrigo Cortés porque es un valiente de la vida y va camino de donde muchos ni siquiera pensaron que se podía llegar. ¡Abajo los acomplejados!

 

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