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Crítica | La invención de Hugo (2011)



La invención de Hugo, Hugo en su título original, está basada en la novela -por llamarla de alguna manera- La invención de Hugo Cabré en la que se mezclaban páginas de dibujos con textos, pero en la que las ilustraciones no cumplían una mera función de acompañamiento sino que relataban la historia en lugar de las palabras para asemejarlo, en palabras de su creador, a una película. De ahí, y de su historia sacó Martin Scorsese -director de Malas Calles y Taxi Driver, por poner unos ejemplos- la película que hoy nos ocupa y que ha sido nominada a 11 Oscar de la Academia de Cine americana.

Cartel de la película

Cuando uno se planta en el cine para ver una película de Scorsese protagonizada por un niño huérfano que corre aventuras en una estación de tren debe tener varias cosas claras: La primera es que el director sabe lo que se hace -como casi siempre- aunque en un principio se pueda pensar que se está metiendo en camisa de once varas al hacer una película tan alejada de su estilo. La segunda que es una película maravillosa a muchos niveles -y punto- y la tercera que la aventura de Hugo Cabré no es más que un añadido o excusa para contar algo mucho más importante. Lo que Brian Selznick en su “novela” y Scorsese en su película pretenden contar no es ni más ni menos que su amor al cine. Ahí radica toda la historia y toda su belleza. Hugo es un poco el McGuffin para que Scorsese nos cuente la historia de los orígenes del séptimo arte, con George Méliès y el cine como verdaderos protgonistas de toda la historia.

Pero no adelantemos acontecimientos: La película se inicia con el pobre Hugo (Asa Butterfield), un infante que vive en las tripas de la estación de Montparnasse en París en lo que parecen ser los años 40 y se encarga de poner los relojes de la estación en hora. Desgraciadamente no tiene dinero y se ve obligado a robar para sobrevivir y a huir del cruel inspector de la estación (Sacha Baron Cohen) que tiene una fijación por capturar huérfanos pobres y mandarlos al orfanato. Pronto descubrimos los motivos de la soledad de Hugo, y su único recuerdo de su padre relojero: un autómata estropeado que intentaron arreglar. Para cumplir el sueño de su padre Hugo debe robarle las piezas a un huraño vendedor de juguetes (Ben Kingsley) con el que tendrá más de un desencuentro en la película.

Hugo y el autómata

Ese hombre es ni más ni menos que George Méliès, uno de los directores más importantes en los primeros años del cine -aunque no entra en el grupúsculo de gente que pelea por ser el creador del cine como pueden ser Lumiere, Le Prince, Edison o Skladanowsky- ya que fue de los primeros en no limitarse a documentar momentos del día a día o contar historias normales, sino que creaba mundos y utilizaba efectos especiales que aprendió en su etapa como alumno de Houdini para dar a sus películas un toque onírico. Tras arruinarse al acabar la Gran Guerra se desligó completamente del mundo del cine y abrió esa tienda que vemos en la película.

El auténtico George Méliès en su tienda

El George Méliès de la película en su tienda

Pero es ahí donde está la verdadera historia de Hugo. En el cine, en el amor al cine, en la historia del cine. Scorsese aprovecha para mostrarnos como era el cine en otros tiempos, a zambullirnos en la magia de un arte en sus primeros pasos y a entender la importancia de éste. La película pasa de la narración convencional a mezclares con lecciones de historia -del cine- pero sin perderse en la aventura que nos está contando. Hugo sigue siendo el protagonista de la aventura pero ya no vemos la historia sólo desde sus ojos, sino desde los ojos de Méliès y del cine en general.

Honestamente creo que para mucha gente la película no pasará de ser un entretenimiento bonito, pero su profundidad es mucho más apreciable si se es consciente de todos los registros que tiene. Ya no solo en el hecho de que aparezca un personaje real como Méliès o que la historia de Hugo tenga un aire tan Dickens, sino en muchos otros de los personajes -como el de Sacha Baron Cohen-, que muestran un fino homenaje a los humoristas del cine mudo como Buster Keaton o Harold Lloyd que se puede apreciar en la primera persecución en la que se ve envuelto el inspector de la estación, o el hecho de que sea un personaje más profundo de lo que puede aparentar al pirncipio también, algo que buscaban mucho los humoristas mudos.

El incansable inspector de la estación persiguiendo a Hugo

Lo cierto es que salí del cine fascinado, y eso que -desgraciadamente- no la vi en 3d que es como se supone que se tiene que ver -si, ésta si-. Es una película magnífica y creo que firme candidata a competir con The Artist por el Oscar a la Mejor Película, al contrario que el resto de films nominados -a falta de ver Caballo de batalla; Criadas y señoras y Tan fuerte, tan cerca que ya llegarán-.

Finalmente y como regalito, la película más famosa de Méliès -todos hemos visto al menos una escena de ella seguro-:

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