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Arreglando la máquina de soñar



(Cine: La Invención de Hugo. Julio Rodríguez Chico en LaButaca.net)

la-invencion-de-hugoLa perfección artístico-formal de “La invención de Hugo” consigue deslumbrar, pero apenas emocionar salvo en el desenlace. El director Martin Scorsese consigue una película visualmente intachable, pero que flaquea en lo narrativo.

Decidido a no perder el tren de las nuevas tecnologías, Martin Scorsese mira a los comienzos del cine y se sube a aquél que asombró en su realismo a los primeros espectadores de los hermanos Lumière, rinde homenaje a Georges Méliès como creador de sueños y del espectáculo visual, y apuesta por el 3D para crear las nuevas ilusiones del siglo XXI. De esta manera, con “La invención de Hugo” (ver tráiler y escenas), Scorsese quiere marcar el camino para una industria que, una vez más, debe reinventarse para sobrevivir, y por eso recuerda el espíritu visionario y empresarial del mago francés recuperando sus películas y fantasmagorías, reparando sus juguetes y su memoria, aliviando el dolor por la pérdida y la indiferencia en que cayó. Para ello se sirve de la historia de Hugo Cabret, niño huérfano que heredó de su padre un robot estropeado, junto al convencimiento de que en una máquina nunca sobra ninguna pieza. En la estación de trenes parisina, Hugo se ocupa de incógnito de velar por el buen funcionamiento de los relojes, aunque su verdadera ilusión es arreglar el autómata, para lo que será fundamental la ayuda de su nueva amiga Isabelle.

El magistral prólogo nos introduce en el fantástico mundo del Hugo —una réplica del espíritu de Méliès—, con su rutina diaria entre los engranajes y el enigma de un muñeco al que le faltan piezas y una llave. Las primeras escenas nos producen el asombro y la expectación sólo posibles en quien esté dispuesto a dejarse llevar por la imaginación, como si asistiéramos a un nuevo nacimiento del cine con las 3D que conectase con el espíritu festivo y de evasión del gran Méliès. Ese espectador ingenuo es cada uno de nosotros y es también Hugo, soñador incansable dispuesto a todo por mantener el recuerdo de su padre, hábil relojero capaz de dar sentido a cada pieza de la máquina, valiente aventurero que no dudará en viajar a la luna con Isabelle para repetir el milagro del cine y del amor. De esta manera, Scorsese reclama credulidad e imaginación de niño a su espectador, construye una puesta en escena que es puro amor al cine-espectáculo, y dice que nadie sobra en este mundo —los huérfanos de afecto o quien aún no ha encontrado su sentido vital— ni tampoco en el del cine —el realismo cotidiano o la fantasía, las salas tradicionales o el cine por Internet—, pues basta con encontrar la llave del corazón y amar esa aventura.

Todo el diseño de producción de “La invención de Hugo” es brillante e impecable, y contribuye a crear unas atmósferas de ensueño en las que respirar la misma fe, bondad y esperanza que el mismo Hugo. La fotografía consigue el aire añejo y entrañable de la historia, a modo de cuento mágico y amable, mientras que la música marca siempre el tono de cada escena y empuja al espectador a vivir la aventura sobrevolando la realidad. Sabe Scorsese poner la cámara en el lugar oportuno para sacar máximo partido a las tres dimensiones con travellings espectaculares o perspectivas atrevidas. Con ella conocemos cada escondrijo de esa fascinante maquinaria convertida en hogar del pequeño, paseamos por la estación de trenes y presenciamos los tímidos y silenciosos coqueteos de enamorados o la amargura de quien antaño fuera hombre festivo y vitalista. Decorados, vestuario, atrezzo y demás elementos artísticos alcanzan cotas elevadas en esta historia de los orígenes del cine.

Sin embargo, no todo funciona al mismo nivel en “La invención de Hugo”. La perfección artístico-formal consigue deslumbrar pero apenas emocionar salvo en el desenlace. Es como si el director hubiera cogido —demasiado— firmemente las riendas de la historia y no la dejase desbocar, aunque tampoco descarrile. Hay momentos tiernos, entrañables y nostálgicos, pero falta sentimiento e intimidad entre los personajes, con una amistad entre Hugo e Isabelle algo fría o un amor acartonado entre las diversas parejas que se dan cita en la estación ferroviaria, aunque el tono elegido sea el del encanto. Tampoco los actores ni su dirección son lo más conseguido de la película —si bien están correctos—, y hay niños con más registros que Asa Butterfield —de quien se extrae sobre todo su mirada natural, cándida e inocente— o Chloë Grace Moretz, mientras que algunos secundarios están desaprovechados.

A su vez, si visualmente la cinta es intachable —magnífica la escena en que se abre la caja secreta del viejo director, o los dos pasajes oníricos de Hugo—, en lo narrativo flaquea por varios lados, como en esos indisimulados tributos al cine de Méliès con largas secuencias de sus obras, que ilustran su figura y trucos pero que rompen el ritmo del relato de Hugo. En definitiva, un título familiar para volver a entretenerse con el séptimo arte como espectáculo que invita a soñar, un homenaje al propio medio que apreciarán más quienes conozcan sus primeros pasos, y una invitación a reparar la pieza estropeada en nuestra vida para encontrar el lugar en que nos veamos necesarios. Al final, va a resultar que el cine es una fábrica de sueños y de relojes donde se pueden arreglar las máquinas y a sus dueños.

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