Cinemascope

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Libros y cine



Si en mis anteriores entradas he hablado -ademas de una experiencia erótico festiva- de libros y de cine, por separado, en ésta he decidido escribir de lo mismo pero haciendo una rebujina, no sé si me explico.

Y para empezar, así como quien no quiere la cosa, voy a acudir a un clásico topicazo, haciéndolo mío: el que dice que literatura y cine han ido siempre de la mano, no sólo por las innumerables adaptaciones cinematográficas que se han realizado, sino porque –dejando a un lado filmes más o menos experimentales- no hay película sin guion previo, y un guion no deja de ser a su modo expresión literaria. Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Dickens, Tolstoi, Wilde… la lista de escritores cuyas obras se han vertido al cine es inacabable, y, viéndola, podríamos concluir sin temor que el libro será mejor que su adaptación cinematográfica…

¿Seguro?

Antes de meterme de lleno en el berenjenal al que me dirijo quiero hacer un paréntesis para aclarar que aquí estoy utilizando las expresiones “superar” y “mejor” exclusivamente desde un punto de vista subjetivo, relacionándolas directamente con el hecho de que me guste más o menos lo que se me pretende contar, dejando un poquito de lado –no mucho- la calidad de la obra. ¿Cuántas veces hemos oído, o dicho, eso de «pues a mí me ha gustado mucho más el libro que la peli»? A eso me refiero. Soy consciente de que igual estamos ante una comparación imposible, de elementos no homólogos -y por tanto incomparables- por ser radicalmente diferentes el lenguaje y el canal de expresión empleados. Sin embargo el hecho de que exista algo en común, la historia que se nos pretende contar, nos va a abrir la posibilidad de hablar sobre esto. Y ahora cierro paréntesis y continúo. Yo no estoy tan de acuerdo en que un libro forzosamente tenga que superar a su adaptación. Pienso que cuando un director de cine vierte un libro nos está contando, de una manera distinta y en un idioma como dije antes radicalmente diferente, una historia que parte de la ideada por el escritor. No tiene porqué ser forzosamente la misma, como sucede con Master and Commander (Peter Weir, 2003), pero sí que existe un nexo común. Tenemos, pues, dos autores que nos ofrecen un producto similar por cauces diferentes.

Lo que sigue es obvio: lo principal no es tanto el mensaje como el modo en que se expresa. No quiero decir que la historia no tenga importancia: la historia es condición necesaria, sí, condición necesaria pero no suficiente para que deje de ser un mero mensaje y se convierta en arte. Creo que esto se puede entender mejor con el siguiente ejemplo: una rubia entra en mi despacho, me cuenta que alguien la persigue y me contrata para averiguar qué pasa; matan a mi ayudante y al fulano que acosa a la dama, y entretanto aparecen unos cuantos mafiosos interesados en una estatuilla de museo; por fin logro averiguar que uno de los asesinos resulta ser el ayudante del mafioso jefe, que mi cliente es la asesina de mi ayudante y que la joya por la que tantos han matado resulta ser falsa. Acabo de contar El halcón maltés, ¿ya soy Dashiell Hammett?

– Pues no, oiga, usted no es Dashiell Hammett ni se le parece.

– ¿Y John Huston, que dirigió  El halcón maltés en 1941, es Dashiell Hammett?

– Pues tampoco es Dashiell Hammett.

– Pero si lo tres hemos contado lo mismo.

– No, ustedes no han contado exactamente lo mismo, aunque lo crea así. ¿Es que a usted no le importa cómo han contado esa historia que usted dice que es la misma? ¿Usted no percibe el olor a tabaco y a alcohol cuando ve la película o lee el libro? ¿Dónde ha dejado usted esa atmósfera o la ironía que gasta el detective Sam Spade?

– Bueno, quíteme usted del ejemplo y quédese con Huston y Hammett: ¿le han narrado lo mismo? ¿Cuál le ha gustado más?

– No puedo decir que ambos me hayan contado lo mismo, pero sí algo muy parecido, y que lo que me han ofrecido me ha gustado por igual. Sí que puedo asegurar, categóricamente, que ya no concibo a Sam Spade sin la cara y las maneras de Humphrey Bogart, y de eso tiene la culpa John Huston.

En fin. Podrá gustarme más una de las dos historias que me cuentan, y reconozco que en muchas ocasiones es la del escritor, o gustarme ambas, o ninguna de las dos -como me ocurre, y aquí no me extraña que peguéis un respingo en vuestros asientos, con Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) y El corazón de las tinieblas (Jospeh Conrad) pero no creo que pueda afirmar genéricamente que sea mejor la contada por el escritor que la del cineasta.

Dicho esto, habría que entrar en un terreno que puede llegar a ser problemático: el del grado de fidelidad del filme a la obra escrita. Hay quien prefiere las adaptaciones libres a aquéllas más respetuosas con el contenido. Un buen ejemplo de las primeras es Blade Runner (Ridley Scott, 1982) -basada en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?- y de las segundas El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001, 2002 y 2003), sólo por citar películas que me han gustado particularmente. Ya podéis adivinar que no tengo preferencias: me interesa de igual modo tanto la visión particular que el cineasta ofrezca, porque siempre aportará algo más a lo ya leído, como la versión que pueda realizar siguiendo al pie de la letra la obra literaria, aunque sea sólo por la curiosidad de saber cómo ve lo que yo he imaginado.

He citado El Señor de los Anillos por una razón. Normalmente la adaptación fiel parte con algo de desventaja, pues casi siempre habrá mucha más información en la narración escrita que en el filme. Sin embargo esta película creo que es una excepción. La información que nos proporciona el libro es tan inmensa que nuestra imaginación tiene que ser algo más que desbordante para abarcarla toda. Y eso es precisamente el mérito de Peter Jackson: el tipo ha sabido imaginar todo ese universo a veces maravilloso, fantástico, fantasmagórico y en muchas ocasiones agónico que creó Tolkien, y casi siempre sin pérdida. Todo en la película es, para los que nos gusta el Señor de los Anillos, justo como pensábamos que podía ser. Por no decir que está excelentemente contada.

Otra adaptación a la que quiero referirme es El nombre de la Rosa (Jean-Jacques Annaud, 1986). El nombre de la Rosa es precisamente lo contrario, no porque no deje de ser fiel, sino por el uso que hace Jean-Jacques Annaud de lo ofrecido por Umberto Eco. El director supo seleccionar la ingente información contenida en el libro, quedarse con la trama policíaca y, de paso, subrayar la lucha feroz entre la curia papal y la recién creada orden franciscana, intolerancias incluidas. Creo que ahí acertó y le salió una película que (otro respingo en vuestros asientos) me gusta más que el librito.

Ahora podríamos hacernos algunas preguntas alrededor de los límites con los que pueda encontrarse el cineasta sobre el relato que tomó prestado ¿Debe respetar, si no la letra, sí al menos su espíritu? ¿Conserva el escritor algún derecho sobre la historia?

Yo adelanto mi respuesta: creo que el director de cine debe gozar de plena libertad para trabajar esa historia. En primer lugar porque es un artista, y como tal, sólo debe verse sometido a las limitaciones que afectan al arte en general –si es que existen- y a su profesión en particular. Y esos límites del arte más bien los debe poner el espectador y que, en mi caso, se resumen en uno solo, como los diez mandamientos: el buen gusto. Sí, es cierto que esta exigencia es puramente subjetiva, pero si hay un terreno en el que la subjetividad campa a sus anchas ese es en el del arte. Otros pedirán otras cosas. ¿Deberíamos encontrar en el filme algún rasgo que haga reconocible la historia o que guarde una mínima relación con ella? Pues sí, pero eso no es una exigencia externa, sino un límite que el propio cineasta se puso a sí mismo desde el momento en que eligió llevar al cine la obra literaria. Pero además de artista, el cineasta es lector, y el lector tiene pleno derecho a apropiarse de la historia que le cuenta el escritor y hacer con ella lo que le venga en gana, interpretarla como prefiera y poner a los personajes las caras que quiera. Es el propio lector el que tergiversa la historia tan pronto como la asume. El autor, desde el mismo momento en que termina de escribir y tan pronto como encuentra un lector, pierde todo derecho sobre su creación. Está perdido.

Porque, si no fuera así, el pendón desorejao que creó Truman Capote nunca se habría encarnado en la Holly Golightly de Blake Edwards.

Resumiendo: dudo que se pueda afirmar, ni siquiera a priori, que la adaptación cinematográfica de una obra literaria sea siempre inferior a ella. ¿O acaso William Thackeray  escribió este inolvidable e inenarrable juego de seducción que se le ocurrió a Stanley Kubrick?

Gracias por vuestra visita.

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