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Mejores películas españolas de la historia. Parte I: Los años 70.



MEJORES PELÍCULAS ESPAÑOLAS DE LA HISTORIA.

Parte I: LOS AÑOS 70.

Esta entrada es un repaso a las mejores películas españolas de los años 70 y sus circunstancias.

El cine de la transición no es necesariamente aquél que se realizó tras la muerte de Franco. En realidad, empezó en el tardofranquismo, a principios de los 70, porque se produjo una cierta relajación de la censura que permitió la aparición de nuevos autores y la regeneración de antiguos. Esto fue debido a que en el ambiente ya se respiraban ciertos “vientos de cambio”. Por tanto, el “cine de la transición” duró casi toda esta década en la que España abandonaba el totalitarismo y se encaminaba hacia una democracia incierta. Se ha tener en cuenta que, precisamente por estar ubicado en mitad de una metamorfosis, se movió en un “gran vacío de poder”. Es decir, no había una ley del cine, como la actual, que subvencionase los filmes, obligándoles a tratar temas muy concretos o a emplear una determinada estética. Era un cine muy independiente en el que los productores se jugaban los cuartos y los autores se movían en un marco de libertad creativa que, desde entonces, nunca se ha vuelto a dar en nuestro país, salvo por contados productores y directores rebeldes de los que hablaré en próximas entradas. Se la conoce como la épocada dorada del cine español. Y, vista así, en perspectiva, puede que realmente lo sea.

El género más prohibido por la extrema derecha, incluso más que el porno, fue indiscutiblemente el realismo. Tenían miedo de que los creadores reflejasen la más ardua cotidianeidad española, como Buñuel en “Las hurdes, tierra sin pan” (1932), y el chiringuito se les fuese al garete. Esas típicas comedias protagonizadas por Alfredo Landa y compañía no mostraban de manera sensata lo que sucedía en el país, pese a estar envueltas por cierto costumbrismo. Al contrario, potenciaban una especie de alucinación pantanosa en la que debías sumergirte a la fuerza. Se esperaba de la apertura que los autores se inclinasen por un realismo envenenado y salvaje como muestra de rechazo hacia las infinitas limitaciones de los años anteriores. Sin embargo, prefirieron el mundo onírico y la parte introspectiva del ser humano. La dictadura fue algo así como un viaje de LSD cuyos efectos empezaban a disminuir. Y encima era imposible convertirse en “otra cosa” de un día para oto. No es extraño que sus protagonistas fuesen niños, dado que la infancia se identificaba con el sueño, o adultos confusos, infantilizados o directamente con complejo de Peter Pan. Por otro lado, muchos se marcharon al pasado para intentar comprender lo que había sucedido, usando la posguerra como escenario recurrente. La conclusión general es que habían estado completamente “encerrados”. La metáfora de la “prisión”, tanto personal como nacional, adoptará diversas formas y será uno de los motores principales de este cine de la transición.

La obra que da comienzo a todo esto es “El espíritu de la colmena” (Víctor Érice, 1973). Es una de las películas españolas más importantes de la historia. O directamente la más importante. Una niña, interpretada por Ana Torrent, descubre el cine, visionando Frankenstein, en un remoto pueblo castellano. Gracias a esto, se da cuenta de que hay todo un universo allá fuera que quiere conocer. Algo que, a priori, le resulta imposible. No dándose por vencido, se encierra en sus fantasías hasta el punto de considerar a un maquis extraviado su propio Frankenstein. Cuando la Guardia Civil lo descubre, se lo carga, dejando en entredicho sus quimeras. Cabreada, se pierde por el bosque, en el que tiene su último delirio, mientras es buscada por la gente de la villa. Finalmente la encuentran al lado de algo así como un monumento cochambroso, símbolo de lo que era en aquel momento la nación, y ella se despierta. Es una de las mejores resoluciones que he visto nunca y goza de una poética cuya delicadeza el cine muy pocas veces ha sido capaz de alcanzar. Eso era la España de dicho momento, una cría que de pronto abría los ojos y no precisamente tras haber dormido de manera placentera. Por otro lado, tenemos a su padre, interpretado por Fernando Fernán Gómez. Es el personaje más claramente encarcelado en la “colmena”. Se ha marchado a dicha villa perdida huyendo de algo que nunca se termina de aclarar y está muy desorientado. Tanto él como su hija, recurren a eso tan ibérico como es el misticismo, el ahuyentarse de lo mundano. Dicho de otro modo: son dos Quijotes modernos.

Algunos de los realizadores que habían empezado en los 60 se adhirieron rápidamente a esta corriente. Es el caso de Carlos Saura; aunque en “El jardín de las delicias” (1970), ya trataba el tema de la memoria. “La prima Angélica”(Carlos Saura, 1973) tiene un argumento muy parecido al de “El espíritu de la colmena”. Pasó a la historia porque los fascistas intentaron volar, mediante bombas, un cine de Balmes donde se exhibía. En aquella época, sentir nostalgia por la República para algunos era  muy ofensivo. A Saura le impactó tanto “El espíritu de la colmena” que intentó emularla en “Cría Cuervos” (1975), hasta el punto de que es la mismísima Ana Torrent quien la protagoniza. “Furtivos” de Borau es otra de las delicatessens de esta generación. Es exactamente lo mismo, pero a lo rural, a lo basto y a lo maño, como el propio cineasta. La jaula está representada por el bosque. Y lo “exterior” por una muchacha conflictiva que se cruza con un cazador analfabeto, sobre el cual gira el relato. La relación entre ambos conseguirá que él ponga en entredicho todo lo que conforma su existencia, ocasionándole no pocos problemas y un enfrentamiento directo con su propio contexto. Este papel lo interpretó brillantemente el valenciano Ovidi Montllor, que fue uno de los cantautores referencia de la Nova Cançò. Otra curiosidad es que la música corrió a cargo de Vainica Doble, una de las formaciones más emblemáticas de este período. Por citar otras películas, “Restos de un naufragio” (Ricardo Franco, 1978) y “Sonámbulos” (Manuel Gutiérrez Aragón, 1978) también son buenos exponentes de lo comentado.

El documental tampoco pudo escaparse de la barahúnda. Prueba de ello es que “El Desencanto” (Jaime Chavarri, 1976) estaba financiado por Elías Querejeta, productor de “El espíritu de la colmena”. Ni una fusión entre Tarantino, Paul Schrader, Charlie Kaufman y Billy Wilder sería capaz de producir unos diálogos tan deslumbrantes como los que nos ofrecen, sin guión, sin premeditación, de manera espontánea, los personajes de esta joyita. Panero fue el poeta del Régimen. Tanto él como su familia eran famosos y un modelo a seguir. Muerto el tirano, Chavarri entrevistó a su mujer y sus hijos, que eran unos freaks. Paradójicamente, el más lúcido de ellos era un drogadicto existencialista que había sido ingresado varias veces en un sanatorio mental. La situación de los Panero viene a decirnos algo muy punk: que España no tendrá futuro, que éste no estará a la altura de las expectativas, que algo ha muerto y lo que está a punto de nacer no será más agradable. “El desencanto”, posiblemente mi favorita de toda esta colección, impactó tantísimo que tuvo una secuela a manos de Ricardo Franco, titulada “Después de tantos años” (1994), para descubrir que había sido de sus “estrellas”.

Arrebato”(1979) de Iván Zulueta es el filme que definitivamente cierra la década y el estilo. Diferenciándose de sus amiguitos, Zulueta se alejó del cine francés en pos del underground norteamericano, ya que la privilegiada situación de su casta le permitió conocerlo; así como experimentar con algo por aquel entonces novedoso, el “vídeo”. En una España completamente gris, un director de serie B se topa con un maniático que, además de ser como el Doctor Jekyll & Mr. Hyde, adolece de un exagerado complejo de Peter Pan. Tanto uno como otro intentarán escapar de la realidad mediante las drogas, las imágenes y el rememorar la niñez. Todo ello en los típicos espacios cerrados y alusivos. Es una cinta completamente enferma. De hecho, tanto Zulueta como Will More, después de ella hicieron más bien poca cosa porque se pasaron cuatro galaxias con la heroína durante el rodaje. Si bien “El espíritu de la colmena” creó escuela y ha gozado de infinitos imitadores, la corrosiva “Arrebato” estuvo ignorada hasta que otro grande, Luís Guerín”, hizo “Tren de sombras” (1997), que trataré cuando lleguemos a los años 90.

El legado de esta gente ha traspasado su propio medio. No quiero finalizar sin nombrar a Luis Durán, un dibujante/guionista de cómics vasco con una personalidad desbordante y unos argumentos similares a los expuestos.

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