Cinemascope

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La forja de un ladrón, Francisco Umbral



A UMBRAL no se le notaban las pausas del tabaco en la prosa ni las ganas de mear. Las interrupciones de ese perpetuo memorialismo indocumentado son las de mirar atrás hacia Valladolid o las de echar un vistazo de reojo a la cabecera del periódico del día.

Este libro, hecho como entre un almuerzo y una cena para cobrarse una deuda, una apuesta, un premio o algo, desfallece en una prosa menguante y desemblantada, una cagantía acuosa de metáforas desvaídas sobre renglones cansados.  

Perdida para siempre la algarabía espumosa del plateresco en la fachada, Umbral hace aquí un escorzo inútil como de volverse hacia el Herreriano pobre de entre pinares, el pan negro de salvados, el estraperlo, los correajes, el hambre y la pecina de posguerra, pero apenas llega a las puertas del cine se desvanece en un charco de pesantía y reincidencia.

“… y esa satisfacción de mear como los hombres, de estar en un sitio sólo para hombres, en los urinarios de los cines uno se siente del sexo masculino por primera vez, el privilegio de estar aquí, entre jubilados y estudiantes vinosos, era el privilegio de tener una picha.”

Francesillo, aquel niño arborescente salido de los zurbaranes, zuloagas y regoyos, se hace ladrón a las faldas de su madre tísica y mecanógrafa en un paisaje de cuarteles y conventos donde primero te fusilan al padre y después te degüellan el perro. Bujarrones de mano blanda y grasa, empeñistas, putillas de La Sección Femenina, compañías de reaseguros, rateros, falangistas…; segregaciones de una época amarilla y espesa como un calostro.

Pocas iluminaciones y ninguna idea. Desmemorias de acequias y viejos légamos adunados en un vagón al ritmo del tren burra hacia Rioseco. Seres imprecisos, medio dichos, lejanías y vaguedades, con Madrid redentor detrás de la pantalla por donde sale Ingrid Bergman y Humphrey Bogart, Ryta Hayworth y Glenn Ford, James Stewart, Cary Grant, Greta Garbo y los otros, no sé. Espejismos delicuescentes de cartoné producidos por Cifesa.

“El cuerpo de Liria, catorce años, era una indecisión entre la niña y la mujeraza. Tenía una vagina infantil, y por supuesto era virgen.                   -¿Has tenido muchos novios en el colegio?                                                      -¿Me vas a mirar ahora el cuentakilómetros?                                                  Su lenguaje también era una mezcla de resabios colegiales y desgarros de barrio bajo. Estropeamos varios condones y al final la follé en pelo y su corazón párvulo latía loco contra mi pecho. Salimos felices de besos y de sangre.”     

“Las obras mueren; los fragmentos, como no han vivido, no pueden morir.”     -E.M.Cioran-

 

 

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