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Mejores películas españolas de la historia. Parte II: Los años 80.



MEJORES PELÍCULAS ESPAÑOLAS DE LA HISTORIA

Parte II: LOS AÑOS 80

Esta entrada es un repaso a las mejores películas españolas de los años 80 y sus circunstancias.

 

 

El cine español de los 70 era demasiado personal y hermético. Y no se excedía en el uso del folclore, con lo cual en ocasiones era difícil ubicarlo. Encima muchos de los creadores pecaban de una realización demasiado “amateur”, demasiado torpe. Con la llegada de los 80 se va a buscar todo lo contrario. Lo primero que se hace es una ley del cine, conocida como “Ley Miró”, ya que la instauró Pilar Miró, una cineasta mediocre, que limitaba considerablemente la creatividad de los autores. Subvencionaba aquellas obras que técnicamente pudiesen competir con el cine europeo y americano. Es decir, se ganó considerablemente en perfección formal, trayendo consigo el auge de las escuelas de cine, entre las que destacaba la ECAM de Madrid. Sin embargo, la temática tenía que interesar a un público amplio para recaudar beneficios, así que constaba de tres géneros preferentes: el histórico, las adaptaciones literarias y la comedia costumbrista. Recibió no pocas reprobaciones porque aplicaba un modelo cerrado que dejaba poca libertad creativa. Iba acorde con lo que estaba sucediendo en los Estados Unidos. Los yuppies regresaron a los grandes estudios y apostaron por, en vez de hacer películas, hacer productos. Especialmente si podían vender merchandising al respecto, que a veces superaba los beneficios de la propia recaudación en taquilla. “Cazafantasmas” (Ivan Reitman, 1984), “Regreso al Futuro” (Robert Zemeckis, 1985) o “En busca del arca perdida” (Steven Spielberg, 1981) son buenos ejemplos de ello. Aunque, personalmente, lo que más me escuece es que dicha ley quisiese que los filmes producidos en España mostrasen una parte culta, a la vez que una potente y reconocible parte  identitaria. En un país tan complejo como España, algo así es completamente… erróneo.

 Hay dos películas determinantes en esta continuación del cine franquista. Una de ellas es “Volver a empezar” (Garci, 1981). Se llevó el óscar a la mejor película de habla no inglesa. Es un azucarado melodrama que nunca te acabas de creer, pese a la estupenda actuación de todo el reparto. Pero gustó mucho fuera de nuestras fronteras, convirtiéndose en referente clave; algo que imitar para sacar tajada. Otra es “Tigres de papel” (Fernando Colomo, 1977), de la que hoy en día nadie se acuerda, pero que en su momento fue un exitazo por resucitar la “comedia madrileña”. Aunque estrenada en los 70, se fijaron en ella porque descubrieron que eran muchos los que estaban acostumbrados al cine de la dictadura y agradecían este tipo de producciones. Y en poco tiempo, llegaron a la conclusión de que la “comedia costumbrista” atraía a las masas por ser entretenida y porque reflejaba nuestros puntos más diferenciales. Pero no es, se mire por donde se mire, “realismo”. De hecho, incluso es un falso costumbrismo constituido por formas y clichés de un sinfín de películas comerciales, cuyas referencias son el vodevil y especialmente el sainete. No es para nada un reflejo de la realidad española. Al contrario, erige otra. Bastante cutre, además. Lo más triste es que acabó institucionalizándose y premiándose por la Academia, la crítica más lameculos y los Goya. Lo más divertido es que provocó que muchos se opusieran radicalmente creando dos extremos: el impuesto y dictatorial y el más rebelde y underground. Actualmente, seguimos exactamente igual.

 Los directores que habían demostrado su maestría y su complejo mundo interior en los 70 tuvieron que adaptarse o quedarse fuera del circuito. Por ejemplo, Gutiérrez Aragón en “Demonios en el jardín” (1982), sigue con la poética de la Transición. Pero de un modo mucho más accesible y descafeinado. Chavarri, responsable de esa obra maestra titulada “El desencanto” (1976), hizo una de las más extrañas de la época, “El río de oro” (1986), que retoma la obsesión por la infancia. Fue un fracaso comercial rotundo. Otros como Gonzalo Suárez en “Epílogo” (1984) o “Remando al viento” (1988) aceptaron las reglas, pero incluyendo disimuladamente su toque personal, tal y como lo hicieron directores como Hitchcock o John Ford en el período del cine clásico norteamericano. Borau, Ricardo Franco y Bigas Luna lo intentaron en el extranjero. Al que mejor le fue curiosamente es a este último, ya que “Renacer” (1981) y “Angustia” (1987) no son ninguna maravilla, aunque se dejan ver. Sin saberlo, este trío calavera estaba inaugurando una tendencia que también sigue vigente en nuestros días: el hecho de marcharse a probar suerte en el exterior con afán de huir de las limitaciones impuestas. Por otro lado, el veterano Fernando Fernán Gómez elaboró “El viaje a ninguna parte” (1986), un perfecto esperpento. De lo mejorcito que dieron estos años sumisos.Víctor Érice regresó unos diez años más tarde, en 1983, con “El Sur”. En principio la película iba a constar de dos partes. Una primera en plan “El espíritu de la colmena”, con recuerdos y paranoias de la infancia. Y una segunda en la que la protagonista viaja a Andalucía para conocer a su hermanastro, del que no sabe nada más que su existencia. Como Érice es algo así como un Fred Neil a la española, se peleó con el productor Querejeta y finalmente sólo se rodó la primera. El director defiende que es una película inconclusa y reniega de ella. El resto de mortales la podemos disfrutar como algo terminado, con su inicio, nudo y desenlace. Genialidad absoluta.

Lo que realmente tenía éxito eran las adaptaciones literarias. Mario Camus en “La Colmena” (1984) de Camilo José Cela y “Los santos inocentes” (1984) de Delibes es quien de manera más sobresaliente supo llevarlas a buen puerto. Con permiso de, cómo no, Chavarri en “Bearn o la sala de las muñecas” (1983), novela de Llorenç Villaronga. Y “Las bicicletas son para el verano” (1984), basada en una obra teatral de Fernando Fernán Gómez, que es bastante simpática. El problema de la mayoría de las adaptaciones fue que, aun cuidando la forma en extremo para poder exportarlas, muchas veces se olvidaban del contenido, del espíritu. Es decir, siendo fieles a los libros, no conseguían transmitir lo mismo ni por asomo. Eran como puros ejercicios artesanales. Algo así como: “Mira mamá, qué bien hago mi trabajo”. Y poco más. A su vez, el cine de acción marcaba los 80 con Stallone y compañía. España se quiso aventurar en sus propias confecciones del género. Claro que, para que te soltasen la pasta, tampoco te podías escapar del costumbrismo. En este caso, creo que el experimento funcionó, con mayor o menor fortuna, porque se utilizaron delincuentes de verdad en los papeles principales y porque, como no disponían de un presupuesto yanqui, estaban pasadas de vueltas para llamar la atención. Además los chavales empleaban el argot callejero, inventándose en ocasiones los diálogos y resultando la mar de creíbles. Quien más supo aprovecharlos fue Eloy de la Iglesia en “Navajeros” (1980), “Colegas” (1982) y “El pico” (1983). Destaco también “Matar al Nani” (Roberto Bodegas, 1988) y un reciclado Carlos Saura en “Deprisa, deprisa” (1980).

Mención aparte merece Almodóvar. Pertenecía al círculo de Iván Zulueta y poco a poco fue infiltrándose en el panorama cinematográfico español. En una entrevista que se le hizo en aquel momento, aseguró que quería olvidarse completamente de la dictadura, diferenciándose de sus colegas, para mirar de frente al futuro. Ante todo, fue un tipo muy inteligente. Sacó tajada de esa corriente posmoderna que aprovecha lo antiguo para conseguir algo completamente inédito; mezclando lo más casposo y característico de la comedia costumbrista, de la cual ironizaba en exceso, con la modernidad más absoluta y el trash de John Waters. Kitsch consciente en una década en la que dicha práctica todavía no estaba de moda. Es la clave de su enorme triunfo. Como de algún modo aceptaba las normas, aunque se las saltaba a su antojo, la Ley Miró no podía eludirlo. Su début como director se produjo en 1980 con “Luci, Luci, Bom y otras chicas del montón”. Es una cinta demasiado amateur y brusca, aunque tiene el puntito de reflejar lo que fue la Movida Madrileña. Tras su estreno se dio cuenta él mismo de que carecía de los conocimientos necesarios para contruir un buen filme. A partir de aquí empezó a estudiar y a colaborar estrechamente con diversos directores de foto, sonidistas, montadores, etc. Quería obtener buenos resultados, que no se le atacase por no tener ni zorra. Lo cierto es que hasta “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” (1984), no alcanzó una clara unidad de estilo y no manejaba bien lo que tenía entre manos. Su obra maestra es “Mujeres al borde de un ataque de nervios” (1988). Desde que apareció en las salas, nunca ha vuelto a rodar algo con ese nivel. Este tipo se vendió tanto en los ochenta como maquinador de comedias surrealistas y horteras que, pasado el tiempo, el público no aceptó su cambio de estilo, su seriedad. Ni tan siquiera la crítica. La madurez que alcanzó durante esta época se vio truncada por una mezcla esquizofrénica de corrientes que no acababa, ni acaba, de cuajar. De hecho, lo mejorcito que ha hecho últimamente es “Volver” (2006), que es un retorno a sus orígenes.

En general, los ochenta, desde un punto de vista cinematográfico, fueron bastante insulsos. Analizándolos, uno inevitablemente le da la razón a los innovadores de la década anterior en eso de que este país está condenado a repetir las mismas equivocaciones del pasado una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Y así hasta el infinito. Da igual que de repente las cosas se hagan como toca porque de algún modo se verán arrastradas por la mierda de siempre. 


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