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La rebeldía de dos guapos: Brando y Dean



La gente me decía que me parecía a Brando, incluso antes de que supiera quién era él. No me ofende la comparación, porque es mi mejor amigo. No he conocido a una persona como él, sensible, desprendido y el mejor actor. En ocasiones, cuando interpretaba a Jett en Gigante, le imité y eso solo lo sabíamos él y yo.”
James Dean.

La década de los cincuenta, la del Rock and Roll como banda sonora y tiempo de resaca de la II Guerra Mundial, fue su edén. Cada uno con su estilo, que luego fue tendencia al consagrarse como iconos. Marlon Brando, motero con cazadora de cuero negra, irrumpió con Salvaje (1954). James Dean, adolescente con pantalones vaqueros, dejó su huella en Rebelde sin causa (1955).

Aquellos dramas sustentados en personajes huidizos y problemáticos etiquetaron una época cinematográfica gloriosa, pero encierran episodios de una infancia difícil. Brando y Dean crecieron en ambientes hostiles propiciados por una carencia afectiva materna involuntaria. El poderoso atractivo físico que despertaban condicionó su existencia, por el desenfreno y el equilibrio a los que estaban expuestos y abocados. El cóctel de la fama, la juventud y los influjos reveló relaciones inesperadas, desafortunadas y furtivas.

El azar o aquel cruce fatal entre dos coches fue el final abrupto de la relación. Dean murió en el acto. Brando era siete años mayor y nunca se sabrá cómo habría conducido su vida con la amistad de Dean.

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