Cinemascope

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Estados Carenciales Vol.4.



Un día alguien me dijo que “en el mundo hay demasiada gente pero pocas personas.”

Esto quiere decir que alrededor de una vida que puedas gastar o malgastar, invertir o revertir, en los vericuetos raíles que vamos alcanzando con los vagones de nuestro ferrocarril, numerosos individuos van subiendo o apeándose en cada estación en que nuestro destino atina a detenerse. Mucha gente que sin pena ni gloria, con su impávida brisa te acompaña. Son anónimas vidas que sin salpicarte con nada, en nada hacen girar tu pequeño universo.

Otras, sin embargo, en ese invisible halo que desprenden y en el mismo tiempo, trazan en ti nuevas perspectivas e incitantes rumbos, inventan crucigramas que alimentan la curiosidad, sugestionan las paredes de tu alma enyesando tus dudas, erigiendo tu esperanza, descorchando cortinas antes invisibles. Para ti eran gentes con rostros desdibujados y grises antes de subir a tu tren y ahora son personas con todo tipo de detalles, matices y tonalidades.

En este corto o largo trecho en que nos movemos donde siempre hemos de agitarnos sin inercia, en el que tenemos que sacudirnos a pesar de nuestras uñas, hay personas que nos acompañan en todas nuestras estaciones, que no quieren bajarse o se lo impedimos delicadamente y que junto a ti, dibujan las veredas, comparten los caminos, ensamblan los raíles, construyen tu mirada… No importa el tiempo que acompañen, si este se ensancha o se condensa, da igual que haya sido en un segundo o durante una vida entera; lo que importa es el momento en que su corazón y el tuyo se acuna en el mismo compás que marca el “tic –tac” de ambos, que no se presiente porque se siente, y que no se intuye porque ya es demasiado tarde.

Si te pones a pensar en todas aquellas personas que han sido o son, ingenieros de tales efectos, proyectaras toda tu vida en acústicas fotografías y apreciaras el sentido que has dejado darle a toda tu película, porque en nuestra voluntad de permitir y de dar se esconde este secreto siempre compartido. ¡Quién sabe si se volverán a subir todos ellos en mi carruaje!, si bien es difícil, nadie puede adivinarlo, y menos teniendo presente los tornadizos caprichos del destino. No lo sé, pero lo asumo como una victoria, porque ellos, todos y todas, aguardan, en un asiento sobre mi corazón, a que el revisor vuelva a gritar : – “¡viajeros al treeeen!”.

Dentro de mi, guardo un hotel donde no existen suites presidenciales porque en todas se hallan las mismas comodidades, los mismos afectos pintados de diversos colores, y de esta manera, abrazando mi corazón en espiral, se van situando y me van cercando con su calor.

“Inspira profundamente y la vida ahora le parece tan sencilla y transparente que un arrebato de amor, parecido a un deseo de ayudar a toda la humanidad, la empapa de golpe”. AMELIE Poulan:

“Mister T”.

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