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«Los goonies nunca dicen muerto»: razones para un éxito inesperado



Los goonies consiguió lo que pocas películas han conseguido en la historia del cine: gustar a todo el mundo; independientemente de su clase social o de su edad, de si es un bakala o un jevi o de si es policía o un mongol nómada. Pero ¿por qué? ¿Dónde reside el principio de su éxito? Al fin y al cabo «solo» es una historia inventada por Steven Spielberg (como tantas otras), una película dirigida por Richard Donner (La profecía, Superman, Jóvenes ocultos, Lady Halcón, Arma letal…) y un guion escrito por Chris Columbus (Gremlins, El secreto de la pirámide, El hombre bicentenario, La señora Doubtfire, Solo en casa…).

Sin embargo, tres nombres, por sí solos, no agitan las pasiones y la imaginación del modo en que Los goonies consiguió hacerlo. La ironía anterior, mera excusa informativa, precede a mi intento por descubrir qué razones han elevado a Los goonies al trono de la mejor película de aventuras que jamás se haya rodado (por si alguien lo dudaba: sí, mucho mejor que La princesa prometida). Las parrafadas que leeréis a continuación son pura opinión personal, y no tenéis por qué compartirlas; así que si os parecen puro desecho expresivo decirlo, y, si os gustan, callaros. Bueno, en realidad podéis hacer lo que os venga en gana, que solo quería rellenar espacio.

En primer lugar, es indudable que una de las virtudes de Los goonies reside en su candente recreación de lo que debe ser una aventura en toda regla (secretos, misterios, mapas, peligros, villanos…) y su sabia ordenación en el tiempo, desde la presentación inicial de los Fratelli hasta el momento en el que llegan al barco de Willy el Tuerto, disfrutando de otros momentos apasionantes como el encuentro con Slot o el acertijo del piano de huesos. Pero películas así, tan bien ordenadas y con elementos tan atractivos las hay, aunque tal vez no muchas. Realmente, lo que encandila de Los goonies y enciende nuestra esperanza es que, un día cualquiera, podamos vernos secuestrados por una aventura de ese calibre; una aventura que nos libere de una realidad aburrida, alienante y sombría, donde encontrar un trabajo —que me perdonen los parados— equivale a felicidad; una auténtica aventura que nos rescate de las asfixiantes garras de la rutina.

No menos importante es el hecho de que Los goonies es un retrato idealizado y embellecido, pero totalmente sincero, de la amistad. Una amistad prístina y cruda que adquiere tintes tribales, algo que mucha gente echa en falta hoy en día: pertenecer a un grupo, a una comunidad; donde hay unas reglas justas que no se respetan por imposición, sino porque se sabe que es lo correcto. «Los goonies nunca dicen muerto». Porque morir es malo, porque la muerte es mala: te separa de la gente que quieres, con la que ries, con la que lloras, gente que te apoya, personas que se preocupan por ti… Sí, frente a un individualismo imperial, Mickey, Bocazas, Data, Gordy, Brand, Stef, Andy y el propio Slot rechazan hacer daño a un amigo, de una u otra manera: los goonies no roban a sus amigos, los goonies no traicionan a sus amigos, los goonies no se olvidan de sus amigos… aunque la ideología mental dominante trate de obligarte, por todos los medios necesarios, a pensar, constantemente, en ti, en ti, y en nadie más que en ti, y dominarte hasta tal punto que puedas vandalizar los sentimientos de alguien que, en el sentido más etimológico posible, te amaba.

Del mismo modo, y aunque esto parece pasar desapercibido para muchos seguidores, es una sólida crítica al capitalismo más caníbal y amoral. Los villanos reales del filme, más que los Fratelli —que son algo así como una caricatura ligeramente realista de la maldad— son el padre de Troy y sus amigos inversores —la clase alta de Astoria—, que quieren expandir a toda costa su club de campo y poder jugar al golf, al tenis o tomar café mientras comentan las subidas y bajadas de los índices de Wall Street con sus nuevos socios. Quieren acabar con los muelles de Goon (de ahí el gentilicio goonie), sin importarles un bledo lo que les ocurra a sus habitantes. Un mensaje demasiado evidente para dejarlo pasar por alto, sobre todo si proviene del país que es el centro neurálgico del neoliberalismo.

Por último, porque la canción de Cindy Lauper, “The Goonies ‘R’ Good Enough”, es simplemente genial, elegante, mágica… y recoge en su melodía, en su ritmo y en su armonía toda la fantasía, la ilusión y el escapismo que la película infunde. Y os lo digo yo, que no soy precisamente fan de la cantante de Queens.

Con todas estas razones, no es de extrañar que aun hoy, veintisiete años después de que se estrenara la película, esta no haya perdido una pizca de todo el atractivo que tenía en 1985. Es más, incluso va camino de crear un propio subgénero dentro del cine de aventuras, ¿o es que no habéis oído la expresión, ya algo común, al preguntar por una película, de: «es rollo Los goonies»? A mí ya me la han dicho cuando pregunté por Super 8 o por Attack the block; y otras cintas me pareció a mí que pretendían recuperar el espíritu de Los goonies, aunque fuera solo en parte, como Rare exports: A Christmas tale.

Por cierto, Astoria existe de verdad, es un pueblecito de Oregón, el mismo que sale en la película; incluso está en pie aún la casa de Mickey y Brand, y puedes visitar la playa del final y otros tantos lugares emblemáticos de este cuento audiovisual ochentero. Una historia que disturbó positivamente, para siempre, nuestras retinas, nuestros oídos y nuestras emociones.

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