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El planeta de los simios: por qué se debe llevar a un biólogo en la tripulación




(Enriquecido en spoilers, aunque si a estas alturas no has visto El planeta de los simios no sé muy bien qué vamos a hacer contigo)

El pasado fin de semana, un extenso grupo de frikazos y gente de mal vivir tuvo la ocasión de disfrutar en pantalla grande de ese clásico del cine que es El planeta de los simios (1968) como parte de la Muestra SyFy. ¿Qué se puede decir de esta película? Cada vez que la veo me gusta más y le saco más enjundia. En conjunto me parece una maravilla y ha envejecido mucho mejor que otros clásicos. Reflexión tonta: es curioso que más de 40 años después de su estreno una de las cosas que más chocan es ver a Charlton Heston fumarse un puraco en la nave espacial, y sin embargo, los trajes espaciales e incluso la nave del comienzo de la película es bastante apañada.

¡Purazo espacial!

Pero a lo que iba. Siendo, como lo es, un peliculón con todas las letras, tiene algún problema de dirección artística. (Este concepto no es que lo suelte yo aquí por hacerme el interesante, sino que me lo enseñó hablando del tema un amigo mío que sabe de estos asuntos y lo empleo para poder llamar a las cosas por su nombre). No es que se trate de problemas muy importantes, pero ya sabéis que en esta santa casa tenemos cierta trayectoria mirando con mucha atención detalles cinematográficos relacionados con las localizaciones (::1:: ::2::), y en ellos me voy a centrar.

Como recordaréis, el plato fuerte de la película se sirve al final. El comandante Taylor, acompañado por Nova, descubre que en realidad, el hostil y salvaje planeta de los simios era la Tierra, unos cuantos de miles de años en el futuro, y que la civilización humana se había desvanecido. El encuentro con la ruina de la Estatua de la Libertad es, merecidamente, uno de los hitos del Séptimo Arte. Yo tuve la suerte de ver esta película siento un niño muy impresionable y con aún poco cine a mis espaldas y este final me puso los pelos de punta. Sospecho una película como esta estrenada a día de hoy no habría tenido el mismo efecto y el espectador medio, acostumbrado a “BrucesWillis” que están muertos desde el principio y tal, se habría olido la tostada mucho antes.

¡Yo os maldigo!

A lo que voy es que, pese a todo, no habría sido necesario esperar tanto para concluir que nos encontrábamos clarísimamente en el planeta Tierra. Incluso un individuo como Charlton Heston lo habría concluido con mucha facilidad si hubiese tenido cierta formación biológica y hubiese prestado un poco de atención a su entorno. Retrocedamos desde el final hacia el comienzo para señalar varios puntos clave en los que se podían haber atado cabos.

Apenas unas escenas antes, en la excavación arqueológica de Cornelius, Taylor encuentra y muestra al Dr. Zaius varios artefactos claramente humanos (unas gafas, unos dientes postizos y la muñeca que habla). Esto no tiene nada que ver con la biología, pero la motosierra de Ockham ya debería haber hecho pensar al comandante que se encontraba en su propio planeta. Es curioso además  el cambio de razonamiento que tiene lugar en la excavación. Taylor trata desde el principio de la película de convencer a los simios de que viene de otro planeta, mientras que Zira y Cornelius centran sus esfuerzos  en demostrar que los humanos pueden ser inteligentes. A partir de cierto punto Taylor deja de intenta convencer al Dr. Zaius y se centra en la hipótesis de Cornelius de una civilización humana pre-simia, ¡y pese a todo no ata cabos! Lo que me sorprende es que se supone que aún el espectador debe permanecer ignorante, aunque a estas alturas es ya evidente lo que está pasando.

La propia existencia de los simios no puede ser una casualidad. No hay que saber mucho sobre evolución para entender que los factores que provocan la aparición de unas especies y no otras está provocada en gran medida por sucesos estocásticos que hacen virtualmente imposible que aparezcan simios en cualquier otro planeta mediante procesos evolutivos. O en palabras de Gould: si rebobináramos la “cinta” de la historia de la vida y la volviésemos a reproducir desde un momento dado, casi con total seguridad que no estaríamos aquí dada la práctica imposibilidad de que se reprodujeran de nuevo exactamente los mismos acontecimientos fortuitos que provocaron la evolución humana.

Bueno, y ya que hablen y escriban inglés, mejor lo dejamos al margen. ¡Eso pase! ¡Pero los errores que voy a comentar a continuación no tienen perdón!

Mucho tiempo antes, otras preguntas deberían haber intrigado a la tripulación de la nave cuando aún todos ellos estaban vivos, y me refiero a la escena de la captura.

¿Campos de maíz? ¿Caballos? ¿Seres humanos? ¿De verdad que nos tenemos que creer que esto es un planeta extraterrestre? Si la tripulación hubiese incluido a un biólogo, a estas alturas ya todos tendrían clarísimo que la posibilidad de estar en un planeta distinto de la Tierra era tan tremendamente remota que habría que descartarla inmediatamente. De poco les habría servido en esa tesitura, eso sí.

Sin embargo, un biólogo hubiese reconocido mucho antes la biosfera en la que se encontraban. Antes de encontrarse en el maizal, antes incluso de la escena del baño en la cascada (rodada en California, como se puede apreciar por la vegetación de tipo mediterráneo) y antes de llegar a la zona de “selva”.

¡Leche! La tripulación se asoma entre unos tarays (Tamarix sp.) en flor, arbustos o arbolillos típicos de zonas áridas. ¡Cualquier botánico lo hubiese reconocido inmediatamente! ¡It was Earth all along!

Y ya si me apuráis, incluso antes, con la primera muestra de vida vegetal, la primera planta que se encuentran en el desierto y que aunque no se llega a ver muy bien, apostaría a que se trata de un Hypericum (por las hojas opuestas y las flores amarillas con estambres muy abundantes y largos).

(no he encontrado una imagen mejor, pero en el cine hubiese dicho que era de verdad un Hypericum)

En cualquier caso, un biólogo habría visto que se trataba sin duda de una planta angiosperma, con hojas, tallos, flores típicas, etc, y habría llegado, ya a los 15 minutos de metraje, a esa conclusión: tanto viaje espacial, tanto viaje espacial, para volver al mismo sitio.

Antes de este momento creo que no se podría afirmar con seguridad que estaban en la Tierra. Las localizaciones de desierto (en Utah y Arizona) están bastante bien escogidas, no se ve vegetación alguna. En todo caso, el mar interior, el cielo azul, las nubes y la geología de los cañones (que muestran claramente procesos sedimentarios y erosivos) podría haber revelado la existencia de una atmósfera muy similar a la terrestre y un ciclo del agua activo durante millones de años, pero no que se trataba exactamente del planeta Tierra de foma inequívoca. (No sé si algún geólogo tiene algo que añadir al respecto).

Un último apunte, en esta ocasión para defender el punto de vista contrario: en un momento de la película, Cornelius se burla de Taylor cuando éste afirma que llegó en una nave. “El vuelo es una imposibilidad física”, responde. Dejando al margen la ignorancia del chimpancé, resultaría muy chocante a la tripulación la inexistencia de aves, murciélagos e insectos voladores. Sin duda alguna catástrofe ecológica devastadora habría tenido lugar en ese planeta para esa ausencia tan notable en la biosfera (la de los insectos voladores, ofcors).

Así que ya lo sabéis amigüitos: no olvidéis incluir a un biólogo en la tripulación de la nave espacial. Pueden acabar siendo útiles.

Esta escena es simplemente gloriosa

En mi opinión, las localizaciones exteriores de casi toda la película están francamente mal escogidas (con excepción de las del desierto al comienzo). Entre otras cosas pudo tratarse de un problema de presupuesto. En la novela original, la civilización simia estaba muy desarrollada, en plan años 50, con automóviles, televisión, etc, sin embargo el presupuesto dio para apenas una ciudadela neolítica. Quizá con algo más de dinero hubiesen hecho unos decorados decentes con plantas, cultivos y animales de carga que no diesen tanto el cante. A pesar de todo, funcionó, y muy bien.

¡Yo también te quiero, Dr. Zaius!

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