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Los tímidos



Gregorio Marañón fue uno de esos médicos españoles que combinaron a la perfección una sólida formación científico-clínica con una vasta cultura humanística, un exponente precoz de eso que aqui he llamado neurocultura.

Gregorio Marañón fue especialista en Endocrinología y sus textos aun son de referencia entre los estudiantes de medicina, pero si le traigo aqui no es a causa de sus creaciones cientificas sino literarias. Me gustaría nombrar de entre ellas dos novelas que son en realidad investigaciones históricas sobre sendos personajes: Tiberio y Amiel.

El primero de ellos fue un Cesar, sucesor de Augusto y a la sazón el gobernante mas poderoso de su tiempo y que vivió en tiempos de Jesucristo. La investigación de Tiberio escarba en su personalidad paranoide y hace de este personaje un pretexto para iluminar las relaciones entre los resentimientos y la paranoia.

Seguramente “Tiberio: historia de un resentimiento” es su novela histórica más importante pero fue con Amiel, un ensayo sobre la timidez que Marañón tuvo su éxito de ventas.

Henri-Friedrich Amiel fue un escrito suizo, poco conocido y de poca monta que escribió un “Diario intimo”, -formato muy en boga en su tiempo-, un texto que le sirve a Marañón para estudiar su personalidad tal y como hiciera Freud con el caso Schreber -al que nunca conoció personalmente-, una interpretación psicogenética de su personalidad en clave muy psicoanalítica.

Amiel fue al parecer un gran tímido y un tipo afeminado, Marañón aprovechó su “diario” para acercarse en clave comprensiva edípica a las causas de aquella timidez. Muy en la linea de su tiempo entiende Marañón que la timidez de Amiel procede de un exagerado apego hacia su madre junto con un miedo exagerado a un padre excesivamenrte severo y distante.

Ciertamente esta configuración parental era muy frecuente en aquella época donde las mujeres tenian pocas oportunidades de hacerse transparentes y era a través de los hijos como lograban trascender roles sociales poco deseables. Pero las causas de la timidez -como todo en la personalidad humana- son más complejas que lo que cuenta Marañón y no siempre vamos a encontrar configuraciones tan claras como la de Amiel que por otra parte no era sólo un timido sino seguramente un melancólico de tipo obsesivo. Sirva este post para apuntar algunas ideas.

Mi intención no es hablar de las ideas de Marañón relativas al caso Amiel sino hacer ciertas reflexiones sobre la timidez, palabra que ha vuelto a ponerse de moda gracias a ciertas noticias psiquiátricas bien recientes: en el DSM-V se considerará ya a “la timidez” como un trastorno de personalidad por sí mismo a pesar de que ya existen al menos dos entidades que se solapan con ella, me refiero al trastorno evitativo de la personalidad y al trastorno de personalidad por dependencia.

Para saber mas sobre la timidez dirijo al lector a este articulo donde se exploran otras condiciones comportamentales relacionadas con la timidez como la ansiedad social y la fobia social.

Pactaremos pues una definición para la timidez: se trata de un malestar que se experimenta en presencia de personas desconocidas (o ajenas al ámbito de lo familiar) y que se caracteriza por una inhibición comportamental y la emergencia de emociones displacenteras como la vergüenza y la vivencia de inadecuación, todo ello relacionado con el temor a ser evaluado o interpelado por estas personas.

Y un corolario: la linea roja que separa la timidez corriente de la timidez de riesgo (aquella que puede llevar a enfermar mentalmente) es el grado o intensidad de las conductas evitativas que se llevan a cabo para eludir la separación de los entornos no-evaluativos y protectores (familia) de aquellos otros (sociales) donde el sujeto no es aceptado incondicionalmente.

La clave pues está precisamente en la socialización, entendiendo a ésta como la progresiva separación y transformación de los vinculos protectores de la familia que generan certidumbres por otros teñidos de rivalidad en la adolescencia donde el individuo ha de ser puesto a prueba a través de relaciones conflictivas, separaciones y ausencia de protección y aceptación universales.

Una viñeta clínico-biográfica.-

Tendria unos diez u once años, a lo sumo doce. En aquella época tenía yo un amigo llamado Vicentín con el que jugaba en su casa o en la mia, el fútbol o el cine eran las distracciones universales y jugar en la calle, cuando aun habia calles.

Vicentin era un tipo pequeño y nervioso, buen estudiante y con alguno que otro tic, hijo de unos amigos de mis padres y de mi misma edad, de manera que nuestra amistad fue en cierto modo determinada por la amistad de nuestros progenitores, lo que sellaría su destino, como el lector apreciará mas abajo.

Un verano invitamos a Vicentin a venir unos dias al pueblo en el que yo pasaba los veranos desde junio hasta septiembre al comenzar el curso. Alli tenia yo intereses distintos a Vicentin, unos amigos y amigas (una pandilla) de gente multicolor que pasaba los veranos alli junto al mar, en una de aquellas aldeas de pescadores que ya no existian salvo para alquilar sus vetustas casonas a veraneantes que como yo se aburrian muy a gusto viviendo al aire libre, entre anguilas, bicicletas, acequias, barcas y paisajes sorollianos.

El caso es que Vicentin no se adaptó bien a aquella situación y comenzó a vomitar todo lo que comía, mi madre le llevo al médico del pueblo pero no hubo solución para él. Sus vómitos se hicieron tan pertinaces y repetitivos que hubo que llamar a los padres de Vicentin para que vinieran a buscarle. Asi sucedió y naturalmente al reintegrarse a su hogar Vicentin dejó de vomitar.

¿Qué le sucedía a Vicentin?

Un ataque agudo de nostalgia, un sentimiento muy similar a la depresión que se caracteriza porque la depresión (de existir) cede en cuanto se reintegran las condiciones iniciales, en cuanto se restituye el statu quo. Sin embargo el cuadro clinico es indistingible de una depresión. Vicentin se añoraba (como solian decir los adultos) y no pudo soportar la separación de su entorno conocido y predecible e integrar una experiencia donde todo era nuevo para él y que no pudo soportar.

Vicentin tuvo un ataque de desubicación, probablemente su nostalgia no estaba determinada por un anhelo de reunión con sus padres sino que este anhelo procedía de su incapacidad para adaptarse al nuevo ambiente y diversificar y transformar sus vinculos parentales o los que mantenía conmigo con otros relacionados con sus iguales. Vicentin no se adaptó a lo nuevo, pues en lo nuevo no encontró su lugar.

Y asi fue que volvió a su campanario en busca de consuelo.

Al empezar el curso noté que Vicentin ya no me buscaba, era como si me tuviera vergüenza, como si yo hubiera sido el testigo de algo innombrable, de un estigma moral por su parte. Vicentin se apartó de mi y nunca volvimos a jugar al fútbol ni ir al cine. Vicentin me dejó solo.

Algo muy frecuente en los tímidos, que prefieren adherirse a lo conocido aun vulgar y repetitivo que adentrarse en los misterios de lo desconocido que siempre es percibido como una amenaza y que además en lugar de coger el toro por los cuernos se desprenden de todo aquello que les recuerde su vergüenza anterior.

¿Qué es lo que Vicentin sentía como una amenaza?

Naturalmente su autoestima habia quedado malherida después de aquel episodio de los vómitos y la consiguiente escapada. El tratamiento que se autoplicó para recuperarla fue abandonarme (repudiarme) a mi que habia sido en cierto modo el causante de aquella humillación. Ya sabe, cuando alguien le abandone considere la opción de que sus logros hieren la autoestima de otros.

Pero lo paradójico de todo esto es que la autoestima herida y la timidez por cierto se curan con logros Y son precisamente los logros los que se encuentran amenazados por la timidez. Timidez y logros forman un bucle diabólico, lo que se conoce en teoria de la información como un bucle sin fin o causalidad circular, donde:

La falta de logros favorece la timidez y la timidez a su vez impide los logros que elevarían la autoestima del timido. O dicho de otra manera: tanto la timidez, como los logros son causas y son efectos.

Y el resultado de los logros es esa forma de orgullo benéfico que llamamos autoestima y que no nos viene dada de serie y aunque en un entorno protector se establezca un precursor precoz del mismo no será hasta después de que el sujeto se mida con sus iguales que se llegue a establecer definitivamente como un molde, una matriz que no dejará de expandirse o colapsar de por vida. Los logros son pues la cura de la timidez.

Pues un logro es aquello que se obtiene en virtud del esfuerzo propio, no es logro el amor de los padres o la valoración de estos que ya viene de serie y sin condiciones. El logro se establece en tensión permanente con los iguales, y para conseguirlos hay que competir, luchar, encontrar un molde de conducta sobre el que sostenerse y no renunciar, no huir, no escapar a la menor contrariedad de aquello que nos resulta insoportable, pues volver atrás no solo impide el logro que hubiera podido alcanzarse sino que impide un futurible alcance de nuevos logros.

Al final el tímido aprende a retirarse y a inhibir su natural tendencia al movimiento y al esfuerzo personal (en el caso anterior social) y suele ser entonces cuando ya se han acumulado todas las defensas imaginables cuando el sujeto es etiquetado como perturbado.

Los tímidos son personas que desean las relaciones pero las temen y precisan de ciertas condiciones para poder relacionarse con soltura con otros, necesitan sentir una aceptación incondicional.

Como tuvieron en su hogar, pues el tímido es -siguiendo el ejemplo que trazé en el post anterior, aquel que eligió la pastilla azul de matrix y seguir en la inconsciencia.

Aunque es cierto que muchos tímidos se las arreglan para obtener logros (ser admirados) al tiempo que se muestran mordaces e incluso hostiles con sus congéneres. No hay que olvidar que la ironía y el humor son disfraces de la agresión y que es además una burla sobre el poder (El poder y la risa). Y es asi como algunos se ganan la vida, muy bien por cierto.

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