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Crítica de cine: Animales Fantásticos: los crímenes de Grindelwald



Póster "Animales Fantásticos: los crímenes de Grindelwald"

Sin noticias de Potter, segunda parte.

Aún con todo lo bien que ciertos cineastas saben explotar la nostalgia, parece que a otros se les sigue resistiendo. Hablando desde la perspectiva del chico que creció a la par que el joven Potter lo hacía en la gran pantalla, siento una enorme decepción cuando veo lo que David Yates y J.K. Rowling están haciendo con el universo mágico para prolongar, casi ad eternum, la gallina de los huevos de oro.

No voy a negar a nadie que salí tremendamente insatisfecho de Animales Fantásticos y dónde encontrarlos (David Yates, 2016) hace ya un par de años. Pasado el calentón inicial, entendí que Rowling necesitaba espacio para desarrollar su nueva obra a lo largo de las ya vaticinadas cinco películas que tanto ella como Warner tenían en mente. Supuse que su secuela serviría para limpiar el mal sabor de boca que aquella dejó y que se nos darían respuestas a las numerosas tramas que se empezaron a dibujar desde el momento en que Newt Scamander pisara Nueva York por primera vez; algo que no estoy seguro de que me haya dado ésta secuela.

Animales Fantásticos: los crímenes de Grindelwald (David Yates, 2018) arranca donde lo dejó su predecesora, con un Johnny Deep viéndoselas con los aurores del lugar tras su previo paso por prisión. Un inicio prometedor que la película apremia en destrozar para volver a un más de lo mismo y plantearnos un nuevo escenario en el que lo único que podemos hacer, al igual que ocurriera con la original, es esperar a lo que está por llegar -y que esperemos que Rowling quiera que llegue, porque a este ritmo..-.

Es verdad que Yates acierta en dar a su cinta un aspecto mucho más oscuro y sombrío que el que nos mostró su predecesora, haciendo especial hincapié en los malos tiempos que están por venir de la mano de Grindelwald. Sin embargo, esa gran labor en lo que ambientación se refiere se ve lastrada de nuevo por unos personajes poco elaborados que dan lugar a ciertas subtramas que generan más bien poco interés. Personajes como Queenie, Jacob, Leta Lestrange o la propia Nagini, de la que esperaba conocer bastante más de lo que he visto, son una sombra de lo que podrían haber sido.

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Puede que el problema sea que Animales Fantásticos siga sin dar con el tono puesto que, aunque sea más compleja que la original, sigue ofreciendo momentos bastante simplones y anodinos que puedan contentar a todos los públicos -probablemente los romances entre los protagonistas sigan siendo su principal talón de Aquiles-. Tampoco ayuda la práctica ausencia de coherencia narrativa, relegándolo todo a una sucesión de escenas mal concatenadas y que en momentos se pueden postular como un batiburrillo de acciones mágicas de usar y tirar.

Pocas pegas pueden ponérsele a la parcela técnica de la cinta, con unos efectos especiales a la altura de un propuesta de semejante envergadura. Las criaturas fantásticas lucen aquí en todo su esplendor, mostrando de nuevo que la imaginación de Rowling y su equipo artístico no tiene límites. A la par que las bestias se sitúan los escenarios, recreando de manera sensacional localizaciones clave como esa París de finales de los años veinte.

Por otro lado, debo admitir que me ha sorprendido gratamente el trabajo de Johnny Deep que, aunque cuestionado más allá de las pantallas, aquí realiza un gran papel y dota a su Grindelwald de varias capas de profundidad que ayudan a entender sus motiviaciones. De igual modo actúa Jude Law, ofreciéndonos todo lo que podíamos esperar de una versión joven de Dumbledore: seguridad y afabilidad. De entre lo positivo, acabaría destacando el buen hacer de Eddie Redmayne que, tras mostrarse dubitativo en la original, aquí acaba de encontrar su lugar en la función. El resto del elenco está casi tan desaprovechado como los personajes que encarnan; nombres de la talla de Ezra Miller, Katherine Waterstone o Zoe Kravitz claudicando ante la imposibilidad del guión para ofrecerles algo más.

Pensada como una pentalogía, la saga Animales Fantásticos continúa con su particular descalabro. Los crímenes de Grindelwald es una película irregular, una cinta que podría agradar a los más fans -incluso por esos guiños que esconde- pero que puede defraudar a todos aquellos que, cual ave fénix, esperaban que la franquicia empezara a alzar el vuelo.

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