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Dean Koontz, el super-ventas del terror que se convirtió por la alegría del catolicismo



Koontz y su esposa

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Denuncia el horror de la medicina y la ciencia sin ética, y la hipocresía del poder relativista. Los débiles y enfermos suelen ser héroes en sus novelas y el mal es presentado en su fealdad, sin glamur alguno.

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Dean Koontz sabe mucho de terror. Durante cuarenta años ha escrito más 70 novelas de esta temática, sus libros se han traducido a 38 idiomas y vende unos 17 millones de ejemplares al año. Más de 15 de sus títulos han sido trasladados a la pantalla.

A Koontz le gusta la obra del bioético personalista Wesley J. Smith, y al experto en bioética le gustaron las novelas de terror de Koontz. “Los malvados de Koontz son personajes obsesionados consigo mismos, solipsistas, avariciosos y resentidos con la gente que lleva vidas buenas y decentes. Nos enseña a reconocer el mal”, dice Smith.

Contra los médicos locos

Koontz siempre dice que su principal objetivo es entretener como novelista. No busca hacer alta literatura, sino estremecer. Hay muchos elementos sobrenaturales en su terror, pero casi siempre se explican al final con alguna justificación que suene más o menos científica.

En una de sus mejores novelas, “El lugar maldito” (en español desde 2005), unos personajes monstruosamente mutados usan sus poderes con crueldad sobre gente inocente. Pero más monstruoso es el doctor abortista que está detrás, que se ha enriquecido con abortos y experimentos, el frankestein detrás del monstruo. Al final del libro, el doctor se explaya con argumentos utilitaristas a favor de la eliminación de fetos, bebés y débiles en general.

La sabiduría de los débiles

Por contraste, en las novelas de Koontz los enfermos, débiles o niños suelen ser sabios en bondad y humanidad. En “El lugar maldito”, uno de los protagonistas es un chaval con síndrome de down, que demuestra ser una joya de humanidad y bondad y tener dones ocultos a la sociedad. Los discapacitados son frecuentes en sus obras. Una de las asociaciones que Koontz patrocina está especializada en entrenar perros para trabajar con todo tipo de personas con minusvalías.

¿Y cuáles son los monstruos de estas novelas que causan terror? Son fruto de la frialdad, la falta de amor, el interés o malos tratos de los mayores… o de la genética y la ciencia sin ética. Médicos que aceleran la muerte de pacientes para obtener sus órganos, o su sangre, o experimentar con ellos. Terrible como las revistas bioéticas que uno puede leer cada día.

Una infancia dura

Koontz se crió como unitarista (United Church of Christ), una iglesia protestante muy progresista que permite el divorcio, el aborto, las prácticas homosexuales, etc… Su madre le llevaba a la Iglesia y le hablaba de algunos valores positivos.

A menudo ha explicado cómo su infancia fue de lo más disfuncional. Su padre era un sociópata, borracho y violento. Cuando Dean se casó, se alegró de poner 3.000 kilómetros de distancia, pero años después, muerta su madre, alojaron al padre enfermo en su casa durante 14 años. En dos brotes psicóticos intentó asesinarle. En una ocasión, cuando el ya anciano le amenazaba con un cuchillo, sólo le frenó la llegada de dos policías pistola en mano.

La alegría de la fe católica

Su descubrimiento de la fe católica llegó a través de su esposa Gerda, de familia italoamericana. “Me asombraba lo bien que se trataba toda esa gente, su familia italiana, un mundo distinto al que estaba yo acostumbrado. Lo empecé a relacionar con el catolicismo”, explicaba en 2007 en el National Catholic Register.

Fue en sus años universitarios cuando decidió hacerse católico. Era un lector compulsivo y leyó mucho sobre la fe y la cultura católica. “Notaba en el catolicismo lo mismo que Chesterton, una exuberancia, un gozo de vivir. Pienso que mi conversión fue un crecimiento natural. Incluso en los peores momentos de mi infancia yo era irreprimiblemente optimista, siempre encontraba cosas que me llenasen de asombro, maravilla y deleite. La fe católica me explicó por qué siempre me sentí lleno de esperanza”, afirma el novelista.

Sólo lamenta que con el Vaticano II se perdió el latín y otras “costumbres muy antiguas”, pero afirma que “ahora eso está empezando a cambiar y a mejorar”.

No ocultar la maldad

Aunque sus novelas están llenas de cosas horribles, Koontz cree que al final el mal no prevalece, algo que ha visto en su vida, al pasar de una infancia terrible a una vida adulta plena. “Mi vida me ha mostrado que el mal puede ganar a corto plazo, pero nunca vence a la larga”, proclama.

“Como cristiano, creo que es mi tarea escribir libros sobre el mal, porque este reino es de Satán, y él es el príncipe del mundo; está aquí, y está entre nosotros”, afirma el artista.

“Mis villanos son patéticos, nunca glorifico a un villano. No puedo escribir algo como Hannibal, porque ahí hay algo que hace que el villano sea el personaje más glamuroso de la historia. Yo no encuentro glamuroso al mal. No lo verás así en mis libros”.

Pero tampoco tiene sentido ocultar la maldad. “En nuestra vida cotidiana, el mal nos tienta. No hablar de ello, no pensar en ello, me parece que no es un punto de vista cristiano de verdad. Evitar reconocer el mal es produndamente pecaminoso. Nuestra vida tiene un propósito, un sentido, que es enfrentarse al mal, no sucumbir a él”.

A Dios por la belleza

“La espiritualidad siempre ha sido un elemento de mis libros”, declara Koontz. “Si el mundo es solo una máquina compleja y eficiente, la belleza no es necesaria. La belleza, de hecho, es superflua. Por lo tanto, la belleza, al existir, es para nosotros, es un don. Si fuéramos máquinas de carne, sin alma, el instinto de supervivencia es todo lo que necesitaríamos para motivarnos. Los placeres de los sentidos, como el gusto y el olfato, serían superfluos en un mundo sin Dios. Por lo tanto, son regalos para nosotros, evidencia de la gracia divina. Cuanto más viejo me hago, más belleza, maravilla y misterio veo en el mundo, y por eso aparecen más estas tres cosas en mis libros”.

Las sugerencias de la física

Otro tema que refuerza su espiritualidad es su interés por la física cuántica. “Me ha pasado varias veces que he visto en la mecánica cuántica y en la física moderna confirmaciones de descripciones espirituales de cómo funciona el universo. Cuanto más profundizas en el mundo cuántico, más te da la sensación de que lo que se dice sobre ese mundo encaja perfectamente con ideas que te da la fe y la religión sobre la naturaleza del mundo. Me fascina que en la mecánica cuántica, y hasta en la biología molecular encontremos confirmaciones de un universo creado, si estás dispuesto a pensar en ello”.

De hecho, mezcló varias ideas cuánticas y otras artístico-morales en su libro “From the Corner of His Eyes”, donde cada pequeño acto en la vida adquiere una gran significación que reverbera en la vida de los demás de forma impensable. Un amigo lo leyó y le dijo: “Todo este libro está explorando el concepto del cuerpo místico de Cristo”. “Le respondí que así era, pero que casi nadie se había dado cuenta”.

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