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MomentazoS: Los mejores años de nuestra vida (1946)



Uno de los varios momentazos de una de las películas más conocidas del que probablemente sea mi director favorito, William Wyler… no confundir con Billy Wilder, que no sería la primera vez que me pasa. Este que nos ocupa es un momentazo en el que también tiene mucha importancia el gran director de fotografía Gregg Toland. Aunque el momento es relativamente predecible, siendo estrictos tiene unos spoilers de nivel 3, detalles importantes del argumento.

Pasada la segunda hora de película, Al Stephenson (Fredric March) y Fred Derry (Dana Andrews) se reúnen en el bar de Butch (Hoagy Carmichael). ¿El asunto? La hija del primero (Teresa Wright), que se propone romper el matrimonio del segundo sin que el susodicho ofrezca mucha resistencia. Y el problema no es solo “quítame-allá-un-divorcio” en 1945, sino que mientras que Al y su hija pertenecen a una clase media acomodada sin grandes problemas económicos o laborales, Fred es un hombre de clase baja sin estudios ni salida que tuvo su raro momento de gloria durante la guerra pero que parece condenado a no alcanzar nunca el nivel acomodado de la chica, algo que lógicamente preocupa al padre. En estas circunstancias, Al le dice a Fred que va a hacer todo lo posible para que su hija le olvide, y Fred, noblemente, le echa un cable rompiendo con la muchacha de la peor manera posible en 1945: por teléfono desde la cabina del bar, el equivalente hoy en día a cortar por SMS o por correo electrónico.

Mientras Fred habla por teléfono, entra en escena Homer Parrish (Harold Russell) que, ajeno a lo que ha ocurrido entre sus dos compañeros de viaje, le enseña a Al su recién aprendida habilidad para tocar el piano con los ganchos que sustituyen a sus manos.

A partir de este momento la escena se centra en primer plano en la habilidad de Homer, graciosa pero intrascendente en comparación con la acción que estábamos viendo anteriormente y que aún está sucediendo en un segundo plano en esa cabina que nunca perdemos de vista. Y continúa con una serie mínima de planos aparentemente sencillos pero geniales en los que, gracias al uso de la profundidad de campo en la que el director de fotografía Gregg Toland era maestro, mantiene las dos acciones en escena perfectamente enfocadas y visibles, la intrascendente y alegre en primer plano, la trascendente y dramática en segundo plano. El personaje de Al, en el primer plano y consciente de todo lo que está pasando, actúa como referente del espectador, ahora mirando a Homer y fingiendo que no pasa nada, ahora desviándose hacia la cabina y preguntándose (al igual que nosotros) qué estará pasando ahí dentro.

Un momentazo en que la técnica más refinada se pone al servicio de la narración, que suele ser cuando la técnica funciona mejor. Y un ejemplo de cómo enfocar un momento tópico desde una óptica atípica para darle mayor fuerza. Todos nos imaginamos lo que está pasando en la cabina y las palabras que está diciendo Fred. Hemos visto esta escena mil veces en mil películas. “No te quiero, no podemos volver a vernos, estoy casado”, etc, etc, etc. El hecho de mostrarla desde fuera, desde el punto de vista de Al, eligiendo otra acción primaria en la que centrarse, aumenta el poder de la escena al meternos en un drama que solo nosotros (y uno de los personajes en el plano) conocemos, y no solo eso. Nos deja claro que esa camaradería que existía al principio entre los tres veteranos (Fred, Al y Homer) se ha roto, aunque Homer, tocando alegremente el piano, no lo sepa. El tiempo que tarda Fred en salir de la cabina tras colgar el teléfono es lo único que necesitamos para saber cómo ha acabado la conversación y cómo le ha afectado al personaje. Esto es lo que se llama concentrar información en apenas dos planos.

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