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Los Juegos del Hambre



Basada en el primer libro de una trilogía, esta película transcurre en una Norteamérica futura donde la guerra interna ha causado el reordenamiento político del país. Un gobierno central y próspero explota a los demás estados. Parte de la humillación es exigirles un tributo anual de dos jóvenes que deben luchar en un juego de supervivencia televisado en vivo, al estilo de lo que fueran las competencias de Running Man (1987).

La historia sigue a Katniss, una chica que se ofrece voluntaria para salvar a su hermana de la muerte, y cuyo talento como arquera le será de utilidad en la pelea. A pesar de lo que sugiera la premisa, Los Juegos del Hambre no tiene la violencia explícita de Batalla Real (2000), la obra maestra japonesa sobre escolares que se mataban unos a otros en una isla desierta.

Lo que tiene es una historia atractiva y mucho menos boba de lo que parece. El director Ross (Pleasantville) no exhibe momentos de genio, pero mantiene el ritmo y evita que el relato se desvíe hacia la pretensión apocalíptica estilo La Carretera o hacia la melcocha castrante de la saga Crepúsculo.

Incluso se da el espacio para sugerir que el blanco de la sátira no son los reality shows, como indicaría la lectura más superficial. Quien lo explica mejor es el jefe de gobierno (Donald Sutherland), cuando aclara que el objetivo del concurso no es humillar, sino alentar a la gente: “La esperanza es mucho más poderosa que el miedo”.

Desde esa óptica, la competencia en la que Katniss lucha es una ceremonia anual donde la masa tiene la ilusión de participar en una batalla a muerte contra un Poder sin rostro. En Chile, por ejemplo,  los juegos no serían un reality. Serían las movilizaciones sociales.

 

(Publicado originalmente en La Tercera, 22 marzo 2012)

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