Cinemascope

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Sobre ‘A esmorga’ de Ignacio Vilar



María Gil Poisa

Existe en Galicia un cierto complejo de inferioridad, una sensación de que lo propio nunca es bueno, de que no interesa. Quizá sea eso lo que impide a los gallegos llenar un amplio nicho cinematográfico que, parece, casi se esfuerzan en ocultar: la adaptabilidad de los clásicos de su literatura. Publicados entre Buenos Aires y Galicia, autores como Castelao, Risco o Cunqueiro, parecen relegados a las estanterías de las bibliotecas y las aulas de secundaria. Su propia literatura sigue siendo territorio por explorar para el cine gallego, pero con A esmorga (2014) Ignacio Vilar se atreve a adentrarse en la adaptación de uno de sus autores más complejos del siglo XX: Eduardo Blanco Amor, en una película profundamente arraigada en el Miño. A esmorga es la historia de tres hombres que se dejan llevar por sus tragedias personales, que se van hundiendo poco a poco y son arrastrados por una huida hacia delante en la que se condenan a ellos mismos, corriendo sin dirección, como el que ya no tiene nada que perder.

A esmorga es un esperpento valleinclanesco, una personal deformación de la realidad a través de la bebida, en la que nos ponemos en la piel de los tres personajes durante una noche, viendo el mundo a través de sus ojos desde el primer momento en el que se enfrentan a los espejos del callejón del Gato, ahora trasladados a las calles de Auria. Son los años 50 y Auria, el territorio mítico de Eduardo Blanco Amor que representa su Ourense natal, es un personaje más de la película.

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Auria, Auriense, Ourense, se presenta en la película como una ciudad de provincias laberíntica y desubicada, de calles estrechas y desorientadas, el espacio

equivalente a las ebrias cabezas de los personajes que la recorren. Todo está cuidado en la película, todo construido alrededor del espíritu de la novela: de las tabernas a los carreiros, de las cuncas a las zocas, del gallego al castrapo, toda la historia se construye alrededor del interior de una Galicia inalterable.

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La narración, construida como una extensa analepsis, parte del testimonio y autoexculpación de Cibrán, O Castizo, protagonista y testigo de la tragedia ajena. Víctima de una esmorga a la que se siente arrastrado, trata de escapar de un crimen accidental, y cumple su función como narrador “con permiso da súa cara”, para terminar su propia historia como un epílogo en forma de párrafo, colocado casi por obligación; Cibrán es asesinado en el cuartel de la Guardia Civil por no querer hablar, o quizá por haber hablado demasiado. Deja una mujer, A Raxada, prostituta con la que tiene una relación, quien se queda en casa cuidando de su hijo cuando Cibrán sale a trabajar. Aun siendo conocido en los prostíbulos locales, ella es la única mujer con la que O Castizo se queda: “endexamáis unha muller me fixera engañar”, hasta que conoció a A Raxada.

Cibrán trabaja picando piedra para la nueva carretera nacional, representando algunos de los problemas endémicos de Galicia. En la compleja relación centro-periferia que vertebra el estado español, las comunicaciones de determinadas zonas geográficas han sido siempre motivo de disputa. En el caso gallego, durante muchísimo tiempo las condiciones orográficas del país impidieron una comunicación fluida con la meseta, problema que intentó solucionarse, como en muchas otras comunidades autónomas, a través de la red de carreteras nacionales en la que Cibrán está trabajando. Sin embargo, la mejora de las comunicaciones con el centro no arreglaron algunos problemas internos: en Galicia siempre ha sido más fácil salir y entrar, por tierra pero especialmente por mar, que desplazarse dentro del propio territorio, resultando en pequeñas comunidades aisladas y esparcidas, mal comunicadas entre ellas y dependientes de las infraestructuras concedidas por Madrid. Cibrán trabaja subordinado a las obras decretadas por el régimen a las órdenes de un ingeniero traído de la capital, incapaz de adaptarse al terreno (“en canto caen catro gotas deixades de traballar”), quien decide cuándo y cuándo no los aldeanos de Auria pueden trabajar. El trabajo de Cibrán es su principal fuente de vulnerabilidad e impotencia; necesita trabajar para mantener al niño y a la mujer a la que ha sacado del prostíbulo, pero es algo temporal y depende del ingeniero e incluso del clima ya que, como A Raxada nos recuerda, se les han expropiado tierras de labranza para la construcción de presas y embalses tan propias del régimen franquista. La tragedia de Cibrán viene de una inestabilidad personal que, cuando parece que comienza a equilibrarse, se hunde de nuevo por la inseguridad laboral de la que depende su familia.

Cibrán nos narra, precisamente, cómo su precario equilibrio se romperá en una noche de esmorga. Una esmorga circular, que comienza en la bodega de un pazo, y termina sobre sus cenizas, con la destrucción del lugar y de los propios personajes. El caos de la noche reemplaza al orden del día, y también a la borrachera, la comprensión del amanecer y la búsqueda de redención. Es en la bodega donde todo empieza, con una steady bailando en círculos que refleja el principio del caos y la primera tragedia a la que los tres se van a enfrentar esa noche. El mismo plano inaugura la noche, la primera vez en que se encuentran los tres juntos, presentando al mismo tiempo la unión entre los amigos y su relación de dependencia. La cámara, dinámica, se mueve constantemente acompañando a los personajes, reflejándolos en sus movimientos. Es lo que sucede, por ejemplo, al principio de su esmorga en la taberna, donde la cámara se mantiene estable cuando enfoca a todos los personajes excepto a Milhomes, quien está ya completamente borracho, para quien se mueve levemente, reflejando su ebriedad. La amistad y la borrachera, presentadas en un ambiente carnavalesco que aumenta su descontrol, que empuja a estos personajes a cerrar las puertas y tirar las llaves.

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El primero que tira su llave es Xan, Bocas, quien ya la noche anterior, en su esmorga particular, había matado a un hombre en una taberna vecina. La tragedia de Bocas es su necesidad de reafirmar su masculinidad, siempre cuestionada por su relación con Aladio Milhomes y, aunque nunca llegamos a saber por qué, es posible que su crimen en la taberna esté relacionado con esto. Bocas se construye a través de una búsqueda constante de mujeres como compañeras sexuales, tratando inútilmente de dejar el círculo de la prostitución para intimar con una mujer por la que no tenga que pagar. Sin embargo, Xan no busca una relación sentimental, sino que en todo momento piensa en imponerse a ellas mediante la violencia. Confunde la necesidad de ser querido con el apetito sexual; el amor, con el control.

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Su deseo se canaliza además a través de una envidia social, una ansia de ascender que lo lleva a obsesionarse con la mujer de Don Fernando, la única a la que llama “dona” y que es, sin embargo, precisamente la que carece de nombre propio. Es la única a la que Bocas muestra un respeto que, sin embargo, se traduce en la necesidad de poseerla sin su consentimiento, de controlarla. La respeta no por ser quien es, sino por estar donde está: casada con el noble más importante de la ciudad. Don Fernando es y tiene todo lo que Bocas desea. Don Fernando representa la burguesía más aislada; desde la torre de marfil de su pazo, representa la decadencia de una clase social totalmente alejada de la realidad. El noble, que solo habla en francés, come y bebe todo aquello que el resto de la gente de Auria no puede ni imaginar. Es en su casa, tras una suerte de revolucionaria invasión del espacio, donde los tres hombres beben por primera vez el vino en copa y comen con cubiertos. Es también donde se hace evidente su relación con el régimen, en el uniforme militar que descansa en una silla mientras que Don Fernando, inconsciente, borracho de absenta y soledad, duerme en la bañera, ajeno a todo lo que sucede a las personas comunes, como los protagonistas de A esmorga.

Toda la frustración de Bocas se ve reflejada en su trato a las mujeres en general, culminando en su frustrado encuentro amoroso con el maniquí que resulta ser la mujer de Don Fernando, la objetivización literal de lo femenino, a quien Xan termina arrancando una mano y la cabeza, desposeyéndola metafóricamente de todo poder y vida. Bocas, quizá el más violento, es el primero en asesinar y el primero en morir, a manos de sus instintos y de los de Milhomes. Es, de nuevo, el primero que cerró la puerta y tiró la llave.

Aladio, Milhomes, el personaje más esperpéntico y bufonesco, es también el más trágico. Torturado por un amor mal disimulado y no correspondido, está completamente reprimido, lo que lo lleva a obsesionarse con la desnudez y el contacto físico, y a buscar desesperadamente en Bocas el cariño del que carece, y utiliza la bebida para escapar, siendo el único al que nunca llegamos a ver sobrio. Es además violento cuando se cuestiona su sexualidad (“que eu non son una maricalla”), y vive atormentado por los celos de las relaciones de Xan con las mujeres. La relación de Bocas y Milhomes es de dependencia, ya que construyen sus identidades como complementarias y, aunque no llegan una correspondencia total, no son capaces de separarse.

A esmorga es un esperpento trágico, una magistral deformación de la comedia que desciende en espiral hacia un laberinto de puertas, de puertas cerradas que no se pueden volver a abrir.

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