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Crítica de cine: Los idus de marzo



La supuesta variedad temática de los proyectos en los que se ha involucrado George Clooney como director hablan de un creador al que le mueve una tendencia a bucear por el cine de género; el mismo que hacía las delicias del personal no hace mucho tiempo proyectado en programas doble de salas de barrio, y cuyo arco existencial han procurado cortar -sin alternativas medianamente innovadoras- los gurús poco ilustrados de la hibridación gratuita. De esta forma, los fotogramas que salen de la cámara del protagonista de Urgencias teorizan arropados con enfoques directos, diálogos candentes, guiones con personajes humanos y tramas accesibles para todos los que quieran recordar un pretérito glorioso que, afortunadamente, nunca ha pasado totalmente de moda. Dentro de ese conjunto de pasión nostálgica por las historias con fondo, Los idus de marzo no es más que una pieza milimétrica en el engranaje de clasicismo que emborracha la filmografía del actor de Los descendientes.

Una buena idea de partida, sobre la que orquestar un sinfín de carreteras reflexivas asfaltadas en los márgenes de la moral y la traición, son las coordenadas por las que Clooney y su equipo transitan, con la seguridad y la ilusión de unos peregrinos cuyas mochilas están llenas de ambigüedad; un equipaje que el inteligente cineasta estadounidense recopila después de subirse como espectador a movies del tipo de El candidato (Michael Ritchie, 1972) y la excesiva y transformadora El fuego y la palabra (Richard Brooks, 1960).

Un proceso de electoral, muy similar al que está sucediendo a estas alturas de 2012 en Estados Unidos, es el pretexto argumental que usa el realizador para acercarse a la fibra sensible de sus protagonistas: un coro de mentirosos profesionales que dejan en una maleta cerrada, y arrojada a las aguas profundas de la conveniencia, su lealtad y la ética, para embarcarse en una frenética carrera con meta en la Casa Blanca. Así, Stephen Meyers (papel que encarna con increíble verosimilitud y visceralidad Ryan Gossling) asume su comportamiento de Fausto comprable e interesado; una actitud que también se encuentra en las decisiones del Gobernador Mike Morris (George Clooney), hombre público que no escatima subterfugios en pos de conseguir la presidencia de USA.

Una atmósfera pretendidamente oscura y escenarios grandiosos, mezclados con la mediocridad y la decrepitud, confluyen en la estética conceptual de un filme que vuelve a emparejar los fastos de la política del país de las barras y estrellas con la dialéctica cesariana del imperio romano. Esos idus de marzo del título (quincena que en la época en que asesinaron a Julio César dejó de ser un reflejo de buenos augurios) están suspendidos en cada una de las secuencias de la película, como una especie de espada de Damocles, siempre dispuesta a caer sobre los intérpretes.

Sin embargo, la variante shakesperiana sobre el magnicidio de Julio César a manos de Bruto, queda inmediatamente controlada por la propuesta de Clooney, más cercana al cinismo absoluto que a un mínimo de comprensión idealista. En la cinta del norteamericano no hay reflexiones de supuesta caballerosidad, como las había en el mencionado Bruto, ni existe un parangón a lo Marco Antonio; realidad que se entiende como reflexión acerca de que el teatro de la política del siglo XXI es un ecosistema demasiado habituado a jugar bajo unas reglas deformadas y acomodaticias.

Solamente la becaria a la que pone físico Evan Rachel Wood y el supuestamente íntegro jefe de campaña, al que dota de oronda presencia Philip Seymour Hoffman, son seres de cierta pureza, en medio de tantas negociaciones destinadas a tentar a las conciencias de los participantes. No obstante, incluso estos dos salvavidas golpeados por un huracán de metralla corrupta quedan salpicados por acciones algo reprobables y escasamente coherentes.  Es con ellos con los que Clooney se siente más incómodo; porque, en su ensayo sobre la indecencia de conducta, un poco de honradez y de vulnerabilidad se diluye con suma facilidad. Y así ocurre al final; lo que genera que el sufrimiento interno de la mujer que interpreta Wood se vea con similar escepticismo al que manipula la totalidad del mensaje (cualquier cosa vale, si con ello se obtiene el triunfo).

Aparte de las virtudes del guion y del equipo artístico, uno de los mayores atractivos del largometraje reside en su habilidad para mostrar la evolución dramática en clave de thriller. Esta solución narrativa consigue que el espectador asista al espectáculo sin cansancio en la mente y la retina, deseoso de averiguar hasta dónde pueden llegar los tipos que están en pantalla con tal de conseguir sus metas. Incluso en esto acierta el avispado George, siempre rendido a su apuesta por el clasicismo.

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