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Angelina Jolie vs. Bosnia y Herzegovina



Jolie se topó con las miserias del mundo rodando “Tomb Raider” en Camboya, donde vio hambre, pobreza y las desgracias causadas por las guerras. Desde entonces ha compaginado su trabajo artístico con la labor de embajadora de buena voluntad para el ACNUR, la oficina de la ONU para los refugiados. También ha adoptado varios niños. Y ante los dramas de Bosnia decidió dirigir una película.

La protagonista es una mujer musulmana que es raptada por soldados serbios para servir, junto a decenas de otras mujeres de toda edad y condición, como esclavas sexuales del contingente que rodea la ciudad de Sarajevo. Entre los soldados hay un antiguo policía al que ella había conocido en tiempo de paz, quien evita que la violen y se la reserva para él, impidiendo que el resto de embrutecidos militares le hagan pasar las torturas que sufren las otras mujeres. Entre ambos se inicia una relación, pretendidamente amorosa pero del todo inverosímil, que sirve como hilo conductor de un compendio de atrocidades y barbaridades cometidas por los serbios.

Angelina fue ovacionada antes de la proyección en Sarajevo, el pasado 14 de febrero. Cuando terminó la película, por su brevedad los aplausos fueron más de cortesía que de entusiasta aprobación

Es una historia dura, de esas que hacen sentir lástima por el género humano y su inagotable capacidad para causar daño al prójimo. A la película le falta contenido e intención y le sobra violencia. Las carencias narrativas y expresivas de la película impiden que el espectador sienta empatía por la víctima, pero la crudeza de ciertos pasajes, todos ellos ciertos, provoca verdadera repulsión y pena. La historia no es creíble, termina además de forma casi ridícula, y como carece de moraleja se queda en ese catálogo de salvajadas inhumanas y regodeo en la violencia por parte de los violadores y criminales soldados serbobosnios, quienes además justifican el exterminio y negación humana de la comunidad musulmana de Bosnia con todo tipo de clichés nacionalistas dignos del mismísimo Arkan.

El acercamiento de Jolie al horror de la guerra de Bosnia ha estado rodeado de polémica desde su inicio. Primero fue boicoteada por el ministro de cultura del cantón de Sarajevo, que denegó los permisos de rodaje ante las presiones de una asociación de mujeres víctimas de violaciones, que se escandalizaron al leer en el guión el inverosímil síndrome de Estocolmo de la esclava por su captor. La prohibición de las autoridades fue levantada poco después, pero Angelina Jolie ya se había llevado el rodaje a Hungría. Por supuesto, los serbios de Bosnia han puesto el grito en el cielo ante esta historia “antiserbia”, y aunque no ha habido un boicot político directo, el distribuidor en la mitad del país en la que los serbios tienen autonomía ha dicho que no la va a proyectar porque considera que “no hay interés entre el público”.

Lo cierto es que estas polémicas no tienen tanto que ver con la película como con la propia Bosnia y Herzegovina, en la que los líderes políticos y religiosos utilizan cualquier motivo para crear conflictos, avivar pasiones nacionalistas y fomentar la división, el miedo y el odio. Que la película presente a los serbios como malos malísimos es en realidad poco importante. Todo lo que en ella se cuenta realmente ocurrió y a mucha mayor escala, y los serbios de Bosnia siguen resistiéndose a aceptar y asumir este pasado. Calificar la película como antiserbia es como tildar La lista de Schindler de “antinazi”. No, sencillamente es una mala película, superficial y en cierto modo gratuita, pero aceptemos que la imagen que en ella se da de los serbios lleva ya 20 años inserta en el imaginario colectivo de gran parte de la Humanidad. El estropicio lo provoca la firma de Angelina Jolie, pues si no fuera por eso nadie le prestaría la mínima atención.

El gran problema de “En tierra de sangre y miel” es que en ella hay malos pero no hay buenos, hay víctimas.

Jolie está ahora dedicada a promocionar la película y a utilizar su fama y posición para reunirse con los mandamases mundiales y llamar su atención sobre la cuestión de la violación masiva de mujeres en tiempo de guerra, terrible e inhumana estrategia de humillación del “enemigo”. Obama, el Council of Foreign Relations estadounidenses, la ONU, y muchos otros mandamases internacionales han recibido y escuchado a Angelina, quien de primera mano les ha contado lo que a ella le relataron las mujeres supervivientes de este oscuro y reciente episodio. En Sarajevo la gente se identifica con la película, y coinciden en que refleja lo que sufrieron durante el terrible asedio de la ciudad. Y precisamente por esto mismo muchos no irán a verla, porque no les cuenta nada nuevo, ni tampoco lo hace de una forma interesante o bonita, así que ¿por qué remover recuerdos tan dolorosos? En cambio, sí agradecen que el mundo hable de ellos, de ellas, y obtienen el magro consuelo de la compasión internacional.

Es escalofriante que el líder de la comunidad islámica de Bosnia y Herzegovina, Mustafá Ceric, considere que la obra de Angelina Jolie “es lo mejor que le ha pasado a Bosnia desde la firma de la paz de Dayton”. Después de 16 años de paz las cosas siguen como durante los tres años de guerra, sólo que sin muertos, matanzas y violaciones: el país está dividido, hundiéndose en la bancarrota económica, social y política, y los serbios siguen siendo los agresores y los bosnios musulmanes las víctimas. Y la grieta sigue profundizándose, gracias ahora a la bienintencionada pero torpe Angelina Jolie, que no ha sido capaz de darle a su película no una moraleja, símbolo ya de gran cine, sino siquiera una pátina que la convierta, al menos, en un homenaje a los miles de mujeres que sufrieron esas atrocidades. Pero ni a eso llega. Una lástima.

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