Cinemascope

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Da Vinci Code BSO (Hans Zimmer)



(Fuente: Jordi Montaner, www.bsospirit.com)

Vista la película y ahorrados los comentarios, salta al oído que la banda sonora de Zimmer recoge en su cáliz toda la sangre real del proyecto cinematográfico. La habilidad del patrón de Media Ventures para vestir las emociones del celuloide a través de sonoridades crece con cada partitura que compone. Se trata de un maridaje que roza la perfección. Quien no haya tenido aún la oportunidad de leer el libro y no haya desentrañado del todo la trama a partir de la película de Howard, que apunte las páginas a una luz tenue en una habitación vacía y oscura y aplique la banda sonora de Zimmer a un buen equipo. La música compuesta para la ocasión desgarra los aterciopelados ropajes de la tradición católica para, a tenor de una cuidada recreación cultural, desnudar la omnipotente nada. Como en los vericuetos de la corte imperial romana de Gladiator, Zimmer, músico híbrido, ubica sus paisajes sonoros en los secretos y miserias de quien manda, para proyectarse en la épica de quienes sucumben a su destino.

Se trata del Zimmer más crepuscular, el de Hannibal y Batman Begins, que en The Da Vinci Code (TDVC) arranca con una agitación de cuerdas semejantes al preámbulo de una tempestad (Dies Mercurii I Martius), para mantenerse en una feroz progresión que cierra el círculo con Chevaliers De Sangreal. En Zimmer no abundan las bandas sonoras temáticas y TDVCno es una excepción. Su suite aporta sólo texturas muy elaboradas a partir de una tradición musical muy enraizada en la propia liturgia religiosa. A veces uno cree escuchar un réquiem, en otras una misa contemporánea, un aire de juglaría, un magnificat o una cantata barroca. Para que no quepan dudas, la dimensión filarmónica de todo el conjunto, coros incluidos, habla a las claras de un proyecto de enorme envergadura, que asusta, y no sólo a los censores…

Persecución cósmica

Cuesta abstraerse de las influencias clásicas de Wagner, Fauré o Barber, o de compositores melocinematográficos como Herrmann y Goldsmith. En el contexto de estos últimos, la banda sonora se plantea como una persecución desde los primeros a los últimos compases. Alguien huye, alguien busca, arriesgando en ello la vida. Sincopados violines inician el clima trepidante de persecución en el primer corte del disco, recreándolo en piezas como The Paschal Spiral y Malleus Maleficarum. Sutiles orquestaciones asimilan la atmósfera de un Fructus Gravis al Herrmann de El fantasma y la señora Muir con un arpa misteriosamente salida de la nada. Las texturas de violín dominan la partitura, que en ocasiones se entrega a un ingenioso diálogo con vocalizaciones femeninas, como en Ad Arcana.

Si no es ésta la primera vez que Zimmer flirtea con los coros en sus bandas sonoras, sí es la vez que se recrea más en su cromatismo. Vocalizaciones tanto masculinas como femeninas caracterizan cortes como L’Esprit Des Gabriel y, sobre todo, Salvete Virgines. Voces arrulladas por cuerdas espectrales y un uso muy inteligente (más que en otras composiciones suyas), apropiado, de las percusiones.

Daniel’s 9th Cipher y The Poisoned Chalice son ejemplos del potencial de violines y voces femeninas para adecuarse a una música de terror. Zimmer busca un incómodo encaje en la tradición de la música sacra evitando el ajuste a los clichés. Su música se hace así más inconcreta y misteriosa, hasta que el argumento de la película se rinde en la revelación final y estalla Chevaliers de Sangreal, atizando vientos y metales en un crescendo triunfante al estilo de Gladiator.

Diría que es la obra más personal de Zimmer hasta la fecha, con colaboraciones acertadas como la de Richard Harvey y su pieza coral (Kyrie for the Magdalene) al cierre del disco, la de Nick Glennie-Smith o de la soprano Hila Plitmann. No faltan, sin embargo, guiños románticos al estilo operístico (Poisoned Chalice), a la música barroca (L’esprit Des Gabriel) o a las tonadas medievales (Rose of Arimathea) y renacentistas (Ad Arcana).

Lo mejor: Salvete Virgines, incomprensiblemente apartada de la película e incluida en el disco a modo de bonus track. Coros, campanas, orquestaciones que hablan de un Zimmer maduro, tan pródigo como conspicuo.

Lo peor: La mala acogida de la crítica a esta película de Howard puede llevar el desprecio a una de las “bandas sonoras del año”.

El momento: Chevaliers de Sangreal. Tom Hanks examina el interior del Louvre desde la claraboya por la que la luz del día se infiltra como una música victoriosa, tributada, marca de la casa de Zimmer en sus composiciones y que suele acompañar las escenas finales de sus películas, como un laurel al heroismo de sus protagonistas y a sus sufridos lances con el destino. El misterio se hace revelación y la agonía desemboca en éxtasis.

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