Cinemascope

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La puta que nunca duerme



Por: Mª Carmen Nieto Carrasco

Aunque pueda parecer un insulto, el título de esta reflexión no es más que una frase incluida en la película “Wall Street: el dinero nunca duerme”. Tanto en la película original, de 1987, como en la secuela, al dinero se le otorga personificación, se habla de él como si tuviera el poder de hacer y deshacer cosas, de influir en las vidas directa e implacablemente, se le conceden acciones como la de dormir o la de ser celoso. A pesar de que el film original es de la década de los ochenta, la actitud que presentan los protagonistas y los valores que se resaltan están claramente vigentes en la actualidad. Quizás pueda parecer recurrente acudir al mundo bursátil por la época de crisis en la que estamos inmersos, pero mi intención va mucho más allá de lo mero superficial. Lo que más me llama la atención de “Wall Street”, como del resto de piezas que he visionado, es la escasez, por no decir la inexistencia, de valores que se predican. O mejor dicho, lo vil de los principios en los que se resguardan sus personajes. Todo a nuestro alrededor se ha vuelto vacío, material, funcional y efímero, ya nada dura para siempre, pero lo peor es que no queremos que dure. Desde los estilos de música, pasando por los géneros cinematográficos, como por las nuevas tecnologías o la moda, nos aburrimos cada vez con más rapidez. Ya lo decía Heráclito de Efeso, “Todo cambia, nada es”, pero esta máxima se ha llevado peligrosamente al extremo en las últimas décadas, sobre todo en lo que va de siglo XXI.

“Mira la televisión, todo está ahí. Mira, escucha, arrodíllate, reza. Los anuncios. Ya no somos productivos, ya no nos necesitan para hacer cosas, todo está automatizado. ¿Para qué nos necesitan entonces? Somos consumidores: compra muchas cosas y serás un buen ciudadano. Si no compras muchas cosas, si no compras, ¿qué eres? Un enfermo mental”. Fragmento de la película ‘12 monos’

Pero, ¿qué podemos hacer para evitarlo? No hay duda de que tanto la que está escribiendo esto como quien lo vaya a leer no tiene en sus manos las riendas del sistema. Con este panorama poco esperanzador, sólo se pueden hacer tres cosas: obedecer y resignarnos, negarnos e intentar vivir fuera del todo, u oponernos y luchar para cambiar lo que nos oprime. La mayoría opta por la primera opción; los que apuestan por la segunda, los que se aíslan del sistema, se convierten en desequilibrados y antisociales a ojos del resto, y a aquellos que se atreven a contraatacar a los poderes se les denomina revolucionarios y antisistema, con las peores connotaciones que esos vocablos pueden guardar. Hubo un momento en la Historia en que la revolución fue la mejor vía para conseguir algo más justo, incluso se nos enseña como un hito, con tintes románticos, y a sus motivadores se nos presentan como héroes. Pero, parece ser que los levantamientos y las protestas sólo quedan apropiadas en el papel, ahí es donde deben mantenerse, para memorizarlas y poco más. Me pregunto si a raíz de los recientes acontecimientos sublevadores decidirán dejar de incluir las revoluciones liberales del S.XVIII en los libros de Historia.

No obstante, por si esta explicación no ha resultado del todo convincente, dejo que la ficción, a veces más real que la propia realidad, dilucide un poco mejor cómo es el sistema en el que vivimos o, mejor dicho, sobrevivimos.

“Es el flujo y reflujo, es el ritmo de las mareas, es un equilibrio ecológico. Usted es un viejo que sólo piensa en términos de naciones y pueblos. No existen naciones, no existen pueblos, ni rusos ni árabes, no existen terceros mundos ni Occidente. Existe, únicamente, un gran sistema de sistemas, un vasto y salvaje entretejido, intercalado, multivariable, multinacional dominio de dólares. Es el sistema internacional monetario que determina la totalidad de la vida en este planeta. Ese es el orden natural de las cosas hoy día. No existe América, no existe la democracia, sólo existe la IBM, la IBP, Exon, etc. Esas son las naciones del mundo actualmente. Ya no vivimos en un mundo de naciones e ideologías. El mundo es un colegio de corporaciones inexorablemente dirigido por los estatutos inmutables de los negocios. El mundo es un negocio, y nuestros hijos vivirán para ver eso, un mundo perfecto, en el que no habrá guerra ni hambre, presión ni brutalidad, una vasta y ecuménica compañía asociada en la que todos los hombres trabajarán para servir a un beneficio común; en la que todos los hombres poseerán una cantidad de acciones, en las que se cubrirán todas las necesidades, se les moderarán todas las ansiedades y les divertirán para que no se aburran”. Fragmento de la película ‘Network’.

Esta película data de 1976, una época altamente convulsiva a nivel mundial, cuyo contexto político-económico se ve reflejado en ese extracto. Han pasado más de 35 años desde entonces, pero al igual que en el caso de “Wall Street”, el estado del sistema sigue igual, son los mismos los que siguen teniendo el poder en sus manos y los mismos los que están sometidos. Ciertamente, el sistema económico mundial no varía considerablemente desde la década de los setenta, cuando se estableció el Nuevo Orden Económico Internacional. Este “logro” no viene a decir otra cosa que el mundo se divide en desarrollados y en Tercer Mundo, y que los primeros se servirán de los subdesarrollados para expandir y optimizar su economía de mercado, hoy más conocida como Globalización. Obviamente, para que el sistema de mercado se sostenga nos tienen que convencer continua e invasivamente de que debemos consumir, tengamos la necesidad real o creada. Consumir cualquier cosa, donde sea, en el momento menos pensado y a través del medio que sea. Ni qué decir tiene que tenemos que agradecer que nos faciliten las compras con diversos tipos de tarjetas de crédito, con servicio de entrega a domicilio, tiendas de ropa online, ofertas irrechazables. Es más, cada vez nos dan más por menos, o eso creemos, y es obvio que el trueque funciona, siempre y cuando no nos preocupemos de la calidad o de la letra pequeña. Como decía un anuncio de relojes: “No es lo que tengo, es lo que soy”. Hasta ese punto llega a engañar la publicidad. Ahora somos lo que tenemos, nunca mejor dicho, y si por historia nos hemos basado en los estereotipos para hacernos creer que conocemos a la gente, ahora las juzgamos por el teléfono móvil que utilicen, por el champú que usen o por  la frecuencia con la que sale de compras. En parte, es una forma rápida de seleccionar y descartar amistades en potencia, incluso parejas posibles, pero olvidamos que todo eso es efímero, sobrepuesto y que todo el atrezo que cargamos diariamente no es más que una envoltura social.

“¿Qué somos? Consumidores, subproductos obsesionados por un estilo de vida. Asesinato, delito, pobreza: son cosas que no me incumben. Lo que sí me importa son las revistas de famosos, una televisión con 500 canales, el nombre de alguien que vende ropa interior, crecepelos […] No sois vuestro trabajo, no sois vuestra cuenta corriente, no sois el coche que tenéis, no sois el contenido de vuestra cartera, ni vuestros pantalones: sois la mierda cantante y danzante del mundo. Lo que posees acabará poseyéndote. Fragmento de la película ‘El club de la lucha’.

Y ante esta situación de desprotección, cabe hacerse la pregunta de quién es el responsable de tanta laxitud política, social y/o económica. Es evidente que quién nos bombardea minuto a minuto, de forma descarada o subliminal, para que gastemos y gastemos es la publicidad, los medios de comunicación en todas sus versiones, al fin y al cabo. Pero como todo ente, personal o jurídico, un medio de comunicación o una empresa actúa dentro de uno o varios territorios. De esta forma, la actividad que desarrolle tiene que adecuarse a la legislación concreta del lugar. Hasta ahí todo bien, pero como se ha descubierto a lo largo de la Historia, más concretamente durante los periodos de guerras, los medios de comunicación son una gran arma de influencia y control por parte de quien los maneja, y la política no ha podido obviar esa impetuosa función. Por tanto, la relación entre medios de comunicación y política, o políticos, creará una simbiosis que ninguna de las dos partes se atreverá a alterar si no quiere ver perjudicada gravemente su supervivencia. Así, tanto medios de comunicación como poder político olvidan por completo sus respectivas obligaciones para con el pueblo y se centran en darse cariño público los unos a los otros, en una especie de círculo vicioso: cuanto más apoye un medio a cierto partido o personaje político, más favores legislativos recibirá ese grupo para que siga expandiéndose y, por consiguiente, no dejará de apoyar a la fuerza política amiga.

“Y la verdad es que algo va muy mal, ¿no? Crueldad e injusticia, tolerancia y opresión. Antes teníais libertad para pensar, para pensar y decir lo que pensabais. Ahora tenéis censores y sistemas de vigilancia que os coartan para que os conforméis. ¿Quién es el culpable? La verdad sea dicha: si estáis buscando un culpable sólo tenéis que miraros al espejo. Había una plaga de problemas que conspiraron para corromper vuestros sentidos y corromper vuestro sentido común. El temor pudo con vosotros y presas del pánico acudisteis al actual líder. Os prometió orden, os prometió paz, y todo lo que pidió a cambio fue vuestra silenciosa y obediente sumisión”. Fragmento de la película ‘V de Vendetta’.

  

   Exacto. Sin darnos cuenta, los medios de comunicación crean un mundo a la medida de quien los rige y, de esta forma, conducen las voluntades populares hacia donde les conviene, ya sea hablando de consumo y gastos desproporcionados, ya sea en lo relativo a elecciones legislativas. Sin embargo, este binomio de intereses ha sido perturbado por la intromisión de una tercera fuerza, aunque no por ello menos importante. Dada la incuestionable rentabilidad resultante del control mediático, son muchas las empresas las que se han lanzado a formar parte de los consejos administrativos de estas peculiares compañías. Con esta injerencia se aseguran, lógicamente, más presencia en la vida de los ciudadanos, en forma de spot o valla publicitaria o a través de series de televisión o el cine. Nada escapa a la perversión económica de las empresas, que, al fin y al cabo, nacen con el único objetivo de optimizar sus beneficios.

“El principal problema de la política es la representación. El pueblo de EEUU no está bien representado. Nuestros líderes dependen mucho de partidos políticos y grupos con intereses particulares. Este país se fundó bajo el principio de un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Somos la nación más poderosa y no tenemos cómo educar a nuestros hijos […] Los políticos tienen que gastar mucho dinero para comprar tiempo en televisión y ahí entran en juego los grupos con intereses particulares. Los políticos han olvidado sus deberes. Su deber es con el pueblo, no con quienes ayudan a los partidos ni con los grupos de presión. […] Los políticos usan armas de distracción masiva, manipulan al pueblo. Generan distracciones para que no sepamos qué sucede de verdad”. Fragmento de la película ‘El hombre del año’.

Con un “nuevo” Gobierno elegido recientemente aquí en España, las palabras de Robin Williams en la película arriba citada nos traen a la memoria cómo se ha tratado la crisis económica en los medios, tanto nacionales como a nivel europeo y mundial. Desde finales de 2007, los datos venían desvelando una alarmante situación de los mercados, pero si la memoria no me falla, no es hasta bien entrado 2008 cuando se nos cuenta, realmente, qué está ocurriendo con nuestro dinero. Fue año de elecciones y el por el entonces presidente reelegido creyó conveniente no pronunciar la tan temida palabra hasta tener asegurados otros cuatro años de alquiler de la Moncloa. Independientemente de mi orientación política, si es que se puede tener alguna hoy día, este ejemplo de ocultación u omisión de información es uno de los miles que se han dado desde que el periodismo es periodismo. Pero la cuestión que aquí preocupa no es la ética de las labores periodísticas, sino el asunto que tan de moda está en los medios y que, veamos el canal que veamos, o escuchemos la emisora de radio que sea, siempre se habla del mismo tema. A la fuerza o voluntariamente, nos hemos sacado un doctorado en Economía Aplicada en tres años, aproximadamente. De ese tiempo atrás, sólo los especialistas y los interesados habían oído hablar de prima de riesgo, de deuda pública, de hipotecas subprime o de burbuja inmobiliaria, pero ahora es lo único de lo que se nos habla.

Enlazando con la jerga económica llegamos a la película “Wall Street”,  donde un vocabulario mucho más rico y desconocido es el que se utiliza en gran parte de la cinta, aunque no tanto en su secuela, que da más importancia a las relaciones personales, otra señal del comercialismo incansable que nos rodea. Centrándonos en la primera parte, rodada en 1987 pero ambientada en 1985, la figura destacable por excelencia, y que le valió un Oscar, es la de Michael Douglas, interpretando a Gordon Gecko. Un detalle que se expresará a lo largo de toda la trama en varias ocasiones es la imagen del amanecer sobre Nueva York. El principio es así, el sol rayando el cielo a  primera hora, dando a la ciudad una visión nostálgica y romántica, con una melodía de fondo que refuerza esa sensación. Se puede deducir que el empleo del amanecer como elemento de transición es un símbolo del resurgir continuo de un dios, que en este caso se encarna en la piel de Gecko. Es considerado el más poderoso y temible de Wall Street y los diálogos que mantiene durante toda la cinta así lo hacen constar. Algunas frases lapidarias son “Yo no soy de los que pierden. No hay cosa que me moleste más que eso”, o “Hablo de ser tan rico de no perder el tiempo. O millonario o nada”. Esas ansias de querer más al precio que sea y aniquilando a quien sea, metafóricamente hablando, es lo que llama la atención a un simple asesor bursátil. Las ganas de hacer dinero fácil y conseguir alabanzas continuas es lo que impulsa a Buddy Fox a introducirse en los negocios con Gecko, poniendo sobre la mesa la cabeza de su propio padre. El contraste entre uno y otro y la evolución del más joven es lo más sorprendente del film, hasta dónde es capaz de llegar una persona por codicia y envidia.

Para reforzar ese ambiente de competición y tensión, Oliver Stone recurre a planos picados y contrapicados, imprimiendo dureza a los espacios y los diálogos. Sobre todo los utiliza para expresar multitud y majestuosidad del ambiente, añadiendo movimientos rápidos, zoom in y zoom out. Sin duda, la violencia implícita y el estrés que caracteriza a la Bolsa quedan recogidos con gran acierto, ayudado también por multitud de primeros planos y giros de cámaras para abrir los planos. Por esa parte, el montaje visual capta la esencia del entorno de Wall Street,, y la jerga, aunque indescifrable en ocasiones, nos introduce de lleno en ese mundo de depredadores. Describiendo estas escenas, es inevitable remitirme a otra película que refleja sobremanera la actitud de los brókeres, “American Psycho”. En esta cinta, la trama se centra más en la doble personalidad del protagonista que en otra, que guarda un lado oscuro de adicciones, obsesiones y abusos. Pero lo que lo lleva a comportarse así cuando llega a casa es lo mismo que mueve al protagonista de “Wall Street”: la ambición, las apariencias, el no poder quedarse atrás. Ahí va un fragmento que muestra el trastorno del desequilibrado bróker, pero que se puede aplicar a cualquiera que ansíe poder sin límites.

“Ya no quedan límites por atravesar, todo lo que tengo de incontrolable y perturbado, vicioso y malévolo, todo el caos que he provocado y mi total indiferencia al respecto lo he superado ya. Mi dolor es constante y agudo, y no espero que exista un mundo mejor para nadie. De hecho, quiero que todos sientan mi dolor, que nadie se escape. Pero incluso después de admitir esto, no hay catarsis”. Fragmento de la película ‘American Psycho’.

Otro componente que dota de agresividad al mundo bursátil es la mezcla del lenguaje especializado con insultos. Entre compañeros se hablan mal, profiriendo ofensas, sin intención de hacer daño, pero el hecho de que estén presentes constantemente da muestra de la irritación permanente que sufren. Estos diálogos siempre van acompañados de ruidos, sonidos estridentes de teléfonos y movimientos continuos de la cámara, que, cuando se trata de reuniones, se desplaza de forma circular, para permitir ver los rostros de todos. Este plano recuerda, rápidamente, a la escena que abre la película “Reservoir Dogs”, de Tarantino, y con ella se crea un ambiente de tensión por el cruce de miradas entre los diferentes personajes.

Si hay que hablar de acciones o elementos que guardan un significado más o menos implícito, hay que señalar la atribución de virilidad y poder que se le da a los cigarrillos y puros, el beber alcohol durante el trabajo y llevar el pelo engominado hacia atrás. Esos tres elementos están presentes siempre y, es más, el joven admirador de Gecko termina adquiriendo esos hábitos cuando llega a una posición de logros y reconocimiento. En series como “Mad Men” se incluyen esos elementos definitorios de la masculinidad en las altas esferas. Tan rápido y eficaz es el ascenso de Buddy Fox de la mano de Gecko que no tarda en adoptar el lenguaje de su mentor. Son tantas las semejanzas en sus comportamientos y la admiración que siente hacia el tiburón bursátil que la relación entre ambos llega a verse, por momentos, como paterno-filial. Fox sí tiene padre, que, curiosamente, está interpretado por su padre en la realidad, Martin Sheen, pero sus orígenes humildes no parecen casar con la moral de Wall Street. Tanto es así que Fox le grita a su padre que “Ya no hay nobleza en ser pobre”, demostrándole lo alto que ha llegado siendo tan joven, cuando él no ha pasado de ser un reparador de aviones y un sindicalista. Esa necesidad de superar a su padre es lo que explica gran parte de las motivaciones para introducirse en el mundo de Gecko. Incluso se podría decir que sufre complejo de inferioridad, como muchos personajes importantes de la Historia universal actuales y no tan actuales. Prestamente, se olvidan de dónde vienen y se convierten en déspotas sin escrúpulos y que, como en este caso, llegan a poner a su familia en manos del demonio. Ese rechazo a la figura paterna porque no lo ve suficientemente valiente y distinguido, y la posterior adoración a un personaje tenebroso y sórdido, es idéntico al que se ve en la cinta “Una historia del Bronx”, de Robert De Niro. Aquí, el hijo de un modesto chófer de autobús se siente cada vez más atraído por la vida del mafioso del barrio. A pesar de la lucha de su padre, el chico termina formando parte del oscuro círculo del respetable Sonny, hasta que el propio joven descubre personalmente cómo se las gasta esa gente. Igualmente le ocurre a Buddy Fox, que no ve el peligro de Gecko hasta que este no decide arruinar la empresa de aviones donde trabaja su padre.

   “Ante todo tiene que estar la ambición, luego vendrá lo de ayudar a la gente”: es lo que llega a pensar el protagonista, pero, indudablemente, es un comportamiento atribuible a los mandamases actuales, a los dueños de los bancos, por ejemplo. Esa actitud de reírse de los sentimientos de los ciudadanos y utilizarlos para ponerse en buen lugar es vigente en nuestra sociedad, cada vez los ricos son más ricos en detrimentos de los derechos humanos y las libertades ajenas. El sistema que mueve el mundo, el neoliberalismo o capitalismo o economía de mercado podría tener como eslogan “La ambición es buena, necesaria y funciona. La ambición clarifica y capta la esencia del espíritu de la evolución humana”. Es otro fragmento de la película, pero resume justamente a dónde hemos llegado, la esencia de Wall Street se ha expandido hasta las personas de orígenes más “humildes”. Pero cuando tienes el poder en tus manos, cuando consigues que mucha gente te obedezca, cuando puedes cambiar las cosas, nada ni nadie puede pararte, la codicia rebosa en las manos y olvidas los preceptos de tu religión o, mucho peor, te deshaces de tus principios. Indiscutiblemente, si los conservas mientras los traicionas tan descaradamente, rectificarías en algún momento, pero eso no interesa.

“Aprendes a esconder la conciencia bajo la alfombra y a seguir. Tienes que hacerlo, si no aquello te supera. Los inocentes son sacrificados a veces para dar paso a un orden mayor. Lo correcto sería ser descubierto y castigado. Al menos, habría una mínima señal de justicia, una mínima esperanza de atisbar un poco de sentido”. Fragmento de la película ‘Match point’.

Sin embargo, esa justicia parece no llegar nunca, puesto que los mismos que delinquen son los mismos que juzgan. Sí, por mucha independencia que le supongamos al poder judicial, está viciado igual que el resto de organismos estatales. Si fueran totalmente autónomos, sus miembros no cambiarían cuando hay cambio de gobierno. Todo está relacionado y, por tanto, si los poderes del Estado tienen conexión, éstos quedan expuestos al sistema económico, indudablemente. La justicia es relativa y es muy difícil poner en común a naciones enteras respecto a ciertos temas, pero otra cosa es la ética y esa sí debería encerrar valores similares sea donde fuere. Así bien, no puedo obviar una gran frase que Gordon Gecko pronuncia delante de un ventanal que muestra la ciudad de los rascacielos a sus pies: “Nosotros hacemos las normas, las noticias, la guerra, la paz, el hambre. Nosotros sacamos el conejo de la chistera mientras ellos (señalando a la calle) se preguntan cómo lo hacemos”. Compara el sistema político-económico con un truco de magia, donde nada es lo que parece y donde la trampa sólo la conocen unos pocos, que se aprovechan de las ilusiones de un público que confía en que todo lo que hacen es por su bien.

A esta idea me vienen unas líneas que José Saramago incluye en su obra La caverna, haciendo alusión al mito de Platón, según el cual todo lo que vemos son sombras, nada es lo que parece y, por eso, no podemos fiarnos de nada ni nadie. Tanto es así que el escritor introduce la frase en uno de los lemas de El Centro, una especie de ciudad dentro de otra ciudad, donde sus habitantes están controlados permanentemente y existe una serie de normas excesivamente estrictas (recuerda bastante a la idea del Gran Hermano, de George Orwell): “Venderíamos todo cuanto usted necesitase si no prefiriésemos que usted necesitase lo que tenemos para venderle”. Con un sencillo, pero malévolo, juego de palabras, Saramago nos enseña cómo las empresas, las corporaciones, las multinacionales están hechas no para satisfacer nuestras necesidades, para cubrir nuestras demandas, sino que estas entidades, creadas para alcanzar los máximos beneficios, lo único que pretenden es crearnos unas carencias y problemas que por nosotros mismos no surgirían, pero que una vez impuestos en nuestro estilo de vida, resultan imposibles de resolver sin la ayuda de esas solidarias compañías.

“El parásito más resistente no es una bacteria, un virus o una solitaria. Es una idea, es resistente y contagiosa. Cuando una idea se instala en el cerebro, es prácticamente imposible erradicarla. Una idea bien formada, bien entendida se queda ahí, en alguna parte de la mente”. Fragmento de la película ‘Origen’.

Volviendo a la simbología que encierra la pieza de Stone, al igual que en la primera parte de la trama predominaban los amaneceres como elemento de transición temporal, en el desenlace es el atardecer el que cobra protagonismo. La caída del sol representa el final del éxito del personaje joven, que finalmente se agarra a los principios que su familia le inculcó para hacer algo de justicia. El ocaso es la mejor metáfora del desplome  de su breve pero febril carrera. El final de la película muestra cómo va a ser juzgado por delitos de uso de información privilegiada, pero nada se sabe del futuro del todopoderoso Gecko. No obstante, el comienzo de la secuela resuelve rápidamente esa incertidumbre: comienza con Gordon Gecko saliendo de prisión, muy envejecido y solo.

Esta vez la historia tiene como protagonista a un joven operador de valores, pero que tiene gran poder adquisitivo y una vida estable. El elemento inestable en esta ocasión resulta ser su novia, que es la hija del supuestamente acabado Gordon Gecko. La segunda parte de “Wall Street” no es tan rica en sus diálogos, da mucha importancia a las relaciones familiares y amorosas y se abastece de demasiados personajes, en comparación con la versión de 1987. El contexto de esta cinta es 2008, el momento en el que estalla la burbuja inmobiliaria, por lo que hay muchas situaciones que nos son reconocibles, como la situación de caos que transmiten los medios o los despidos masivos.

Curioso es el nombre del nuevo protagonista, Jakob, nombre que, según la tradición judía significa “el que pelea con Dios”, por lo que no parece ser un nombre puesto casualmente. En esta historia, Jakob tendrá que enfrentarse a otro vil personaje de Wall Street, para lo que se encomienda a su suegro, que, irónicamente, define al sistema económico como “Un modelo financiero en quiebra: es sistémico, maligno y global, igual que el cáncer”. Por otra parte, otro objeto que llama a la comparación es la presencia de las motos, en señal de poderío físico, fuerza y agresividad. Ya en la primera película, el protagonista va en moto a trabajar, pero es en la segunda parte donde se le otorga verdadera importancia como elemento de lucha masculina. Las características de una moto de grandes cilindradas son comparables a las del dinero en momentos de crisis: los dos dan apariencia de poder a los que los poseen, ambos otorgan beneficios con rapidez, pero, a la vez, tanto dinero como motos, son inestables si no se saben manejar con precaución. Si sumamos todos los elementos ‘masculinizadores’ (puros, alcohol, motos, dinero, lenguaje agresivo, trajes caros…), se deduce que en este mundo no hay lugar para las mujeres, y así se muestra en ambas películas. La figura femenina se reduce a acompañar al hombre en actos públicos y a la satisfacción en la intimidad. En parte, si se piensa, en la vida real también son, mayormente, nombres masculinos los que rigen el orden internacional, con permiso de Angela Merkel.

Con todo, llegados a este punto y sabiendo la suerte que corren Gordon Gecko, Buddy Fox y, posteriormente, Jakob, sólo cabe preguntarse: “¿Para qué quiere un hombre ganar el mundo si pierde su alma?”, reflexión de Peter Fallow (Bruce Willis) en “La hoguera de las vanidades”. Lo cierto es que, en un mundo en el que el dinero lo puede todo y en lo que lo material sustituye casi por completo a lo afectivo y lo personal, la pérdida del alma no debería resultar un grave problema para sus poseedores. Cada día nos enseñan formas nuevas de cómo vivir sin ella, se pone el acento en el individualismo, esa idea renacentista que defiende la dignidad moral del individuo, apostando por la independencia y autosuficiencia, pero, hoy día, a estas señas de identidad históricas habría que añadir la competitividad. Ese afán de querer superar al igual es lo que, según las teorías neoliberales, hacen que el avance y el progreso sean posibles, sin necesidad de intervención estatal o de cualquier otro tipo. Todo debe dejarse a merced de la propia oferta y demanda, pero la realidad es que ese flujo sí está condicionado por manos no tan “invisibles” que alteran el devenir lógico del sistema. En esa compleja red de relaciones económicas, políticas y sociales, incluso personales, la máxima por excelencia es la de competir, combatir, en definitiva, adaptar el darwinismo social a una lucha descarada y tendenciosa.

“No se trata del dinero, sino de competir, competir con otras personas”. Fragmento de la película ‘Wall Street: el dinero nunca duerme’.

Al fin y al cabo no es otra cosa que los egos y la vanidad lo que mueven el mundo del dinero, es decir, el mundo en general. En el momento en que una persona consigue mucho con poco esfuerzo, se olvida de todo lo aprendido y aprehendido moralmente para dejarse arrastrar por el aplauso fácil.

“La vanidad es, sin duda, mi pecado favorito. Es el más básico. Narcisismo, la droga más natural. Por eso es mejor reinar en el infierno que servir en el cielo”. Fragmento de la película ‘Pactar con el diablo’.

No obstante, por muy vanidosos, egoístas, egocéntricos y olvidadizos que seamos, nunca podremos obviar por completo que el mundo es finito, que todo tiene límites, que no somos los únicos ni los mejores del globo y que de todo lo que existe sólo nuestros principios y opiniones es lo que verdaderamente nos pertenece. Quiero pensar que, algún día, llegaremos a entendernos, tanto entre todos como a nosotros mismos.

“Los seres humanos quieren ayudarse mutuamente. A los seres humanos les gusta eso. Queremos conseguir la felicidad de los demás, no la miseria de los otros. No queremos odiar o despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos. La Tierra puede alimentarnos a todos. La vida puede ser libre y bella, pero hemos perdido el rumbo. La avaricia ha emponzoñado el alma de los hombres, ha llenado el mundo de odio, nos ha sumido en el sufrimiento y el derramamiento de sangre. Nos hemos desarrollado rápido, pero nos hemos enfermado a nosotros mismos. Pensamos demasiado y sentimos demasiado poco. Más que maquinaria necesitamos humanidad. Más que inteligencia necesitamos cariño y ternura. Sin esas cualidades, la vida sería violencia y todo estaría perdido. No desesperen. La desgracia que ahora está sobre nosotros es debida a la avaricia de hombres despiadados que temen el progreso humano. El odio de los hombres pasará y los dictadores morirán, y el poder que le quitaron al pueblo retornará al pueblo. Mientras que los hombres mueren, la libertad no perecerá jamás. Luchemos por un mundo donde la ciencia y el progreso lleven a todos los hombres a la felicidad”. Fragmento de la película ‘El gran dictador’.

Fin.

BIBLIOGRAFÍA

Audiovisuales

  • ·  La hoguera de las vanidades, Brian de Palma
  • ·  Network, Sidney Lumet
  • ·  Seven, David Fincher
  • ·  American Psycho, Mary Harron
  • ·  El hombre del año, Barry Levinson
  • ·  Match Point, Woody Allen
  • ·  12 monos, Terry Gilliam
  • ·  El club de la lucha, David Fincher
  • ·  V de Vendetta, James McTeique
  • ·  Origen, Christopher Nolan
  • ·  Mad men (serie TV), Matthew Weiner
  • ·  El gran dictador, Charles Chaplin
  • ·  Pactar con el diablo, Taylor Hackford
  • ·  Una historia del Bronx, Robert de Niro
  • ·  Reservoir Dogs, Quentin Tarantino

Textos

  • ·  La caverna, José Saramago
  • ·  1984, George Orwell

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