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LOS ORIGENES DEL ZOMBIE



 

El zombi tal y como lo conocemos hoy es un conjunto de atributos que provienen de diferentes tradiciones y culturas. Es más, es la suma de pequeñas características de todo el folklore existente sobre muertos vivientes de diferentes culturas, dando cada una de ellas un elemento que luego acabará por caracterizar al famoso monstruo tal y como hoy lo conocemos.

En un primer lugar hallamos el Zombie Filosófico, que sin tener una fisonomía especifica aparece en diversos relatos folklóricos, y más que importarnos que hace, nos interesa tal y como es. Lo interesante de estos seres es el concepto que les envuelve. Así dentro de estos parámetros podemos encontrar a un ser de la mitología hebrea: el Golem. Un hombre hecho de barro y que con un soplo de aliento se ha convertido en un ser animado por un rabino. Éste obedecerá fielmente todos los designios del rabino.

La idea de resucitados que caminan junto a los vivos se remontan a las primeras edades del hombre. En la epopeya de Gilgamesh, que describe la búsqueda de la inmortalidad por parte de un rey sumerio en 2650 a.C. En un de sus pasajes narra como la diosa Ishtar, rechazada por Gilgamesh, reclama para consumar su venganza, el toro del cielo a su padre Anu, amenazando, si no se lo concede, con derribar las puertas del Inframundo para que los muertos caminen sobre la tierra: “Quebraré [las puertas del mundo inferior], Yo haré [ ... ], Yo [levantaré los muertos roídos (y) vivos], (100) ¡Para que los muertos superen a los vivos”[1]

Pero el nombre del monstruo en si, Zombi, proviene de las religiones animistas africanas que se trasladaron a Haití con la colonización y el tráfico de esclavos. Zombi era originalmente un nombre para referirse a la serpiente sagrada Daballa, padre de los Loas o dioses de la religión vudú, pero está claro que la cultura popular ha absorbido esta nomenclatura con otro fin.

El zombie Haitiano es un elemento emblemático de la religión o conjunto de creencias vudú. El vudú es una mezcla de las religiones animistas del golfo de Guinea que se mezclaron con el catolicismo con la migración de esclavos en tierras americanas. El zombi, a diferencia de lo popularizado, es el máximo cástigo que se puede emplear dentro de la religión, y se basa en el hecho que un brujo (hounguan o bokor) a través de unos polvos deja en estado de catalepsia a un individuo, y así, sin las funciones vitales, éste es dado por muerto y enterrado. Al poco tiempo el bokor lo rescata y este vuelve en si, pero el brujo le vuelve a drogar para que éste pierda su voluntad y esté bajo sus ordenes. 

La zombificación no es que sea una práctica habitual pero lo sorprendente es que el código penal de la República de Haití lo contemplaba antes de ser anulado en 1953, y este decía así:

Se califica también de atentado por envenenamiento a la vida de una persona al empleo que se haga contra ella de sustancias que sin causar la muerte, hubieran producido un estado letárgico más o menos prolongado, de cualquier manera que esas sustancias hubieran sido empleadas y sean cuales fueren las consecuencias. Si como resultado de ese estado letárgico, hubiera sido inhumada la persona el atentado sería calificado de asesinato”[2]

La droga  que el hounguan administra, tal y como narra el etnobotánico Wade Davis en su libro El enigma Zombie (The Serpent and the Rainbow), es la tetrodotoxina que es capaz de dejar en estado similar a la muerte durante unos días aunque hay otras fuentes hablan del estramonio, datura, o DMT (Dimetiltriptamina).

En el cine hasta 1968 el zombie tomó siguió esta misma línea. Seres sin voluntad que cumplían los mandatos de sus amos de forma totalmente autómata. Estos zombies tenían un aspecto amenazador pero al carecer de voluntad propia, el peligro no radicaba en ellos sino en el estado de ánimo del amo. Así del cine clásico lo que más se puede destacar es el espanto que provocan estos seres sin ningún tipo de voluntad, a merced de los designios del hechicero o amo del propio zombie.

El tipo de terror que generaban estos zombies no radica tanto en el propio ser sino en el temor hacia lo estrictamente desconocido y que atentaba contra la moral de la ideología dominante del momento, tal como comenta Freud+.

En cambio, a partir de 1968 con la aparición del film de George A Romero, La Noche de los Muertos Vivientes encontramos una nueva concepción del monstruo que es la más popular y extendida, pero también es la más inquietante. 

La diferencia que radica con el zombie clásico es que el arquetipo del zombie posmoderno (nacido después del La Noche…) los muertos vivientes son nuestros muertos, que salen de nuestros cementerios con la mortaja con la que los enterramos. Por este motivo, la inquietud que despiertan proviene del pensamiento de que la muerte es solo el principio, y si lo peor que podían ofrecer el resto de catálogo de monstruos era la muerte o el homicidio, lo terrible de los zombies es que pueden convertir a sus victimas en muertos en vida; pero no en elegantes Nosferatu con acento húngaro sino en apestosos y torpes caníbales descompuestos. 

Para el creador del libro Planeta zombie, Jesús Palacios, el zombie representa una adecuada y posiblemente inconsciente mezcla de arquetipos profundamente grabados en la psique humana (canibalismo, vampirismo, necrofagia…)

Uno de los motivos por la que goza de tanta popularidad en estos últimos tiempos el zombie, es por la capacidad de símbolo que tiene este ser invivo. Un ser que se mueve por unas necesidades primarias, y que atiende  a estímulos determinados, un ser que como la masa no tiene ni nombre ni apellidos, sólo sus ansias por consumir carne. Esta es la clave, el consumo.

Baudrillard, sociólogo posmoderno nos habla de la capacidad de alienación de la sociedad de consumo, lo cual se referencia sobretodo en una negación de la propia personalidad y una redefinición de ésta basándose en los objetos adquiridos a partir de los cuales llega a formarse dicha personalidad. De esta forma el hombre moderno, nieto de la industrialización, se redefine como un ser que sólo se mueve por impulsos, los de los deseos producidos por la sociedad de consumo, creando un ser alienado que en la actualidad se llama hombre. Sólo se podrá crear la individualización frente a la sociedad de masas a través de los productos adquiridos ya que estos definen al sujeto por dicha mercantilización de la personalidad.

La <personne> en valeur absolue, avec ses traits irréductibles et son poids spécifique, telle que toute la tradition occidentale l’a forgée comme mythe organisateur du Sujet, avec ses passions, sa volonté, son caractère ou… sa banalité, cette personne est absente, morte, balayée de notre univers fonctionnel. Et c’est cette personne absente, cette instance perdue qui va se personnaliser. C’est cet être perdu qui va se reconstituer in abstracto, par la force des signes, Dans la l’éventail démultiplié des différences, Dans la Mercedes, Dans la <petite note claire>, Dans mille autres signes agrégées, constellés pour recréer une individualité de synthèse, et au fond pur éclater Dans l’anonymat le plus total puisque la différence est par définition ce qui n’a pas de nom. [3]

Con la teoría sociológica posmoderna podemos observar  como el hombre poco a poco se va deshumanizando, se va despersonalizando y como  va dando lugar a un hombre-masa que se caracteriza por su falta de personalidad y de impulsos de gestas. Esta cuestión acrecentada por el neocapitalismo  logra crear un ser homogéneo respecto a sus congéneres, que actúan siempre en masa movidos por sus impulsos consumistas, su falta de criterio y su instinto, el cual se reduce a  la supervivencia en la tierra del capitalismo. Así, poco a poco, esta deshumanización se convierte en una  enfermedad que se va acrecentando. Una masa informe de gente va dirigiendo el planeta, movida por los hitos del consumo, y de esta forma se expande hasta convertirse en un pandemia a escala mundial, donde no existe  lugar de escapatoria ya que, el capitalismo y su necesidad de expansión hacen que no haya escondite posible en la faz de la tierra.

De este modo, al igual que los zombies, el consumismo más exacerbado se convierte en una enfermedad letal, a la que es imposible escapar porqué en todos los lugares, tarde o temprano, acabará por aparecer y se acabará instaurando en el imaginario colectivo de tal forma que ya no habrá vuelta atrás.

2009


[1] Ánonimo, La Epopeya de Gilgamesh, Lom Ediciones, 2007. Tablilla 3 p. 40

[2]Dovan Walt G., Magia y Vudú, Barcelona, Producciones Editoriales, 1977 p.187

[3] Baudrillard Jean; La Société de Consommation, Francia, Folio Essais, 1986 , p. 125

  1. Natalia Menén Dice,

    Hola me gustaría que citaráis el autor del artículo que es Natalia Menén. Gracias!

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