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Las invasiones bárbaras de Dennis Arcand



Es una película especial y mis circunstancias con ella también lo son.

La primera vez que la vi me puse enferma de repente, me atacó una gripe intestinal de esas violentas y lo que formé en el baño espero no repetirlo nunca más, o sea, lo pasé fatal, pero, a pesar de eso, me enamoré de ella y formó parte enseguida de mis películas favoritas.

Ahora acabo de volverla a ver en una larguísima travesía de tren de Canadá a Estados Unidos, cuando por fin he conocido un poco de su país de origen y mucho de la ciudad en la que está ambientada, aunque en verdad lo que más sale en ella es un hospital, que afortunadamente no visité y no lo digo solo porque es mejor no pisar nunca un hospital y menos cuando viajas, sino porque la situación de los hospitales en Quebec que refleja la cinta, no es muy halagüeña. Al lado, los nuestros, son hoteles de lujo.

No sé cómo tenía esa visión idílica de ese país tras ver algo así aunque es el calor humano lo importante en la película y ese sobra por todas partes.

No hay muchas películas que se centren en la muerte de esa manera o, por lo menos, la mayoría, son tragedias, te hacen llorar y estar triste, pero esta es diferente. Lloras mucho, muchísimo, te corren las lágrimas por las mejillas en varias ocasiones, pero es una emoción muy profunda la que te recorre, es la vida la que te hace llorar. Con sus miserias y sus cumbres. La vida que tanto ama el protagonista y a la que le gustaría aferrarse. Pero a todos nos llega la hora y hay que dejarse ir.

Hay de todo en ella: el amor, la amistad, el ego y el egoísmo, las relaciones dificultosas y contradictorias entre padres e hijos, la frivolidad, el placer, las drogas, el ambiente académico, las ideologías, la ingenuidad frente al sentido práctico, el sentido del humor, mucho sentido del humor. Es extraño todo lo que te ríes y el optimismo que te infunde la película cuando te está enfrentando a la peor parte de la vida, la del sufrimiento y el final.

El personaje del protagonista es fantástico, una persona llena de defectos pero a la vez, llena de encanto, un gruñón divertido, un buen amigo y mejor compañero de juergas o charlas y un mal marido y padre. Contradictorio y orgulloso de serlo. Una persona muy querida, que recibe muchísimo cariño en sus horas finales.

Y lo curioso es que quien consigue que tenga el mejor de los finales es su hijo y opuesto, al que aparentemente desprecia por no tener curiosidad intelectual sino un increíble sentido práctico. Como magnífico hombre de negocios que es, remueve Roma con Santiago y consigue lo imposible, aparentemente sin grandes esfuerzos, como algo natural. Padre e hijo, que han pasado años enfrentados, que son como el día y la noche pero que se aman inevitablemente y ese amor los acaba uniendo.

Y una hija ausente y lejana físicamente porque navega por lejanos mares siguiendo su pasión, libre, como él le ha enseñado a ser, que aparece solo en dos breves instantes fugaces en la pantalla de un ordenador. Lejos pero tan cerca a la vez. Es de verdad intenso el momento en el que todos los personajes ven juntos ese vídeo que es una despedida definitiva y una declaración de amor. Pensando en él se me vuelven a caer las lágrimas. Es inevitable.

 

Hermosísima e inolvidable película que me ayuda a querer más si cabe a Canadá de lo que ya la quiero tras pasar un periodo de mi vida allí.

Hacía mucho que quería escribir sobre ella pero estaba claro que esperaba el momento adecuado y ahora acaba de llegar.

 

 

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