Cinemascope

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Ligar en subtitulado: ir hoy al cine



Ahora, cuando –paradójicamente- el cine del establishment emigra a la periferia, el otro cine, el de las afueras, brota bajo el foco metropolitano. Resucitan así una estética y un modo de consumir películas que plantean rituales propios y de paso reformulan la química de la butaca como espacio de ligoteo. Muerto Dillinger, la cosa, definitivamente, ha cambiado. Y a ellas, encima, les va la versión original.

Comentan los colegas que ya no funciona lo de llevarte a la chica al cine. Desde luego, no a la manera de antes. Algunos hasta evocan los drive-in, o aquellos autocine que -advierto melancólico- jamás alcanzamos a experimentar, pese a digerir repetidamente cómo Bryan se hacía a Shandy sobre la tapicería de un Buick prestado. Qué fue -sembramos memoria- del acomodador acnéico y la coreografía de la mano de ella junto a la nuestra. De sus leggins, de la ortodoncia. O del reposabrazos compartido; de los domingos y su ‘peli’ náufraga. Qué fue, a todo esto, de la sesión a cien duros. Prehistorias pop o primeras nostalgias según la generación Game Boy.

Difunto, el proyector que amparó la batalla por Tatooine, el látigo preppy del aventurero Indy o el desafío marciano de ese entrañable dedo índice que fue E.T. agota su vigencia sentimental desterrado en polígonos de consumo, macropizzerías, gasolineras espaciales. Suena lejos aquello de llegar al cine a pie. Entre medias, la industria pop-corn saturó las multisalas de mocosos, alucinados nativos del cine de extrarradio, mientras, por si fuera poco, las chicas revisaban melena de modo que diesen el pego en los pases subtitulados.  Para el retrovisor resta el (humanísimo) animal felliniano, que aprendió a pelear la simpatía de ellas cuando los vaqueros repartían plomo en la barraca sioux. O la vida para el cine del Truffaut que quiso ser y fue Doinel (vale al revés); a la medida –por qué no- del turbador Travis Bickle en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), que apostó por invitar a la rubia a una cinta porno. La sociología del cine debe reinventarse a no ser que quiera ser acribillada en el zaguán de una plataforma multimarca. Como a Dillinger, salvando la distancia, un ‘enemigo número uno de América’ al que el FBI dejó fiambre cuando, precisamente, enfilaba (acompañado) la salida del Biograph Cinema Theatre en Chicago.

‘Deep End’ (Jerzy Skolimowski, 1970)

Algo se ha movido de un tiempo a esta parte: no es ya la mercancía sino la tipología de consumo. Conforme el circuito mainstream coloniza el arrabal bajo el sello de la franquicia, la médula metropolitana consiente el florecimiento de una constelación de pequeños exhibidores resuelta a sostener la versión original. La propuesta: tan ecléctica como apartada de la tiranía que zurcen la actualidad y sus audiencias. Selecciones de estrenos, retrospectivas y obras decididamente aparte componen así el programa de una porción de empresarios e instituciones que supo desde siempre que algo de vida (y mercado, por tanto) latía aún en el seno de la maltrecha cinefilia urbana. Hoy especializarse pasa por ser estación inicial hacia la quimera de la supervivencia. Aplicado el cuento, entretanto, (re)nace una contracultura en torno al delicioso gesto de ‘ir al cine’ y sus adictos -auténticos o impostores- afinan otra modulación de lo cool, quizá (más bien) un nuevo maridaje entre la sintonía universitaria posintelectual y las más bizarras corrientes del mapa sociológico. Digamos que el urbanita parlanchín que institucionalizó Woody Allen anda en condiciones de frotarse las manos. Algo parecido viene a sugerir la sabiduría trending topic.

En Madrid algunas paradas se llaman Filmoteca Nacional, Círculo de Bellas Artes, Renoir, Verdi o Golem. De Anton Martín a Chamberí, de Argüelles a Cuatro Caminos, ya no sólo se trata de ver o desenterrar otras voces, otros ámbitos, sino de asumir coordenadas distintas. Y ahí también –claro- entran las chicas. El ‘moderneo’ made in American Apparel y la plaga hipster incorporan la cinefilia, al menos en la práctica, a su mestizo álbum de estilo. Manuales para adentrarse en una estética de pretensión falsamente marginal, yanqui en sus referencias, adulterada desde el voltaje publicitario, demás negocios. Lícita, a fin de cuentas, porque, como escribió Bolaño, todos quieren follar, hasta los que van a morir. Y ahí, y no en otro punto, reside la justificación a tanto. El paisaje universitario recupera –primera base hacia el home run moderno- la literatura beat, el outsiderismo bourgeois según la Nouvelle Vague y el poscine de Quentin Tarantino, Jonze o Anderson para masticarlo todo al ritmo del quejoso indie, y así contarle a ellas lo postmoderno que sabe un ‘frigopié’ si uno se lo merienda frente al catálogo temporal del MOMA.

¿Cabe esperar que la moda agoté sus argumentos? Eso, señalan los gurús, no será hasta dentro de un rato largo. La lección queda al menos bien repasada: conviene reciclarse y sí, retirar el brazo de su espalda, soltar alguna frase de libro. Porque ellas, al loro, siguen llevando las riendas. Y seguirán. A lo suyo.

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