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Remedios Varo: El arte de existir.



REMEDIOS VARO : EL ARTE DE EXISTIR.

Zoé Valdés.

Tras haber publicado mi novela La cazadora de astros, editada por Plaza Janés en el 2007, inspirada en buena parte en la vida y la obra de Remedios Varo, no he conseguido desprenderme fácilmente de la presencia, digamos que espiritual, de la artista y escritora, y además no lo he deseado. Fueron muchos años de hechizante convivencia con sus escritos, con su vida contada por otros, y con su obra, y con su vida a través de su obra; aún cuando sólo conocía reproducciones de sus cuadros, hasta que pude ver un original en la FIAC, el anual mercado del arte de París, un pequeño cuadro perteneciente al poeta surrealista peruano César Moro.

Lo que me sucedió con la obra de Remedios Varo fue lo siguiente: Desde que vi un primer cuadro, en un libro, me reconocí en ella, reconocí, no a mi persona, reconocí a mi otro yo laberíntico, palpé ajena a mí mis dolores, mis ansiedades, mis vacíos, mis plenitudes, mis recovecos, reconocí en su obra una manera de contar donde la ilusión, el sueño (cuando todavía era el zoeño) y la fábula añaden peso narrativo en la relación entre la obra y el espectador.

Con su pintura describió a la novelista que yo soy, que en aquel momento iría a ser, fue impactante descubrir en sus personajes a los que ya yo empezaba a entretejer, y entonces se me abrió un mundo nuevo de preámbulos a mis sueños y de palabras asentadas en mi recóndito deseo de pesquisas y hallazgos.

Cada cuadro de Remedios Varo cuenta una novela, cada pincelada es una página y cada toquecito de color o de difuminación del color constituye una propuesta poética, y eso rara vez lo consigue un pintor de manera permanente en cada uno de sus cuadros. Es cierto que Remedios Varo empezó escribiendo; ella misma lo contó, dijo que siendo niña componía cuentecillos, poemas, y los escondía debajo de las losetas de la cocina. Ahí empezó probablemente a delinear el arte de sucarnal  existencia, en su pueblo natal, en Anglès, Gerona.

¿Qué pasó después con su vida y con la mía? A grandes distancias en el tiempo ella y yo teníamos y tenemos una misma manera de ver la vida, de concebirla: “no vale la pena vivir la vida sin arte”; lo que resulta muy ambicioso. Eso significa que cada gesto, cada instante de la vida, aún sin consciencia de la existencia de futuro, y desde muy niña, la existencia transcurrirá inmerso en la creación perpetua. La vida se presentará como una extensa partitura musical que habrá que interpretar a través del arte, o como una pieza teatral, o un extenso poema, como una larga secuencia cinematográfica, similar al colorido de un lienzo.

Remedios Varo es sin duda, una de las más grandes pintoras, o sencillamente, una enorme persona surrealista del siglo veinte, pese a eso su obra resulta bastante desconocida. Supe de ella a través de unos amigos, a partir de entonces me dediqué a estudiar su pintura y me fascinó su enigma. Las resonancias de ese misterio poblaron mi escritura. Empecé a identificarme con su vida, leí todos los libros que se habían publicado y comprendí que concebíamos la existencia y el arte de la misma manera: más que unidos, confundidos en una unión compleja y festiva.

Una tarde, en una playa viví el presentimiento de que me rondaba muy de cerca, de que escuchaba y se hacía eco de mis susurros, y aunque sé con claridad que esas visiones forman parte de mi mundo cotidiano, no he querido, como señalé antes, que Remedios Varo desaparezca como lo han hecho personajes de mis otras novelas, una vez terminadas, que se han dispersado demasiado temprano, huyen, y a veces regresan cuando menos los espero para desalentarme o desdibujarme. Yo he querido que Remedios me acompañe como una hermana, o una buena amiga. Ella nació surrealista y me atrajo a su mundo, y no pude menos que rendirme a sus exigencias.

Incluso podría aventurarme y afirmar que escribí La cazadora de astros para que ella no se apartara de mí. Quizás lo haya conseguido, porque en ocasiones voy por la calle, veo algo, y le pregunto mentalmente si a ella le gustaría tal o mas cual escena, si cree que sería un acto digno de ser contado o pintado. Y de buenas a primeras percibo una señal, como si me estuviese contestando a la pregunta. Sí, a eso muchos le llaman locura. Yo lo estoy. Los locos somos cuerdos, decía uno de los más grandes poetas de la lengua española, el cubano José Martí. Pero eso también es surrealismo, soñar en el sueño con paisajes soñados.

A través de la historia de Remedios he podido contar la mía, sin rencores, apasionadamente. En su arte, cada detalle destila pasión. He podido también gracias a ella, escribir con amor, y describir de manera racional lo irracional, y a la inversa: el amor repensado y manoseado.

Yo creo, como Lourdes Andrade y cito su magnífico ensayo, Remedios Varo, las metamorfosis (Círculo de arte, 1996) que “Remedios no vivió una vida, sino muchas, no cumplió un destino, sino múltiples, aquellos de cada uno de los seres fabulosos que pueblan sus telas”; y yo, una vez que conocí esa obra, empecé a desprenderme también de una de sus telas, me sentí un personaje creado por ella, renacida en su ficción, guiada en una especie de “Fenómeno de ingravidez” que es el título de uno de sus cuadros, donde una ventana desenfocada o doble, fuera de eje, se enfrenta a un hombre que parece que teje y al mismo tiempo juguetea con los planetas, desordenando el cosmos.

Dos personas del entorno de la pintora han testimoniado de su fragilidad física, su viudo Walter Gruen, con quien mantuve una breve y amable correspondencia y Lourdes Andradre, sin embargo en esa debilidad se percibe muy bien, siempre a través de sus escritos y de sus personajes, la intención de crear murallas, fortalezas, paredes por las que se puede trepar dada su lúcida carencia o abundancia de perspectiva -dependerá de los requerimientos de la obra-, recovecos, profundidades, donde cobijar reflejos espirituales, secretos. Todo eso nacido, lo pude comprobar personalmente, en su pueblo natal, Anglès.

Después de haber estudiado y bebido en su obra he entendido mejor el surrealismo, su verdadera esencia: la de la libertad absoluta del sueño por encima de toda realidad y verdad, la importancia del discurso estético femenino expuesto con el cuerpo y con la mente, al fragor del psicoanálisis y del automatismo. La vehemencia y plenitud del arte que completan a la mujer como un ser esencialmente surrealista.

No se convierte uno en surrealista, “se nace surrealista”, y cito ahora al pintor cubano, Jorge Camacho, que vivía entre París y El Rocío, cerca de Sevilla. Para Beatriz Varo, la sobrina de la pintora, su tía era un ser de presentimientos, presentida ella misma, creada para la creación y moldeada por el sueño.

Sin embargo, debemos tenerlo claro, cualquier barbaridad no es surrealismo, surrealismo no es absurdo. Surrealismo es la dimensión reflexionada del automatismo y de los sueños. Una mirada a los variados paisajes interiores del subconsciente con la consciencia de la fantasía. Eso aprendí del surrealismo de Remedios Varo, que es un surrealismo muy propio de sus aventuras líricas, íntimo, trágico, y por resultado pleno de un dramatismo telúrico, local y universal, aún o sobre todo siendo profundamente heredado de su ascendencia vasca y andaluza, por la parte de sus padres. Pero sobre todo de su vivencia infantil en un pueblo más poblado por gatos que por personas.

Sus primeros dibujos, sus títulos, de la época del Noucentismo y del Logicofobismo, tenían una carga irónica, incluso divertida, tanto que me arriesgo a afirmar que aprendió de la poesía de su amante, uno de los padres del surrealismo francés junto con André Bretón, Benjamín Péret, en aquella época en que estuvo casada con otro gran artista: Gerardo Lizárraga.

Remedios Varo nació un 16 de diciembre de 1908, en aquel pueblito de Anglés, esto es vital en su simbología de signos, en su tarot existencial, aunque mucho más en su obra. Su padre, ingeniero hidráulico y su madre, ama de casa, católica ferviente, su abuela, ambas dedicadas al bordado y a la costura, como debía de ser en aquellos tiempos la educaron en la resistencia y la exigencia;  tuvo dos hermanos, Luis que murió joven, de tifus, en la guerra, y Rodrigo.  Pero ya antes que ella naciera, había muerto una hermanita, en el momento del parto, a la que llamaron Remedios. De hecho, a ella la bautizaron con este nombre para recordar a su hermana. Este acontecimiento de la pérdida de su hermana, que llevó aunque por breves momentos el nombre que heredaría, la hizo pensar inevitablemente y durante toda su vida en el viaje circular del nacimiento hacia la muerte, y la afluencia de las identidades que también se transforman en ese instante en que los vasos comunicantes entre la realidad y la irrealidad provocan estructuras mentales germinativas, de futuros yoes embrionales alquímicos, fabulosas criaturas surrealistas.

El mundo infantil de Remedios Varo estuvo pleno de viajes y de fascinantes aventuras relacionadas con la variedad de culturas, debido al trabajo de su padre, quien fue un hombre muy amplio de mente y que le dio margen y espacio para que ella estudiara el dibujo y que descubriera el mundo a plenitud, sin embargo, su madre y su abuela la controlaban férrea y celosamente. Pero el mejor de los viajes, el más fecundo, el que veremos y apreciaremos en su obra, fue el que hacía de su casa a la fábrica donde trabajaba su padre, los juegos alrededor de la estación de trenes, y en las calles de Anglès poblada de sombras felinas y fellinescas; todavía hoy lo están.

En su pintura se puede observar todo eso; ella misma se refirió con gran ternura a esa dualidad de aprendizaje en la que se vio envuelta desde muy pequeña. A su padre le agradecía haber aprendido a dibujar desde muy niña, de su abuela y a su madre se había apropiado de la transparencia del hilado, los hilos que tejen o enredan destinos, rumbos como telarañas, efectos en definitiva que con tanta frecuencia aparecen en la meticulosidad de sus trazos, como bordados psíquicos. Pero definitivamente ella es la pintora de la industria. Hace algunos años viajé a Anglés, y pude comprobar que todo está ahí, en aquella antigua fábrica, en las máquinas, en las bolas de hierro, en los carreteles de hilo, las poleas, las vacijas de metal. Lloré ante el taburete que aparece en su obra, solitario en medio de un baldosado en forma de tablero de ajedrez. ¿Cómo había podido esperar tanto tiempo un taburete abandonado en una fábrica para que yo percibiera su existencia en la obra de la pintora? La rueda de Homo Rodans también la encontré en los jardines aledaños a la terminal de trenes, y el palomar que inspiró las torres de sus cuadros, y las torres mismas. Hasta un gato amarillo ronroneaba ovillado encima de un techo oxidado de un automóvil de los años veinte o treinta.

La presencia del tejido es obsesiva en su obra, la suavidad de los hilos, la brusquedad de la manigueta de la tejedora, la espera petrificada en los relojes, la manipulación de la polea, de la palanca, la constancia del trabajo, el alivio liberador del esfuerzo. Remedios fue una niña traviesa, luego una estudiante constante, y finalmente una artista de horizontes infinitos y una mujer libre y esforzada desde muy temprana edad, desde casi la adolescencia, y una trabajadora precoz e insaciable, de lo que resultará el tema perpetuo de su obra: La voluntad.

Dos motivos recurrentes me llamaron la atención desde los inicios, a mi juicio, no sólo el tiempo es circular, el tiempo es representado también por ojos dispersos en las tinieblas, el tiempo que dura el dolor, la hincada, o la punzada. No debemos olvidar que Remedios realizó múltiples trabajos como publicista, ya de adulta, para poder mantenerse, y entre ellos obtuvo la plaza de publicista de la Bayer, dibujando para productos farmacéuticos; durante la realización de ese trabajo el cuerpo, el tiempo, y el dolor ocuparon pasajes muy importantes de su obra, metáforas incandescentes trastornaron los temas de sus cuadros, y no sólo de sus cuadros, también de sus cuentos cortos y de su ensayo Homo Rodans, un verdadero divertimento biológico-surrealista.

Para mí, además hay un tratamiento hexagonal del tiempo, seis lados que se bifurcan desproporcionados, torres góticas agigantadas, reminiscencias de las torres de Anglès, mujeres que tejen destinos, un poeta que cose el tiempo, sujeto al exuberante y extenso sonido del silencio, cobijado bajo pesadas sábanas. El tiempo circula redondo, y se desliza nadando, semejante a un desesperado delfín encerrado en una pecera hexagonal mientras escucha los bramidos lejanos del océano. El otro aspecto o motivo de su obra, inflamada por los sentidos, lo constituye la idea de la materia y de su desplazamiento; la ida o el regreso definitivos de algo esencial, de un núcleo, hacia espacios apacibles o turbulentos, confrontados ambos entre la impasibilidad del ruido o el aleteo de un insecto atrapado en una gota de azogue, o en una burbuja de aceite.

La escritura es la que relaciona al tiempo circular o hexagonal con la materia en continuo ajetreo. Cuando la pequeña Remedios escribe a un comerciante de Madrás para que le envíe una raíz de mandrágora, porque ella necesita asumir la soledad absorbiendo la magia de esa planta, la luz, el color que de ella se destilan, ahí se estrena el verdadero comportamiento surrealista de la artista. Su viaje hacia el eucaliptus que con sus raíces ha roto la piedra tumbal.

Es la razón por la que sus pinturas guardan una profunda coherencia con las cartas que empezó a enviar a los desconocidos, buscando sus nombres en las guías telefónicas mexicanas y escribiéndole cartas absolutamente lunáticas, atrevidas, insensatas quizás para los destinatarios; pero no para ella que creyó en el destino surrealista y que declaró que “a veces escribo como si trazase un boceto”. Ella escalaba de la palabra al dibujo, aferrada a la soga circular o hexagonal de las horas, nudo a nudo ascendía hacia la crisálida, que torpe la recibía intentado abandonar su antigua imagen de mariposa en el azogue enmohecido.

Para describir a Remedios sólo tuve que mirarme dentro, me imaginé que ella se veía como me contemplo yo, en demi-vigilia, que ella había sido como me veo yo, reservada, observadora, con una “pata” en la luna y otra en la tierra, capaz de lanzarse desde una roca hacia el fondo marino en búsqueda de una imagen, aquella donde el delfín arquea voces de un lenguaje seguramente ancestral, perseguido por tibias ensoñaciones.

Apasionada por Julio Verne, como Remedios, yo misma me dedicaba sus libros: “A mi joven lectora, con todo mi aprecio, Julio Verne”. O me tiraba en el suelo a imaginar los latidos del corazón muerto debajo de los tablones en un cuento de Egdar Allan Poe. También a ella le apasionaba Poe.

Después de años de viajes, debido a los compromisos laborales de su padre, Remedios y su familia se instalan en Madrid, hacia 1917, y debe acatar la rudeza de una educación profundamente obediente, sumisa en un colegio de monjas. Fue en ese instante en que se desarrolló su rebeldía, no sólo en la vida, aparece en su pintura, como sucede en el cuadro Hacia la torre, de 1961, las miradas de todas esas muchachas que poseen su rostro se tornan duras, acusatorias.

Por aquella época pinta a su abuela, a su hermano Luis, a su padre. Éste  advierte el inmenso talento de su hija, y pasa tardes con ellas en el museo del Prado, la adolescente se apasiona con Velázquez, con Murillo, con Goya, pero cae rendida ante el pintor holandés Hyeronimus Bosch, El Bosco, el rumor de aquellos monstruosillos, su ferocidad perfecta, la fascinan. Y volverá una y otra vez a estudiar El jardín de las delicias terrenales. Con su padre también se interesó en las matemáticas, lo que se nota en cuadros como El Relojero, cuya casa en la que se inspiró todavía existe en Anglès. A su padre le debe ese conocimiento exacto de la ciencia en armonía con la poesía.

Remedios Varo decide ingresar en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid, allí estará hasta 1924, y en sus aulas asimila la academia, y adquiere una formación esencial para partir hacia otros derroteros que ya ella percibía con transparencia. Se hace amiga del joven artista Gerardo Lizárraga, quien será su primer marido, acude a la Residencia de Estudiantes donde conoce a Dalí, a Lorca, a Buñuel.

En 1929 se va a París, la sigue Lizárraga. Contraerán matrimonio en San Sebastián luego. Vuelven a París y se quedan hasta 1932. El primer exilio fue duro para Remedios, tuvo que acostumbrarse a vivir sin el apoyo y la presencia benéfica de sus padres. El mundo de las vanguardias se abría frente a ella, y prefería experimentar a profundidad la bohemia artística, inmersa en la creación y en las conversaciones filosóficas, que hacer vida de esposa o de ama de casa.

Remedios Varo fue una mujer desprejuiciada para su época. Amó a varios hombres, la mayoría grandes artistas, Esteban Francés, Benjamín Péret con quien parte en un segundo exilio hacia México en plena ocupación nazi de Francia; antes conoce y ama a Víctor Brauner, amigo de Oscar Domínguez, también entabla indestructible amistad con Leonora Carrington, con ella y con otros amigos se reencuentra posteriormente en México, en aquella tierra que tanto amó también consigue amar a otros hombres. Finalmente terminará sus días con Walter Gruen, quien mejor la apoyó en su trabajo. Fue ella también una amiga fiel de Oscar Domínguez, de difícil carácter, y él de ella, se respetaban, se admiraban, se veneraban.

A todos los hombres de su vida fue absolutamente fiel con el recuerdo, con ella todos se amaron en una suerte de paraíso surrealista del amor y de la pasión.

Todo esto es el tema de mi novela, pero también en ella cuento el efecto premonitorio de su obra en su vida, la relación entre los cuadros y los hombres y mujeres que poblaron su existencia llenándola de belleza artística, de profunda amistad antes que se hiciera real, primero en los sueños. La prueba mayor es ése último cuadro titulado Naturaleza muerta resucitando, donde tal pareciera que ella quiso representarse a sí misma como la llama de la vela alrededor de la cual gravita un mundo cósmico; si bien cotidiano, el mantel gira, los objetos vuelan en torno a su luz; a una luz ajena a cualquier otra dimensión que no sea la dimensión poética de la vida.

¿Qué relación podía haber, puede haber, entre ella y yo? Ella vivió dos exilios obligados, nunca pudo regresar a su país, consiguió volver a ver a su madre en países a los que ella podía invitarla. Sobrevivió a dos guerras, la Guerra Civil Española donde murió su hermano Luis y la Ocupación Nazi, no es mi caso.  No lo pongo en duda ni un momento, no comparo mi sufrimiento de exiliada cubana con los duros padecimientos por los que atravesó débil o sonriente. En estos temas las comparaciones resultarán siempre odiosas. Pero Remedios tenía un modo de reaccionar ante las dificultades que quiero yo pensar que es imuy semejante al mío. Nos salvamos inevitablemente a través de un sentido práctico de la supervivencia a través del arte, de mirar de frente a la soledad con reminiscencias oníricas, adelantadas y proyectadas hacia un futuro transformador y objetivamente positivo, fundador de resistencias. Ambas somos resistentes, apasionadas, y ansiamos ser justas, y la literatura hace de nosotras seres tragicómicos, para nada ambiguas en épocas convulsas, más bien peligrosamente transparentes.

Créanme que todavía siento alegría al compararme con ella, como si me hallara al inicio de la estructura de mi novela,  con los ojos fijos en una reproducción de uno de sus cuadros en el catálogo razonado que realizó Walter Gruen posteriormente a su fallecimiento el 8 de octubre de 1963.

Tanto en España como en Francia y en México Remedios conoció la pobreza, y para salir de ella se vio obligada a trabajar en diversos puestos que tenían que ver con la inmediatez de la creación, como publicista, o como dibujante en laboratorios de biología en Venezuela. Sin embargo, jamás dejó de apreciar la pureza de la poesía de Benjamín Péret, la belleza de un trazo en un óleo de Víctor Brauner, y de agradecerle al surrealismo todo lo que le brindó. Nunca abandonó ella misma su obra. El mundo surrealista de París la preparó para afrontar sufrimientos inesperados, los encarcelamientos de Gerardo Lizárraga en un campo de concentración, su propio encarcelamiento del que bien poco se ha hablado porque ella misma jamás quiso tocar el tema de manera ligera, el exilio en México de ella y de Péret. Y otros asuntos privados que sólo pudo afrontar una vez que el tiempo los había patinado con el ocre de sus madura spinceladas.

Muy buenos y talentosos autores han escrito sobre ella. Yo me quedo con una frase de Octavio Paz de un breve ensayo que escribió en la India, luego de enterarse de su muerte: “No pintó el tiempo sino los instantes en que el tiempo reposa…”

No niego que La cazadora de astros, que es un cuadro impresionante, el astro enjaulado, el jamo en la mano, la vestimenta que flota, el personaje de Remedios que avanza en levitación, la incapacidad para explicar el misterio y la seducción que ejercen estas imágenes en mí, es la razón por la que lo escogí para título de la novela. No hay que obviar que Remedios no sólo brindaba títulos fantásticos a sus cuadros; además a la hora de describirlos, concibió verdaderas joyas surrealistas escritas, a las que por supuesto hago referencia en mi novela.

Pero confieso que La visita inesperada es un cuadro que me conmueve particularmente, en él Remedios se pintó sentada a una mesa donde una vela encendida ilumina pobremente la estancia. Remedios se halla semidesnuda, los cabellos revueltos. Se trata de un cuadro bastante rojizo en tonalidades; desde una grieta de la pared, que parece un sexo femenino, emerge el torso desnudo de otra mujer. La mesa está puesta, vestida con mantel blanco, y cubiertos para dos comensales, la otra silla, vacía. De la cortina que queda justo detrás de Remedios, una mano femenina se extiende como a tientas hacia un universo que no le pertenece, como si viniera del pasado, o tal vez del porvenir. Remedios también alarga la de ella, y sin mirarla, sus dedos vibran, apenas se tocan ambas con las yemas de los dedos.

Durante todo este tiempo, he querido imaginar que la visitante inesperada soy yo, y que esa mano que acaricia la de Remedios Varo es la mía.

Muchas gracias.

Conferencia Fundación Botín. Santander, 20 de marzo del 2012.

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