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Dredd



Todo un placer culpable. La revisión del Juez Dredd rebosa alma de las películas de acción de hace 20 años. Bajo presupuesto, violencia explícita, ciertas dosis de cachondeo, un protagonista más macho que ninguno con sus frases lapidarias, y una trama sencilla que hace avanzar la película en medio de ensaladas de tiros, hostias y mucho olor a testosterona.

“Dredd” se podría catalogar entonces como una peli de serie B muy simpática de ver, con muchas posibilidades de cara a una futura secuela, en caso de que haya ánimos de continuar con las andanzas de un agente de la Ley en un futuro post-apocalíptico en el que la población se ha masificado en grandes mega-ciudades con edificios descomunales capaces de albergar la vida de 75000 personas. Auténticas ciudades colmena donde la vida puede valer muy poco.

Y uno de los aciertos que la cinta tiene es precisamente presentarnos a otro personaje, el edificio Peach Trees, una de estas mega-estructuras donde se desarrolla casi el 100% de la película, y donde nuestros dos protagonistas se verán atrapados en una espiral de violencia casi sin darse cuenta (otro de los grandes puntos a destacar es este. La trama se va enmierdando para los protagonistas muy sutilmente pero de manera profunda). Al contrario de lo que podría imaginarse, el hecho de que toda la acción y la trama  se desarrollen en este único escenario, se da la suficiente variedad de situaciones como para que el ritmo no decaiga en casi ningún tramo del film.

Además de ello, tenemos a una Lena Heady deliciosa en su papel de malvada algo tarada, y una Olivia Thirlby dando el contrapunto perfecto humanizando la trama en contraposición a un Juez Dredd parco en palabras pero rebosante de atractivo cinematográfico. No nos dentendremos a analizar si el personaje está más o menos desarrollado, ya que además de ser una cuestión que se resuelve rápidamente (no), ni el personaje ni la película lo necesitan en ningún momento. Funciona a las mil maravillas tal y como está.

“Dredd” se me antoja como todo un descubrimiento, una película con sabor añejo que no defrauda en ningún instante, rabiosamente entretenida, profundamente violenta, con toques de humor muy cachondos, y sin tomarse demasiado en serio a sí misma y al mundo que nos presenta, consigue encumbrarse como una cita ideal para despedir este ajetreado verano de 2012 en lo cinematográfico, y dar la bienvenida a un otoño que promete ser igual de movido.

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