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Una mirada cinéfila fascinante: Shame, de Steve McQueen



¿Qué tendrá el éxito que provoca tanta admiración? Una persona con éxito siempre nos transmite la sensación de tener una vida perfecta, extraordinaria, sin problemas, sin sombras… Y de repente, Steve McQueen nos presenta a este fascinante personaje interpretado por un extraordinario Michael Fassbender: Brandon. Brandon es un exitoso treintañero que vive en Nueva York al que parece irle todo de maravilla. De la misma manera que hay quien para romper la rutina y distraerse sale de fiesta los viernes o se va al gimnasio a producir endorfinas, Brandon tiene su forma de escapar de la rutina… y de algo más: el sexo. Una distracción como otra cualquiera. Pero el orden de las cosas que necesita Brandon para mantenerse a flote se ve truncado por la aparición de Sissy, su hermana. Poco a poco se irá viendo que ambos hermanos son dos caras de la misma moneda; una moneda que ha sufrido y que lucha por no sentir, porque a veces sentir es demasiado doloroso.

Si una cosa ha demostrado Steve McQueen es que sabe dominar a la perfección los silencios y el lenguaje no verbal. Durante los primeros minutos de Shame nos encontramos ante una serie de imágenes que van mostrándonos la vida de Brandon, incluso su forma de ser. Y durante esos minutos no necesitamos nada más. No hace falta hablar, ni decir nada: lo vemos a través de los cuadros que crea McQueen y que tan bien interpreta Michael Fassbender. Una sola mirada de ese Brandon que ha sabido bordar a la perfección, y la pantalla se llena. Se llena de su fuerza y a la vez de su necesidad, de esa vulnerabilidad que se oculta tras esa fachada tan bien construida por sí mismo.

De una forma sencilla, encadenando un bucle de rutinas, vemos el orden que necesita Brandon para sobrevivir (cada mañana hace el mismo recorrido por la casa) y también vemos algunas de las maneras que tiene para encontrar esa vía de escape en que se ha convertido el sexo para él: ligues en los trenes, prostitutas, internet… Un catálogo diverso en el que desfogarse, en el que perderse, en el que vaciarse… Y entonces, como un torbellino de caos, llega Sissy, su hermana, una mujer que intenta no mostrar la tristeza que la habita y que lleva dibujada en las muñecas. El encontronazo entre ambos hermanos los llevará a encontrarse de bruces con su vulnerabilidad, con su vergüenza, con su incapacidad de aceptarse y aceptar lo que llevan dentro. Cada uno de ellos sabe cómo evitar el sufrimiento, pero cuando chocan con él, sólo hay una manera de combatirlo: vaciarse.

La bajada al infierno que muestra Shame es de una carnalidad apabullante. Y no lo digo por la imagen de la carne humana que transita por las imagenes del film, sino por lo real, por lo palpable que resulta. La imagen desnuda de Brandon y de las personas con las que se cruza es una forma sincera de mostrar lo que somos, sin maquillaje, sin fachadas, sin mentiras. Es también una forma de golpear al espectador con una realidad que sin carecer de estética, se aleja de las cabriolas imposibles en las que se convierte el sexo en el cine. La visceralidad que usa McQueen no busca escandalizar por su cercanía, sino que pretende mostrar que somos eso: somos cuerpo, somos carne, que tenemos una esencia interna (si se quiere llamar alma, se puede llamar así), pero que seguimos siendo eso. Y que no hay vergüenza en ello. Entonces, ¿dónde radica la vergüenza del título? ¿En los ojos de los otros? ¿En la momentanea certeza de que estamos huyendo, que nos estamos escondiendo?

El hecho de escoger Nueva York como ciudad en la que ocurre la acción tampoco parece aleatoria. Por un lado, se puede hacer un paralelismo con la serie Sexo en Nueva York, una parodia sobre el sexo si se compara con la manera en que se trata dicho tema en Shame. Pero además, Nueva York representa esa ciudad imagen, fachada, llena de matices, pero que juega a ser un icono en concreto, una representación del éxito que puede tener en sus calles lo mejor y lo peor del ser humano. Brandon es una prolongación de esa representación, aunque a diferencia de la ciudad, Brandon necesita vaciarse, dejar de sentir para poder seguir a flote.

Tanto Sissy como Brandon parecen condenados a no saber amar, a no dejarse amar. Cada uno a su manera, cada uno con su personal vergüenza: avergonzados de ser como son, de necesitar lo que necesitan y de no poder luchar contra ello, de tener esa facilidad para perderse en la oscuridad… La adicción del sexo de Brandon o la adicción de Sissy a autodestruirse (ambas como cualquier otra adicción, pero más viscerales en este caso) son maneras de mostrar ese camino al vacío, al infierno de verse a uno mismo y no soportarlo, de no ser capaz de aguantar lo que se lleva dentro y de volcarse en una carrera para huir de la propia persona, vaciarse para ser únicamente cuerpo y dejar, por unos instantes, de existir.

Una brillante película con una extraordinaria interpretación (tanto la realizada por Michaler Fassbender como por Carey Mulligan) que no dejará indiferente al espectador y que muestra que, con pocas palabras, se puede decir mucho.

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