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Pianista de Hammelin



Música de hoy: Amy Winehouse “Back to Black” piano cover

Mi apego y pasión por el piano, a pesar de no haber estudiado nunca música (cosa de la que ahora me arrepiento) vienen de hace mucho. Siempre digo que si me encontrara una lámpara maravillosa y pudiera concederme tres deseos, después de pedirle que arreglara este mundo escacharrado, creo que lo único que pediría para mí sería volverme una virtuosa del piano.

Esta misma mañana comentaban en un programa de radio la forma increíble en la que te marca la música que escuchas en la infancia, y no podría estar más de acuerdo. Ya hablaba algo de ello en este otro post sobre mi querida María Dolores Pradera, pero es que si hablamos del piano… Es un instrumento que conecta conmigo y con algo que llevo dentro, porque me ha acompañado de alguna manera en todas las épocas de mi vida.

Cuando mis padres se separaron y cambié de casa, mi mayor “tecnología”, aquella con la que me divertía, era poniendo las cintas que mi tía se trajo de sus años en Francia: además de la Pradera, había una de Richard Clayderman que acabé rayando. Su música fue para mí una vía de escape a la nueva situación, me acompañó durante la larga y costosa adaptación a una vida diferente.

Tiempo más tarde, cuando tuve que cambiar de colegio y me encontré con menos recursos sociales y más perdida que un pulpo en un garaje, en una escuela en la que ni siquiera después de seis años me llegué a sentir adaptada del todo, mi pulmón fue de nuevo el piano.

Siempre que podía, evitaba salir al recreo para ir con una compañera de clase que estudiaba en el conservatorio y a quien las monjas dejaban practicar en un pobre piano de pared relegado a coger polvo dentro de un cuartucho lleno de trastos viejos y abandonados.

Me sentaba al lado de esta compañera y me quedaba maravillada por aquellas partituras que dictaban a unos dedos, que acariciaban unas teclas, que producían sonidos que llegaban a mis oídos y causaban un efecto extraño en mi corazón. Recuerdo a Chopin y aBeethoven, y también cuando me enseñó a tocar “Muñequita linda” de Nat King Cole con las negras (solo la mano derecha): ¡casi no me creía que me dejara rozar aquel instrumento celestial! Los recreos se me pasaban volando, y la vuelta a clase se me hacía muy, muy cuesta arriba.

Más adelante, en plena adolescencia, la música de Michael Nyman también reflejó mis estados de ánimo, por aquel entonces atormentados, desesperados, turbulentos, contradictorios, a ratos románticos… muy Heathcliff en Cumbres Borrascosas.

Y en mis años de Universidad me volví a encontrar con Nyman, pero además tuve la suerte de conocer a Wim Mertens, a Yann Tiersen, Alexandre Desplat o al gran Philip Glass, y descubrí que había piezas minimalistas que podía escuchar una y otra vez sin aburrirme.

Cuando disfrutas tanto con un instrumento, identificas a su compositor aunque no conozcas el tema: imprime su sello único, reconoces su personalidad en las composiciones. Para mí es arte, porque a cada uno de nosotros nos llega de una forma y lo que transmite es difícil de analizar o de poner en palabras, transmite pura emoción.

Ya por el año 2001, en Inglaterra, descubrí a Matt Bellamy de Muse, uno de mis grupos favoritos. Bellamy no solo está en la lista de los mejores 30 guitarristas de todos los tiempos, sino que además compone y toca verdaderas obras maestras al piano.

 

 

He tenido la suerte de disfrutar de Muse, de Glass y de Nyman en concierto, y ahora me gustaría ver a Ludovico Einaudi, otro grande que conocí a través del cine.

Y es que cuando en una buena película aparece un piano, ya sea como parte del argumento o en su banda sonora… me parece que la calidad de la película se eleva al cuadrado y muchas veces acaba pasando a mi lista de favoritas.

Entre ellas están:

El Piano, de Jane Campion

Es obvio, pero me rechifla esta peli.  La combinación de argumento (una mujer muda cuya forma de expresión es su piano y sin el que no concibe la vida), ambientación en el siglo XIX, fantástica fotografía y banda sonora arrebatadora forma un todo redondo y magistral.

 

El velo pintado, de John Curran

Una historia preciosa sobre cómo el roce hace el cariño, sobre un cambio de mentalidad al estar en una realidad diferente y más cruda, y sobre cómo de los errores también se aprenden verdaderas lecciones de vida. La banda sonora cuenta con varios premios.

 

La luz entre los océanos, de Derek Cianfrance.

Una película diferente, con una fotografía maravillosa acompañada por Alexandre Desplat. Un hombre parco y sin motivación tras la guerra, un lobo solitario y herido que se condena a sí mismo a la soledad de un faro en un extremo del mundo, es capaz de resucitar a la vida a través del amor. Pero en esta historia el amor tiene que superar muchos obstáculos.

 

Intocables, de Olivier Nakache y Éric Toledano

Una de esas películas que tienes que guardar como un tesoro y volver a ver de vez en cuando, especialmente cuando estés en una situación que te parezca que te desborda. Un “Qué bello es vivir” contemporáneo desde una perspectiva más realista y con un sentido del humor que te deja en plan bipolar: con la sonrisilla en los labios mientras se te escapa alguna lágrima y se te hace un nudo en la garganta. Muy especial para mí además porque con ella descubrí a Ludovico Einaudi, otro fenómeno a quien no me cansaré de escuchar.

 

Shine, de Scott Hicks

Me encantan las biopics o películas biográficas, en las que nos descubren personajes especiales que no necesariamente tienen que estar en los libros de historia, pero cuyas vidas son reseñables por diferentes motivos.

Geoffrey Rush interpreta magistralmente (tan magistralmente que obtuvo un Óscar por este papel) al que fue niño prodigio David Helfgott (quien aún vive), traumatizado por una dura infancia en una familia judía de origen polaco y que se acabó convirtiendo en un magnífico pianista.

La película es también una buena forma de acercarse a la enfermedad mental del protagonista, y a cómo encontró el amor de otra persona que le supo comprender.

 

Amélie, de Jean-Pierre Jeunet

Una película que tiene magia, humor y un punto surrealista ayudado por un narrador omnisciente y una protagonista que hace pequeños apartes a cámara.  La primera vez que la vi me sentí identificada con Amélie Poulain en bastantes cosas, empezando por esa introducción que con esta sola imagen de golosinas colocadas en los dedos me trasladó a la infancia.

 

Otras bandas sonoras que me encantan son Gattaca y Las Horas (música de Michael Nyman y Philip Glass respectivamente).

¿Y a ti, cuáles han sido las películas con piano o música de piano que te han marcado?

Laura

Foto: Jamille Queiroz en Unsplash

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