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“El árbol de la vida”, compañeros de piso y paranoias.



“EL ÁRBOL DE LA VIDA”, COMPAÑEROS DE PISO Y PARANOIAS

Si escribes para revistas o cualquier otro medio en el que te pagan, como normalmente no te dejan expresarte con total libertad, tus textos pueden acabar siendo frívolos y aburridos. Sin embargo, un blog te permite darles un toque personal. Lo comento porque en realidad quería escribir una crítica sobre la maravillosa “El árbol de la vida” de Terrence Malick. Mientras la visionaba en casa de nuevo, con afán de recordar detalles y tenerla más fresca, entró en mi habitación mi compañero de piso. Me dijo que el volumen estaba muy fuerte, que necesitaba dormir y que la quitara. Me obligó, estando completamente conmocionado por el filme, a regresar a la triste cotidianeidad más inmediata. Y le empecé a dar vueltas al coco. En esta entrada voy a dejar constancia de algunas reflexiones que me asaltaron porque, dado que puedo presumir de blog, voy a aprovecharlo para desahogarme. Al drama le gusta la compañía.

“El árbol de la vida” es una de las mejores películas que he visto en años. Es tan sumamente perfecta que tardará décadas en ser aceptada y valorada como se merece. Al menos por un público relativamente amplio. Su verdadera protagonista es, como indica el título, la propia vida. Está representada por el sol, que aparece en casi todos los planos. Y por las discusiones de pareja, la educación, la envidia, la madurez, el éxito, el fracaso, la enfermedad, el amor, el ocio, etc. Que vendrían a ser como partes esenciales de su propia constitución. Para aislar a la vida de cualquier interferencia, Malick nos transporta a una campestre urbanización norteamericana de los 50 o 40. En cierta manera, a un mundo del que poco queda ya. Por contra, aparece esporádicamente la ciudad moderna en la que ya no queda ni rastro de la naturaleza o la humanidad. Revelador es el personaje interpretado por Sean Penn porque hay un momento en el que se pregunta: “¿En qué nos hemos convertido?”.

Me planteo exactamente la misma cuestión cuando veo a mis compañeros de piso. Uno es un tipo que no sale nunca de casa. No trabaja. No estudia. Mata las horas tocando la guitarra y viendo series por internet. Resulta muy gracioso ver su colada porque todo son pijamas. Vive encerrado en sí mismo hasta límites que ni yo, que a veces peco de egocentrismo, desconozco. Y no trata con nadie, ni siquiera con sus familiares. No puedo traer gente a casa sin avisarle porque le entran, no exagero, ataques de pánico si se topa con desconocidos pululando por aquí. Y si vienen, pueden ser como mucho dos y como muy tarde se tienen que marchar a las diez (excepto si son mujeres y no salen del cuarto y hablan bajito). Por otro lado, la limpieza supera los niveles de un hospital porque el muy zumbado ve “partículas de cáncer” en cualquier sitio. Vamos, que está como una puta regadera. El otro es un profesor que se pasa una media de 12 horas en la universidad, entre las clases y la investigación. Pese a que lleva más de diez años en Barcelona, no tiene ni un solo amigo. Llega tan destrozado y es tan maniático que cualquier ruidito le perturba. Hace poco conoció a una chica en una conferencia. Estuvieron saliendo una temporada, pero lo dejaron porque según él “había muchas diferencias culturales”. Y es que, en el siglo que corre, en Cataluña hay tipos tan sumamente nacionalistas que el hecho de que su novia sea andaluza les irrita más que unas hemorroides ensangrentadas. Aunque ésta cobre más que ellos y esté doctorada. En dos meses que básicamente vivió aquí, no la vi ni una sola vez. Sacad vuestras propias conclusiones.

La convivencia realmente no es mala. No lo es porque no existe. Es decir, yo ahora mismo vivo solo. No tengo la más mínima relación con ellos. A veces coincidimos en la cocina y hablamos de cualquier parida, pero generalmente no pasamos del “hey”. Resulta bastante incómodo. Únicamente me buscan cuando algo que he hecho les ha molestado. La última fue que me comí unas alitas de pollo adobadas y luego me limpié las manos en la cocina. Sin darme cuenta, se marcó mi pulgar en el bote de Fairy… ¡Escandaloso! Soy el único que utiliza el salón. Ellos ven la tele y comen encerrados en sus cuartos. No me los cruzo ni cuando voy al baño, ya que ellos utilizan uno y yo otro. Encima creo que el friki cuando no estoy entra en mi habitación y en mi PC. Me jode porque cuando tengo sospechas de este calibre, no suelo equivocarme. Y es que tengo dotes de detective. Desde que era crío, además. Me daba cuenta enseguida de las cosas y me forzaba a pensar en que eran de otro modo. Pero al final eran como eran por mucho que me jodiesen. La verdad es fría.

Me gusta tener intimidad en mi casa, mi pequeño rincón en el que aislarme. Es decir, no soy el típico al que le gusta compartir hasta el champú. Pero joder, no soy un misántropo. Y vivir de este modo es muy jodido. Puedes intentar solventarlo saliendo mucho y buscándote miles de actividades para matar el tiempo que sigue ahí. Sigue ahí y no se esfuma. Es esa jodida sensación de soledad, de que no tienes a nadie al que decir, como mínimo, “buenas noches”. Es el estar cenando, mirando la tele, sin notar la más mínima vida a tu alrededor. Es el despertarte sin oír risas, puertas, gente hablando o lo que sea. Es muerte. No física, sino psicológica y emocional. Los humanos estamos programados para divertirnos, odiarnos, querernos, pelearnos, etc. En cambio, el aislamiento, voluntario o casual, es deprimente. Somos seres sociales. Necesitamos vida constantemente, aunque sea la de un gato que nos ronronea para le que acariciemos o un pajarito que nos canta por las mañanas. Al principio me vino muy bien estar aquí. Lo reconozco. Necesitaba reencontrarme conmigo mismo. Básicamente, tranquilidad tras un período bastante destoyer. Pero fueron pasando las semanas y cada vez me sentía peor. Me influyó el aura que se respira en este pseudo-monasterio. Cada vez tenía menos ganas de relacionarme con otros, de leer, de sentir. Tampoco ayudaba el que la gente me llamase y yo siempre estuviera ocupado. Aunque tal vez lo estaba por alejarme inconscientemente de este hogar.

Pasé largas temporadas obviando mis problemas. Los ignoraba esperando que se resolviesen por su cuenta. Sin embargo, desde hará cosa de un año, decidí encontrar soluciones, siempre que estuviesen en mi mano, lo más pronto posible. Moverme como antaño, ya que las distintas trabas también… son vida. Necesitaba encontrar otro dormitorio y lo necesitaba ya. Pero mis obligaciones no me lo permitían. Hace poco, éstas menguaron considerablemente y empecé a realizar visitas. Hablando con los distintos propietarios me di cuenta de que todos, absolutamente todos, han convivido con zumbados. O lo que es peor: ellos mismos lo estaban. Por ejemplo, unas chicas muy majas me comentaron que quien antes ocupaba el habitáculo disponible, era una tipa que no hablaba nunca y consumía unos treinta rollos de papel de wáter… ¡A la semana! Sabían que no los gastaba en el baño, porque cuando salía había utilizado lo normal. Empezaron a rallarse. Finalmente descubrieron que… ¡Se los comía! Al parecer padecía un nuevo trastorno que cada vez es más común. Normalmente, cuando alguien te enseña un piso, suele ser bastante majete. No obstante, un gafapasta de unos cuarenta, amargado, así de buenas a primeras se me puso borde. Yo pensaba: “pero tío, ¿qué pretendes decirme? ¿Qué si vengo aquí tú eres el más listo y el que mandas? ¿En qué nos estamos convirtiendo?”. Además, puso a parir al chico que se iba a vivir con su novia, lo cual me pareció feísimo.

Que mi compañero me pidiese que quitara “El árbol de la vida”, me hizo reaccionar porque peté. Peté y lo primero que hice fue quedar con una tipa con la que me puse a salir por combatir la soledad. Me di cuenta de que no teníamos nada en común y que sólo me divertía con ella cuando estaba borracho. A su vez, que me estaba gastando un dineral saliendo por los ambientes de la jet set barcelonesa porque su majestad era excesivamente pija. Por mi parte fue una noche muy hooligan, con hazañas que no voy a relatar. Se asustó y me pidió explicaciones. Le confesé que realmente no quería estar con ella, que en lo nuestro no existía la más mínima “vida” ni para bien, ni para mal. Sorprendentemente, ella me dio la razón y me explicó que estaba conmigo por exactamente los mismos motivos que yo. Pensé: “de verdad, ¿en qué nos hemos convertido?”. La historia terminó mejor de lo que me esperaba y no la he vuelto a saber de ella desde entonces. Lo segundo fue sacar a mi compañero friki de su cuarto y explicarle mi situación y lo que opinaba. Eso sí, con mucho tacto y educación. No daba crédito. Tampoco entendía nada de lo que le estaba diciendo. Desistí con la convicción de haber hecho lo correcto. Y con la de que de donde no hay, nada se puede sacar. Lo tercero fue quedar con un amigo para cenar montaditos en un vasco, beber vino y hacer el capullo. Es algo relativamente trivial, pero lo necesitaba. El calor que me invadió gracias a estos tres sucesos me resucitó. Y tuve el valor de responderme a mí mismo:

“-¿En qué nos hemos convertido?

-No tengo ni idea. Pero tampoco quiero saberlo.”

Nota: esta entrada puede ser algo confusa porque, en el fondo, no deja de ser una corriente de conciencia. No obstante, me ha venido muy bien escribirla para ordenar pernsamientos, aliviarme y compartirla con cualquiera con ánimo de que le sirva de algo.

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