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Lo imposible: la experiencia del cine… en el cine



Dirigida por Juan Antonio Bayona. Escrita por Sergio G. Sánchez

Se puede hablar de recursos tramposos, debatir acerca de la exhibición del dolor o echar en falta la sutileza y la profundidad de la emoción más íntima, pero no puedo evitar pensar que serían asuntos un tanto pueriles antes la devastadora eficacia de Lo imposible; debates teóricos frente a una película rotundamente práctica, vertiginosa, arrolladora más allá de algún empalago puntual que echarle en cara.

El mejor estreno de la historia del cine en España cuenta el episodio real (insisten en recordarlo al principio y al final de la película, como respuesta anticipada a nuestra posible incredulidad) de una familia catalana que sobrevivió al devastador tsunami de 2004. Naomi Watts y Ewan McGregor, junto a sus tres hijos, pasan unos días de relax en un paradisiaco resort de la costa tailandesa hasta que la naturaleza (esa cosa tantas veces horrible por mucho que algún ecologista de salón la reduzca a un infinito e inofensivo campo de margaritas) atesta el brutal golpe, la gigantesca ola que arrasará a todos los miembros de la familia, introduciéndoles en una pesadilla, en una dramática búsqueda de sus seres queridos.

Cuando la película empieza nosotros nos vamos con ella. Se escuchan los quejidos de los espectadores ante los golpes de los protagonistas y suspiros ahogados como respuesta a sus pequeñas alegrías en medio de la desgracia. No entendemos lo que supuso el tsunami; lo vivimos. Y cuando todo acaba y las luces se encienden, la gente está llorando, clavada en sus butacas, como venida de otro mundo. Entonces, ¿qué vas a decir? Alguno hablará del travelling como cuestión moral o de Haneke como único Dios verdadero, pero no podrá evitar sentirse un impostor, ya que, seguramente, él también ha viajado con la película y disfrutado la experiencia. Lo imposible  es un blockbuster emocionante diseñado con precisión (y costuras a la vista si consigues alejarte un poco) para agarrar al espectador. Y quien diga que eso es poco no ha entendido el juego ni su dificultad.

La película de Bayona (director de El orfanato; ambas escritas por Sergio G. Sánchez) cuenta además con unos actores extraordinarios. Ewan McGregor está muy bien, con alguna escena realmente milagrosa. Y Naomi Watts… Naomi Watts posiblemente es la mejor actriz americana del cine contemporáneo.  Creo que los dos personajes están bien retratados, así como las diferencias que habitan entre ambos roles. También es inteligente la dosificación del clímax y el juego constante de anticipaciones y trampas para mantener la atención del espectador. Los niños (especialmente el personaje de Lucas, Tom Holland) están, también, a la altura de los mayores.

El problema de la película, conforme avanza, es la sensación de pomposidad vacua, de exceso de blancura, de americano empalago subrayado por un piano de fondo. Temes que en cualquier momento aparezca Mickey Mouse y se una al abrazo. Esa sobrecarga de sentimentalismo para rellenar el globo, a falta de otras sutilezas de mayor calado, rebajan la herida que podría provocar la película y su profundidad, la banalizan. Pero nadie podrá discutir su capacidad para provocar una sensación física en el espectador y, al menos, un primer impacto arrollador y emocionante; un  recordatorio de lo que es el cine en el cine, de su poder para transportarte, inundarte, volarte del sitio.

Ya habrá días más tranquilos.

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