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“La piel que habito” de Almodóvar, más que una película



Reconozco que no he visto toda la producción cinematográfica de Pedro Almodóvar (sí todas desde “Todo sobre mi madre”) y que he esperado un año a atreverme a desempolvar “La Piel que habito”, la última idea del cineasta manchego.
Hace unos días creí que era el momento adecuado de retirar los prejuicios que ya tenía de ella: una rallada monumental, no le ha gustado a casi ninguno de los espectadores que conozco, no ha recibido grandes premios, la acogida ha sido turbia…
Las casi dos horas de esta película no dejan indiferente a nadie. O la odias o la amas. Los personajes son tan antagonistas y tan definidos que resulta imposible que no te intenten atrapar. Además, hay detalles de gran cine en los fundidos, en las imágenes superpuestas, en la estructura deslabazada de un guión que termina consiguiendo un sentido, en la composición escenográfica, en la entrada de la luz…
Pero el argumento en sí (una violación que se castiga con un exilio y un cambio de sexo hacia el infractor) provoca sensaciones muy contrapuestas. El rechazo a las imágenes de sexo no querido y a las repercusiones involuntarias lo gestiona el espectador con dos posibles actos: apagar la televisión o proseguir con avidez de conocer más detalles. Almodóvar no descartó ninguna de las dos opciones y por ello supo que podía componer una obra maestra o un circo sexual y alocado. Los valores de cada persona que se siente delante de la proyección harán el trabajo sucio. El contenido asaltará a las cualidades de la forma y por ello Almodóvar se aislará en un púlpito que todo el mundo contemplará por obligación gracias a su espectacular marketing.

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