Cinemascope

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Boletín Se dice Cubano No. 23: Historia y Medios audiovisuales



 

Introducción

 

Historia y Medios Audiovisuales, panel realizado como parte del espacio Dialogar, dialogar de la AHS en la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, 22 de marzo de 2017/ Palabras de Paquita de Armas Fonseca

 

Palabras de Roly Peña/

 

Palabras de Javier Gómez Sánchez/

 

Palabras de Fabio Fernández Batista/

 

Historia y medios audiovisuales. Una mirada desde Cuba/ René González Barrios

 

La historia a través del audiovisual/ Rolando Pérez Betancourt

 

Introducción

 

El 22 de marzo, el espacio Dialogar, dialogar, de la AHS se trasladó hasta el Teatro Manuel Sanguily de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, para debatir acerca de un tema de gran importancia en la Cuba de hoy: la historia y su expresión en los medios audiovisuales. El panel estuvo integrado por Paquita de Armas Fonseca, periodista cubana especializada en temas culturales, Roly Peña, actor y realizador audiovisual, conocido por sus éxitos como director de la serie Duaba y otros materiales de corte histórico, Javier Gómez Sánchez, codirector de la recién estrenada serie LCB y Fabio Fernández Batista, profesor de Historia de Cuba. Hemos recuperado las transcripciones de sus intervenciones para el boletín Se Dice Cubano. También sobre el mismo tema incorporamos en este número un texto de René González Barrios, Presidente del Instituto de Historia de Cuba y del destacado periodista Rolando Pérez Betancourt.

 

Historia y Medios Audiovisuales

 

(Panel realizado como parte del espacio Dialogar, dialogar  de la AHS en la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, 22 de marzo de 2017)

 

Palabras de Paquita de Armas Fonseca

 

Yo soy de Oriente, específicamente de Holguín, y allá, en mis primeros años como periodista, conocí a una mujer que fue esclava en su niñez y que conoció a Maceo. Y en la descripción que ella me hizo de Maceo –era una mujer casi centenaria –, me habló de un hombre precioso, un hombre que llegó a un baile de campo y se abrió una fila porque había llegado aquel mulato que subyugó a todas las muchachas que estaban allí, y que los hombres lo respetaban por su valentía y valor, y por ser Maceo aquel hombre guapo.

Esto no está en el filme Baraguá. Baraguá tal vez como documental se puede analizar, de todas maneras le aconsejo a los jóvenes que la vean porque desde el punto de vista histórico es válido, pero no subyuga.

Hay otra película –voy a poner cinco ejemplos nada más–: El hombre de Maisinicú. La han puesto muchas veces en el cine, no sé si la han visto. El hombre de Maisinicú está basada en una historia real, la historia de un agente precisamente infiltrado en la lucha contra bandidos, magistralmente interpretado por Sergio Corrieri, también con una excelente actuación de Reinaldo Miravalles y dirigido por Manuel Pérez.

Esta película ubica al Escambray en su época. Si no me equivoco, fue hecha en 1986, por ahí.

Hay otro fieme más reciente, que deben haber visto, que es El ojo del canario, sobre José Martí. Su guionista y director es Fernando Pérez. Es sobre Martí niño y adolescente, una muestra espléndida de cuando se unen estética, valores éticos y buen uso de la tecnología. Ahí la luz está bien, la ambientación es de primera, el sonido impecable, la música, todo, en función de contar una historia para acercarnos a ese hombre que todo el mundo habla de él: Martí.

Fernando ha dicho varias veces en las entrevistas que le hicieron: es el Martí que él se imagina de niño y de adolescente, porque nadie a esta altura de la vida puede decir que Martí fue exactamente así; pero por los escritos se supone que algo hay de cierto en esa historia.

Estas son las películas de las que más o menos quería apuntar como referencia.

En documentales, Santiago Álvarez es el gran orfebre del cine cubano y el que mejor ha reflejado la historia, con honradas excepciones para confirmar la regla. Él tiene documentales de Cuba y de Viet Nam, que son verdaderas joyas.

Tiene una obra, Mi hermano Fidel, que es de un hombre que conoció a Martí y luego conoció a Fidel. Santiago Álvarez logró colocar a Fidel en el contexto de donde este hombre había conocido a Martí, y es un documental que valiera la pena que lo vean porque está impecablemente bien hecho.

Hay otro, Girón, de Miguel Torres, que es una  historia para tener en cuenta, cómo está contada.

Pero ahora vamos para la parte de acá.

Aquí yo tengo a este hombre, que es el director de Dos Ríos, el enigma. El guion lo hizo Eduardo Vázquez. Roly logró, en ese docudrama –prefiero plantearlo así–, dar en audiovisual la historia de un momento muy difícil de la historia de Cuba, y lo hizo de una manera inteligente, osada para el momento en que lo hizo. Eduardo fue su guionista y su asesor.

Tiene otra serie, que es Duaba, la odisea del honor, que él no me dejará mentir, cuando fuimos a la premier, yo estaba sentada al lado de él, y yo veo a aquel mulato esplendoroso que hacía a Maceo, hice así y le apreté el brazo, y le dije: “Ese sí es Maceo.”

Lo escogió (para que ustedes vean lo que es el audiovisual) no entre actores; buscó un oficial de las FAR que se parecía a Maceo. Como no se trata de una obra de ficción sino de una serie docudrama, pudo hacer eso. La ficción en Duaba está en aspectos escogidos por Roly, y que los ficcionó como si cuando se empezó a filmar la serie se recordaran momentos específicos de la época del Siglo XIX.

Es una proposición más reciente. Les sugiero que la vean.

En series televisivas, voy a dar marcha atrás para que me entiendan por qué voy a hablar de esta otra. Bueno, la han repetido tantas veces que la deben haber visto: En silencio ha tenido que ser. En silencio es una obra con mucho de ficción, pero los personajes principales están hechos a partir de la realidad. Están muy bien creados. Esa serie sentó a este país en el momento en que se transmitió la primera temporada, rápidamente hubo que hacer otra.

De ella nació otra, Julito el pescador, que es exactamente la historia de un agente, y que está muy bien hecha también. Cuando digo muy bien hecha, es que el director logró buena fotografía, buen guion, buen sonido.

De esas dos, los guionistas fundamentales fueron El Cojo Vidal y Nidia Rodríguez, el director fue Chucho Cabrera, uno de los mejores directores de televisión.

¿Qué pasa? ¿Por qué nombro esa serie? Porque la última serie policiaca cubana… Tras la huella para mí, no existe, no la miro, no me interesa. Tras la huella es el tiempo que yo cojo para ver en Multivisión otras cosas, porque hasta ahora no ha cambiado en diez años, y no me interesa verla.

Salto a UNO. ¿Por qué UNO? Porque el mayor Alex de UNO es un poco lo que fue David en En silencio, pero de otra manera; es decir, David era el agente infiltrado, Alex es el oficial de la Policía que trabaja. Es un hombre atractivo. Roly no lo buscó porque a él le gustaran sus ojos bellos, pero él sabe como director que tenía que poner a Carlitos en ese papel, o a uno parecido, para que fuera atractivo, porque este es un oficial de la Policía atractivo, seductor, que se mete con sus compañeras, que hace bromas con los otros, que a veces es un poco irreverente con los jefes; es decir, es un policía creíble, como el resto de los personajes de UNO son policías creíbles, con conflictos, con problemas en sus casas, en sus trabajos, entre ellos.

Si tú llevas a la televisión la historia y la pones sin matices, sin los matices que llenan la vida cotidiana de cualquier ser humano, no logras una teleaudiencia, por lo menos una teleaudiencia que te recuerde.

Y por último, voy a hablar de LCB, la otra guerra, la serie que se está pasando los sábados. Si van a salir de parranda, grábenla; en casi todos los televisores se puede grabar y después la ven, pero no la dejen de ver.

La otra guerra es sobre la lucha contra bandidos. Hacía mucho tiempo que en Cuba no se tocaba ese tema, creo que desde lo que hizo Manolito Pérez en los ’80. Es una serie con una fotografía impecable, espléndida, con una puesta en escena espectacular, una actuación coral, aunque en esa actuación coral van a encontrar a Doimeadiós, uno de los mejores actores cubanos por lo camaleónico que es, y a Fernando Hechavarría, que está muy bien.

Hay varios actores que también tienen papeles protagónicos, pero hablo de ellos dos porque son un poco los centros que se mueven en la serie, por lo menos en los tres capítulos que ya yo vi. Yo creo que La otra guerra muestra lo que sí se puede hacer; es decir, que la historia puede llegar a la televisión, a los medios audiovisuales, de una manera bella, coherente, melodramática por momentos; porque, cuando en la televisión a ti no se te aprieta el corazón, hay algo que no funciona; si tú ves la televisión y hay algo que no te motiva por lo menos a decir: qué basura es eso, o qué bueno…se filmó por gusto. Algo te tiene que tocar aquí, en el medio del pecho, la televisión tiene que tocar las fibras de uno.

Entonces, bueno, la buena noticia es que este señor que está aquí, que ha hecho esas dos obras de las que les he hablado, al fin está viendo un sueño, que es una productora, a la que le ha llamado Patria. Y que hable de lo que le dé la gana, pero le ruego que hable de Patria porque para ustedes va a ser importante.

 

Palabras de Roly Peña

 

Lo primero es que estamos hablando de historia en los medios, pero me gustaría empezar diciendo que la primera palabra es historia, y analizar un poquito en qué situación veo yo la historia, o la vemos, a partir de investigaciones, con relación a cómo contamos la historia, qué está pasando con la historia en la escuela, en la calle, en la prensa, en los medios de comunicación, en todo.

Yo creo que la historia pasa por un momento de una gran crisis en su conocimiento y en cuanto a su gusto. Aquí hablamos de Dos Ríos, el enigma. Dos Ríos, el enigma, fueron las últimas 24 horas de Martí, y tuvimos como propuesta hacer un tema tan complicado, del cual se había especulado tanto, incluso de cómo murió, si fue culpa de Gómez, cómo fue la batalla, una serie de sucesos que no estaban claros, o estaban chismeados, o estaban opinados, pero, como todos sabemos, para hablar de la historia, de un hecho histórico o un juicio, lo que se especula no es la verdad, la verdad es lo que se puede afirmar. Y ese fue el objetivo de Dos Ríos, el enigma, esas últimas 24 horas. Además, todo lo teníamos probado, o sea, los hechos, los gestos, las acciones, tanto de combates como de algunos de los movimientos de los personajes, y a partir de ahí –recuerdo– nosotros hicimos con el profesor Marchante, en la Fragua, un encuentro con estudiantes universitarios, y pusimos el documental.

El objetivo nuestro era ver si la forma, o el discurso que estábamos empleando, era factible para el nuevo lenguaje que se imponía en la televisión, conociendo que hoy no estamos en los años ’70, donde la única televisión que se veía era la cubana, o las películas soviéticas que nos daban, y hoy la gente tiene todo tipo de acceso a todo tipo de programación, sea por discos, sea por paquetes, sea por Internet; hay millones de maneras. Y el lenguaje de los jóvenes hoy es bastante democrático, pero también tiene un gusto bastante amplio. Queríamos probar eso.

Pero lo más triste es que lo probamos y nos dio resultado, o sea, el público aceptó la forma en que se lo contamos, agradeció incluso la forma en que lo contamos; pero allí nos enteramos incluso de que a nivel de la Universidad se le puso el cuño a un criterio que teníamos por investigación hecha incluso por el Ministerio de Educación y por otras agencias de investigación que nos daban que la historia estaba en crisis en cuanto al gusto del estudiantado o de la población. Y es que para un Vicepresidente de la FEU y nos comenta en ese momento, que estaban haciendo las investigaciones pre-congreso, y que había una demanda estudiantil de quitar la asignatura de Historia en la Universidad.

Ahora, la pregunta que nos surgió allí fue: ¿de quién es la culpa? Si esencialmente echamos culpa y no descubrimos de quién es la culpa, la conclusión es que la culpa es de todos nosotros, ¡de todos nosotros!

Cuando digo de todos nosotros me refiero a los profesores, a los comunicadores, a los que contamos la historia, a los periodistas, porque todo está en que la historia tuvo un ente politizado delante de la propia historia, esto lo dio la investigación. Incluso, hemos visto discursos de políticos, de sociólogos, de oportunistas, donde dicen hasta frases que han sido utilizadas o dichas por algún personaje histórico y no saben de dónde salió la frase, o no se ha explicado el porqué de la frase, y le hemos cogido miedo a explicar nuestra historia.

Estas fueron las conclusiones a las que llegamos, y a partir de ahí entonces se decidió hacer Duaba.

Llama la atención, como decía Paquita, que los personajes de nosotros son tres D, o sea son seres humanos, los bajamos del pedestal; pero es que en principio no podemos enamorar el conocimiento de algo sino vemos todas las partes de ese algo. Y uno de los problemas que descubrimos en la historia nuestra es que no olvidemos que estábamos arrastrando la forma de contar la historia de los años ’70, en que, repito, teníamos un mundo bastante cerrado, un mundo donde había una sola forma de ver las cosas y quizás una sola forma de contar las cosas; pero hoy no es así, hoy todo tiene un cubo, con varias caras, y es importante entonces, a partir de ahí, contar la historia.

Esto provocó que quisiéramos crear la Productora de Audiovisuales Históricos, Patria, con el objetivo de tener una política bien definida de qué hacer con la historia y aunar esfuerzos de todos, tanto de periodistas, como de artistas, como de comunicadores, como de profesores, en qué íbamos a hacer con la historia, y científicamente determinar cómo debemos contar la historia, porque todo es un discurso: la prensa es un discurso, un libro es un discurso, la televisión es un discurso, el audiovisual es un discurso, un político es un discurso. Lo que pasa es que podemos notar que no nos damos cuenta de cómo contar la historia de Cuba, cada uno la cuenta a su manera y, sobre todo, hay mucho miedo a contar la historia verdadera.

Y todos queremos a nuestras madres, y si estudiamos bien a la madre de cada uno, dos madres son conclusivamente malas, cuatro son buenas, pero a cada hijo usted siempre no le va a decir que su madre es mala, eso no niega que su hijo conozca los problemas de su madre. Todo está en qué dimensión ponga la lupa con relación a los problemas de su madre. Y eso pasa con la historia: las dificultades, los problemas, los conflictos, todo lo que pasa en nuestra historia está ahí, todo hay que contarlo. Ahora bien: a partir de la política que tengamos, ¿qué queremos amplificar, los problemas o las virtudes? Ya eso es una manera de contar la historia. Y por eso es que se crea la Productora de Audiovisuales Históricos, con el objetivo de aunar esfuerzos, aunar criterios, y poder dar una ayuda al tema de la historia en nuestro país, que vuelvo al principio: como me dicen, está en crisis, está en una gran crisis el tema de la historia, del conocimiento de la historia en nuestro país.

Y yo fui un alumno que odié la historia, pero tuve un abuelo que contaba muy bien la historia, porque mis profesoras eran muy malas en Historia, y la Historia se me convirtió en fechas y nombres. Y hay una filosofía india que dice: “No importa el autor, sino qué dijo el libro”, y un poco que yo apoyo esa tesis. Y la historia se nos convirtió de momento en fechas, en números y en nombres; sin embargo, yo no tenía una transmisión de valores o de sucesos que me pudieran dar con claridad qué estaba pasando en la historia. Y muchas veces era hasta una forma bastante fraudulenta de dar historia, me tocó así la educación cuando fui alumno, no fui agraciado, ni amé la historia, pero familiarmente se me hizo beber la historia.

Incluso, conflictos tuve cuando, en la Escuela de Arte, sobre un hecho, planteé como lo decía mi abuelo, escrito en los libros, y me suspendieron. Esto les demuestra a ustedes por dónde se contaba la historia. Y si hoy todavía no hemos pensado eso, creo que nos estamos haciendo daño, porque hay un aspecto de cuidado porque puede sonar como a muela política, y no creo que sea la

mejor forma de dialogar; pero no es menos cierto que todo aquel que quiera colonizar, lo primero que hace es calcinar, hacer metástasis en la base cultural de otro grupo social, o de otro país, o de quien sea, así sea individualmente. Y yo creo que se ha logrado muy bien por parte de aquellos que han querido colonizar a Cuba, o la han querido doblegar, y utilizo la palabra en el mejor sentido, y es que todavía hoy nosotros vemos a Martí como ginebrita, a Gómez como un “trocao”, Maceo como un machetero, José Maceo casi como un reguetonero, y de todo se dice en chiste, pero la verdadera idea está en poner así a la gente que nosotros podemos mirar con admiración dentro de esa historia. Y esto es grave. Porque si tenemos ese enemigo que constantemente está dando ahí y nosotros además no sabemos qué vamos a hacer con nuestra historia, vamos a ser un pueblo muy triste. Y me alegro de decir esto en esta Facultad, en esta Facultad donde, además, tengo la queja, pero no el dolor –tengo que decirlo así– de que después de hacer Duaba, fue en esta Facultad donde decidimos, por un problema de comprobar criterios y ver qué estaba pasando, poner Duaba, su primer capítulo, y recuerdo que vinimos con Eduardo Vázquez y Torres Cuevas, y en esta Facultad vinieron ocho alumnos de Sociología, aquella mañana. Y lo hicimos con ellos, porque nos interesaba mucho el criterio de este público, como público y como especialistas en el tema que estábamos tratando, o gente que son historiadores, porque ninguno de nosotros somos historiadores como lo es Torres Cuevas; somos amantes de la Historia. Y esto nos sucedió, y creo que esto nos reafirmó cuán separados estamos, de cuántos intereses mezquinos estamos llenos. Y entonces realmente, repito, la Productora Patria no tiene más que un objetivo martiano, que es unir criterios, unir intereses, poner un eje y poder hacer algo por la historia nuestra.

 

Palabras de Javier Gómez Sánchez

 

Bueno, cuando nos contactaron para que estuviéramos aquí, uno más o menos se va construyendo en la mente de qué va a hablar. Entonces yo dije: Bueno, la Universidad de La Habana, seguro me encuentro un montón de profesores calvos, de unos cincuenta años para arriba, y me olvidé que la Universidad está llena de gente joven; me alegro mucho de que la edad promedio aquí sea de unos 21 años más o menos, 22 o 23. Entonces hay que adecuar un poco el discurso al público que lo recibe.

Cuando nosotros comenzamos a elaborar la preparación de La otra guerra, nos empezamos a encontrar varios factores, y el primero era el ¨factor nostalgia¨. Y el factor nostalgia está muy ligado a adecuar el discurso al público al que se está dirigiendo y en el momento de la historia en que se está dirigiendo. No es lo mismo la nostalgia que se tiene por estas series de los años ’70, como En silencio ha tenido que ser, La frontera del deber, Julito el Pescador y el éxito que tuvieron. Muchas veces se le reprocha a la televisión cubana de no ser capaz de hacer esos mismos seriales, o sea seriales ¨como esos¨. Esos seriales no se van a volver a hacer, no hay manera de hacer dos veces eso, sencillamente porque el público no es el mismo.

Ya no solamente la manera de hacer televisión no es la misma, sino que el público, su realidad política, su realidad social, sus intereses, su conformación y su relación con la historia y con la política que forma esa historia no es igual en la Cuba del 2017 querespecto a la Cuba del 2004, mucho menos la de los años ’80, y muchísimo menos respecto a la Cuba de 1978 o 1977, que fue cuando se hizo eso. O sea, es una cantidad de cosas diversas, que influyen en la formación de un público, década tras década, que hacen que ese público reciba un contenido de determinada manera.

Pretender hacer un producto audiovisual con los códigos de éxito que dieron esa audiencia agradecida de los años ’70 hoy día es apostar al fracaso, absolutamente.

Hoy día tenemos una población que no solamente tiene una cantidad de acceso a un contenido audiovisual, que no son los dos canales que teníamos hasta hace diez o doce años atrás; hoy día en la televisión, cuando tú ves un producto audiovisual y ese producto tiene éxito, los que lo realizamos tenemos la satisfacción de saber que es porque le gustó de verdad a la gente, no porque la gente no tenía nada más que ver.

Ya no estamos viviendo en la Cuba del dos mil y piquito, donde el 10 por ciento de la población tenía DVD y el resto no tenía otra cosa. Cuando la gente se sienta ante el televisor para entretenerse en las noches de hoy, tiene cinco o seis canales estándar, uno o dos HD, mucha gente tiene la cajita a la que le ponen un USB, tienen la computadora, tienen esto y tienen lo otro. Entonces, si escogen en vez de ver un juego de fútbol o de equis cosa, escogen ver lo que nosotros les estamos dando, es porque de verdad logramos engancharlos, porque la gente ya tiene muchas opciones.

Creo que lo mejor que ha pasado es que hoy esas opciones existan,porque liberar, libera.

El hecho de que vivamos con una televisión de ese tipo, de esas características ahora, nos ha ayudado mucho a los realizadores a saber que estamos dando, o acertadamente o desacertadamente.

Ese fue el segundo factor.

El tercer factor es la saturación. Había una parte del público a la que no le interesaban estos temas, y no les interesaba no solamente porque no le habían llegado a lo mejor de una manera que lograra engancharlos en una serie grande, sino porque estaban saturados a través pequeñas ¨microsaturaciones¨ a lo largo de años, de ver contenidos mal contados, o contados de una manera metódica, etcétera, y entonces su acercamiento a la historia era a través de eso. Y entonces cuando les decíamos: “Esta es una serie histórica”, te decían: “Ah, pero yo no estoy para eso, a mí no me interesa; más de lo mismo, es que en este país todo es lo mismo.” Entonces uno tiene que ir captando esos mensajes.

Esas preguntas no se las hacíamos, por supuesto, a gentes que son profesores de la Universidad, a personas que son estudiantes de la Universidad; se las hacíamos a nuestros mismos choferes, a nuestros camioneros, que son de la gente humilde del pueblo, que se sienta ante la TV a entretenerse. Porque la gente común y corriente, más de pueblo, no se sienta frente al televisor más que para pasar un buen rato.

Entonces ahí nos planteamos: bueno, ¿cómo llegamos a la Historia? Llegamos a la Historia a través de lo que a nosotros nos interesa, que es la Historia con mayúscula, que nos gustaría a todos los que estamos aquí que fuera así, o llegamos a la Historia a través de historia con minúscula. Si no sabemos contar historias con minúscula, nunca vamos a poder contar la Historia con mayúscula de una manera que a la gente le guste, de la misma forma que un profesor de Historia que no sabe contar un cuento, no les va a poder transmitir a sus estudiantes la Historia de una manera que les llegue.

Entonces la premisa principal que tuvimos en La otra guerra fue el entretenimiento. Es una obra estrictamente para entretener, dentro de un marco histórico. Ese es el caramelo para que la gente se siente a verlo.

Nos pasó una cosa, que mucha gente nos repetía: “¿Pero otra vez ese tema?” El tema de la guerra del Escambray y la Lucha Contra Bandidos. Nosotros sacábamos una cuenta, y decíamos: ¿Cómo es que el público, la gente, nos puede decir que ¨otra vez ese tema¨? Si Paquita misma nos decía que apenas se ha tocado, o se ha tocado muy poco.

Entonces empezamos a analizar, y es que como periódicamente las pocas producciones que se han hecho, primero, tuvieron un efecto, indudablemente son obras del arte cinematográfico cubano, como El hombre de Maisinicú, y El brigadista, al haberse repetido en retransmisión, siempre que es el Día del Maestro se pone El brigadista, a cada rato se pone El hombre de Maisinicú, más o menos una o dos veces al año, el público se crea como una referencia artificial de que ese tema todo el tiempo se está hablando de él, y lo que se están poniendo son las mismas dos películas todo el tiempo. Ni siquiera se ha retransmitido la serie más completa que se hizo sobre este tema de la lucha contra bandidos, que se llama La clave está en el Escambray, que nosotros la utilizamos en la investigación; son diez capítulos, es una serie documental, donde todavía estaban vivos, en el año 1988, muchos bandidos, gente de cada uno de los dos lados; incluso, se logró entrevistar a muchos jefes de bandas que estaban vivos todavía, estaban llevando una vida normal; fueron personas que no cometieron crímenes en algunos casos, y se reintegraron a la vida; después que cumplieron una condena, fueron reubicados en un lugar, que es algo importante que después quisiera señalar sobre eso, y se logró llegar a ellos y entrevistarlos.

En el caso de La otra guerra, que saben que está saliendo los sábados por Cubavisión, los sábados a las 8:30 p.m. –va por su segundo capítulo, son catorce en general (*) –, todavía falta mucho por desarrollar; pero La otra guerra, al tocar el tema del conflicto de la Lucha Contra Bandidos, que duró desde 1960 hasta 1965, está tocando uno de los elementos de mayor tergiversación histórica por parte de la contrarrevolución.

La contrarrevolución insiste en presentar lo que fue la Lucha Contra Bandidos como una ¨guerra civil¨. Técnicamente fue una guerra civil, porque no era un ejército extranjero, etcétera, etcétera, pero ellos están muy interesados en llevarlo a una dimensión muy superior de lo que realmente fue, y decir que era que el pueblo se alzó en contra del comunismo y fue la respuesta de las clases medias contra las expropiaciones, y de ver cómo la Revolución iba llevando cada vez más a Cuba hacia Moscú, etcétera. Ese es el discurso que acaba de hacer El Nuevo Herald, en Miami, tres días después de transmitirse el primer capítulo de la serie.

La contrarrevolución necesita héroes, los necesita desesperadamente, no saben de dónde los van a sacar, y ellos quieren presentar a estos personajes como si fueran héroes.

Pero les es muy difícil. La primera dificultad que tienen es que nunca han podido generar series como Duaba ni como otras; o sea, allá enfrente, en Miami, hay muchísimas cosas materiales, pero no han logrado nunca hacer series ni hacer nada. Andy García, cuando hizo Ciudad perdida, tuvo que arañar la tierra para encontrar un presupuesto, y estuvo no sé cuántos años para hacer su película, y era Andy García. Entonces, bueno, por lo menos yo creo que tenemos una gran ventaja, que es tener un país detrás, con muchos problemas, con muchas dificultades y que les faltan muchos mecanismos, pero ellos ni siquiera tienen eso.

Nosotros tenemos una cantidad de publicaciones. Ellos citaron el libro de Enrique Encinosa, Escambray, la guerra olvidada, ¿pero dónde está su bibliografía? O sea, la bibliografía de la contrarrevolución sobre este tema también es escasa, porque no saben de dónde la van a sacar.

En el proceso de elaboración también, no de los guiones, sino de cómo íbamos a llevar a la pantalla aquello, queríamos hacerlo de una manera objetiva. Dijimos: Bueno, tenemos que contar esto de una forma objetiva de la vida. Es cierto que en los bandidos había gente que no estaba interesada realmente en cometer crímenes; había una cantidad de dinámicas sociales dentro de las bandas, en las cuales se intentaba comprometer a las personas, porque fueron grupos guerrilleros que perdieron una perspectiva militar y bélica de sus objetivos cuando se empezaron a ver ahí perdidos, abandonados por los norteamericanos, que primero tenían un plan de ellos como apoyo a Playa Girón y aquello no funcionó, después se iba a hacer una invasión a mayor escala por el propio ejército norteamericano y ellos iban a actuar en la retaguardia, tampoco pasó; o que ellos iban a hacer la guerra de guerrillas con la misma fórmula que llevó a la Revolución al poder y la iban a derribar, tampoco pasó. Con el tiempo, una fuerza militar que pierde su perspectiva se convierte en una fuerza criminal. Eso es lo que les pasó. Porque se fueron convirtiendo en una fuerza guerrillera a la que lo único que le interesaba era sobrevivir; llegó el punto en que sus operaciones eran estrictamente romper los cercos de la milicia, nada más, y conseguir comida desesperadamente, al precio que fuera; si el campesino no se la daba, lo mataban. Entonces es lógico que presentar a estos individuos como héroes es algo que no puede ser, no hay de dónde sacarlo.

Y cuando estábamos sentados, siempre nos decía alguien: Bueno, pero tenemos que poner a los bandidos también que son humanos, que son esto y qué sé yo. Y ahí yo les digo: Bueno, bueno, espérate, porque vamos a terminar aquí con una Perestroika de que la historia no era así exactamente como era, y entonces el enemigo no es tan malo como parecía, y nosotros no somos tan buenos como parecemos, y entonces nadie es malo completamente y nadie es bueno, y ten cuidado porque podemos terminar aquí haciendo un cuento que le agrade a todo el mundo y tampoco es así.

Hubo también una serie de cosas que nosotros quisimos que estuvieran en la serie, que tenían una conexión tremenda con la contemporaneidad.

En la serie, está la juventud muy presente, muchos de los personajes son jóvenes, y son jóvenes que presentan toda la mentalidad que tienen los jóvenes en todas las épocas. Hay personajes que tienen conflictos con sus familias, con sus mayores, con sus padres, y esos conflictos los llevan igualmente a entrar en conflicto e inconformidad con lo que sus padres se identifican. En este caso, bueno, si sus padres son milicianos, si sus padres son revolucionarios, si su padre es un tipo que está trabajando en la cooperativa, el chiquito llega a detestar no solamente a su padre, a entrar en conflicto con su padre, sino con todo lo demás. Y una serie de personajes mayores entienden eso, y tratan de influenciar a estos personajes más jóvenes.

Entonces esta juventud, que puede ser influenciable, cada vez la vemos en la contemporaneidad, ¿no?, Hay un sector en la población que está en pugna, está en pugna de parte de las fuerzas revolucionarias, que están representadas por las organizaciones de masas, y está en pugna por una fuerza que ha sido creada, sobre todo a partir de la política de Obama –Elier, yo sé que tú conoces mucho más de eso– para enamorarlos con una idea de la socialdemocracia.

De otra forma, veíamos factores en aquel conflicto en los años ’60 que los vemos hoy perfectamente: De la misma forma que se intentó atemorizar a la gente y crear una campaña con que se les iba a quitar la Patria potestad a los padres, y mucha gente se lo creyó, mucha gente detrás de las cámaras, cuando estábamos filmando, estaba aterrorizada con lo de Venezuela, ahora en el 2017 porque supuestamente íbamos a volver al Período Especial. Había gente que decía: ¨Yo no puedo volver a no tener champú como en el Período Especial¨.

Y yo le decía: “¿Pero tú estás loca? ¿Tú te crees que no vamos a tener champú porque Venezuela nos da petróleo y la va a recortar? Tienes que pensar, ¿no?¨ Entonces esa misma falta de lógica y de pensamiento crítico que tenía la gente que se creía que les iban a quitar los hijos y los iban a mandar a Rusia, la tiene hoy la gente que piensa que van a volver los apagones de 12 horas, y por muchas explicaciones que se les den no entienden.

Entonces uno se da cuenta de que la época de cada conflicto cambia, pero la psicología de los conflictos, no.

(*) En la edición final fueron 15 capítulos de 45 minutos.

 

Palabras de Fabio Fernández Batista

 

Me toca a mí ser el último de este cuarteto que ha tenido que hablar hoy aquí.

Este es un tema realmente muy complicado. A mí siempre me da “pena” con la Historia como ciencia, porque continuamente está en boca de todo el mundo; es decir, usted nunca encuentra, o es escaso encontrar, un panel que se dedique a pensar en cómo se enseña la Matemática, cómo se enseña la Física, la importancia del conocimiento de la Física en cómo la gente actúa en el contexto social; o la Sociología, o la Filosofía. Le toca a la Historia cargar con muchos platos rotos. Incluso, en determinados momentos se focalizan problemas en la ciencia histórica y eso es, en mi opinión, una coartada para obviar que esos problemas tienen esencias mucho más profundas. Eso yo creo que cotidianamente pasa, y a los historiadores nos toca que nos convoquen sistemáticamente a hablar sobre estos temas.

En mi opinión, hay un primer problema que yo quisiera plantear.

Se habla mucho de la crisis de la Historia y de que si los jóvenes cubanos no están conectados con la Historia, que si incluso la población cubana en sentido general, más allá de los grupos etarios, tiene problemas de conexión con la Historia. La causa de esa realidad yo la encuentro en dos dimensiones: en primer lugar, hay un problema que creo que es universal, y es la hegemonía casi absoluta que, a nivel mundial, tiene la tontería y el afán de desconexión. Este es un problema que aparece en todo el mundo.

Usted seguramente va a Argentina, y verá que muchos niños argentinos, o jóvenes argentinos, o estudiantes de la Universidad argentinos, no tienen la más mínima idea-ni les importa- de quién fue San Martín, quién fue Belgrano y cuál fue la primera ley que aprobó Perón en la década del 40. Están más preocupados por cómo les quedó el selfie para colgar en Facebook. Y así pasa en Argentina y pasa en Sudáfrica y pasa en China y pasa en los Estados Unidos, y por supuesto pasa en Cuba.

Hay una tendencia mundial a una creciente enajenación de la gente respecto a su realidad, una creciente conexión de la gente con la tontería, con la bobería, y eso no es expresión de dinámicas simplemente objetivas que existen porque existen. Existe un conjunto de poderes en función de generar ese tipo de patrón de ciudadano; un ciudadano que en buena medida no es ciudadano, porque se mantiene digamos que inerte ante la realidad que lo rodea. Cuba-como parte del mundo globalizado- tiene, vive y sufre esa realidad. Ese es un problema que en mi opinión está detrás de todo el tema de la conexión con la Historia. Es decir, a la gente no le interesa la Historia en demasía probablemente en ninguna parte. Esa es una realidad lamentable.

Ahora, hay otro elemento que está vinculado con nuestra especificidad nacional: todos sabemos que el proyecto de la Revolución Cubana ha tenido como uno de los pilares fundamentales de su existencia la construcción de una determinada narrativa sobre la historia nacional; una narrativa sobre la historia nacional que ha buscado, sobre todo, encontrar legitimidad. Es decir, la Revolución Cubana ha construido parte de su legitimidad en un determinado relato sobre la Historia. Esto no es un invento maquiavélico de la Revolución, lo hacen absolutamente todos los sistemas políticos en el mundo, porque la Historia, para bien o para mal, tiene una función de legitimación de los mecanismos, las estructuras y las relaciones de poder en toda sociedad. Lo hacían los egipcios -no por gusto construyeron un mito en el cual los faraones eran dioses y después, cuando se produjeron ciertos cambios estructurales, los representantes de Dios en la Tierra- y se hace también en contextos más contemporáneos.

Ahora, el gran problema está en que, desde mi criterio, las fracturas que se pueden percibir en el consenso político cubano, la crisis que vive Cuba hoy tiene uno de sus puntos de manifestación en la desconexión de la gente -en la resistencia de la gente- respecto a la narrativa que el sistema ha construido en el ámbito de la Historia.

En mi opinión, en la Cuba actual cuando un estudiante -o una persona X- construye una relación conflictiva con Carlos Manuel de Céspedes y no le importa un pepino quién fue Céspedes y qué hizo, también está proyectando un conjunto de frustraciones respecto a su realidad contemporánea.

Esa es una línea que generalmente se obvia, y se quieren analizar los problemas de la Historia con las dinámicas inherentes a la ciencia histórica y con lo que este saber puede hacer en materia de divulgación. Creo que hay que entender que la Historia y los problemas que tiene la Historia como ciencia en Cuba -como materia a enseñar- están conectados con problemas de la realidad nacional en su conjunto.

Me parece que aquí hace falta recordar el pensamiento de ese gran hombre que fue Julio Antonio Mella, que en la década del 20 del pasado siglo se dio cuenta de algo extraordinariamente importante. Mella comprendió que los problemas de la Universidad que él intentaba cambiar eran expresión, en buena medida, de los problemas del país. Por tanto, para cambiar la Universidad, Mella se dio cuenta de que había que asumir una agenda de transformación del país en su conjunto.

Por tanto, parte de los problemas que existen respecto a la Historia y cómo esta se enseña parten de la necesidad de una transformación profunda del país, de la Revolución. El propio nombre de Revolución implica transformación continua. No hay que pensar en cambios profundos desde una agenda de subversión del socialismo cubano, no estoy hablando de eso ni nada por el estilo. Hablo de cambios profundos en función de actualizar y fortalecer a la Revolución.

Ahora, más allá de estos problemas, creo que sí hay otro grupo de cuestiones que están muy vinculadas con la ciencia histórica o la Historia que se ha construido durante estos años. Un primer tema es que, lamentablemente, nuestro sistema ha sido muy inflexible en la modelación de diversas cuestiones. Una de ellas ha sido la narración que ha construido sobre la Historia, es decir, la Revolución Cubana como cualquier sistema social ha construido una historia oficial; una historia oficial que, como todas las historias oficiales, es bastante maniquea, es bastante plana, es bastante esquemática. Ojo, eso es un fenómeno que ocurre aquí, en China, en Malí y en Groenlandia.Si quieren corroborar esto simplemente los remito al libro de historia oficial de los Estados Unidos que podía conseguirse en la embajada norteamericana –entonces Oficina de Intereses- en los tiempos en los que yo estudiaba. Lean ese libro y verán que es una historia de la realidad norteamericana también en claro-oscuro, blanco y negro, malos y buenos, todo muy sencillo y chato…

Ahora, yo creo que ha sido un gran problema de nuestra historia oficial, que es la que se enseña en las escuelas, la que está presente en las pruebas de ingreso que deben aprobar los estudiantes para acceder a la Universidad, es que hemos sido extremadamente inflexibles en la manera de concebirla, y eso ha derivado en la construcción de un esquema tan, pero tan plano, que la gente lo rechaza de forma absoluta. Y la gente no logra ver humanidad en esos personajes históricos que forman parte del decurso de nuestro país, y se construye un Martí tan, pero tan etéreo que las personas pueden quedar totalmente escandalizadas -y ciertos funcionarios pueden escandalizarse-porque Fernando Pérez haya puesto a Martí masturbándose cuando era un adolescente, cuando la probabilidad de que Martí haya realizado ese tipo de práctica de autosatisfacción son inmensas, y eso no lo hace menos el Apóstol de la independencia de Cuba, simplemente convierte a Martí en un ser humano. La historia que se ha oficializado en Cuba ha llegado a niveles de ser tan plana, que – indudablemente- ha causado en la gente muchísimo rechazo.

Yo estoy absolutamente convencido de que siempre existirán historias oficiales. Ahora, la historia oficial puede estar mucho mejor contada, la historia oficial puede ser mucho mejor contada e incluso adaptada a la sensibilidad de los tiempos. Yo creo que ese es otro problema. La historia hegemónica en Cuba, esa que se promueve por los diferentes canales del Estado, a través del sistema educativo, la prensa oficial, la televisión, etc. es una historia que se ha alejado de la sensibilidad de estos tiempos. En torno a esto no hay nada mejor que aprender de nuestros archi enemigos. No hay nada más oficial que la historia que cuenta sistemáticamente Hollywood. Sin embargo, Hollywood construye una historia oficial que te vende el cuento de que los americanos ganaron la Segunda Guerra Mundial, pero te la cuentan a partir de todo un conjunto de resortes que conectan con la sensibilidad de la gente, y la gente sale del cine llorando por la muerte del protagonista en Okinawa y, al mismo tiempo, absolutamente convencidos de que si no hubiera sido por “los valores de la juventud norteamericana, decidida a salvar la democracia”, estaríamos sometido a una terrible dictadura fascista.

Esas son realidades a nivel de utilización de la sensibilidad que creo que nos faltan en nuestra historia.

Al mismo tiempo hay otro problema que es en mi opinión muy grave, y eso lo hemos conversado bastante los profesores del Departamento. El hecho de que, tras el colapso del socialismo real y con el colapso en buena medida de esa entelequia que fue y sigue siendo el marxismo-leninismo, la historia de Cuba se convirtió en la plataforma básica de legitimación ideológica del sistema.

Como no funcionaba aquel engendro que habíamos conformado, donde deformábamos a Marx, a Engels y a Lenin y a todo el que nos conviniera, la historia de Cuba se convierte entonces en el mecanismo esencial de legitimación. Desde antes lo era, pero en la frontera entre los 80 y los 90 del siglo pasado se quedó sola en la tarea.

Eso explica, entre otras cuestiones, el hecho de que en la Universidad se la Historia de Cuba en todas las facultades, en todas las carreras, y que haya estrategias para la enseñanza de la Historia, etc. Todo eso tiene un sentido de legitimación que, lamentablemente, también ha sido promovido en un sentido simplista, chato, plano, y por supuesto se ha contribuido a la modelación de una Historia de la cual la gente se distancia.

Y al mismo tiempo, si usted es un sistema que tiene problemas de legitimidad, que tiene los problemas derivados de la fractura del consenso que ha articulado durante años y utiliza la Historia como mecanismo de legitimación, parte de la reacción de la gente frente a la fractura del consenso, frente a la creciente pérdida de hegemonía, se expresa a través de la relación conflictiva con la historia oficial que lo agobia por todos lados. Es decir, la historia va a pagar los platos rotos de un conjunto de cuestiones. Los problemas vinculados con el agua cada quince días y con el hecho de que el P11 no esté muy bueno se proyectan en muchas oportunidades frente a la historia, porque la historia ha sido ungida con la misión de ser la legitimadora de la realidad nacional Ese es un problema.

Otro problema muy pero muy grave corporiza en las deformaciones que ha sufrido la enseñanza de la historia nacional. Desde momentos en que la Historia de Cuba fue disuelta dentro de una historia del movimiento comunista internacional, esa época funesta en que desapareció la Historia de Cuba como programa independiente, hasta el hecho de que, lamentablemente, dentro de la debacle del magisterio cubano inaugurada por los difíciles 90 y aún no superada, buena parte del claustro más golpeado es el claustro de los profesores de Historia. Y usted se encuentra de repente con que la Ministra de Educación, porque no tiene más remedio, tiene que admitir estadísticas espantosas donde te dice que un porciento elevadísimo de los profesores de Historia no son historiadores, ni profesores preparados específicamente para impartir Historia de Cuba o de cualquier otro lugar. Todo esto parte de un concepto social sobre la Historia en el cual se asume que cualquiera puede dar Historia porque es simplemente contar un cuento, dar muela. Probablemente a este profesor improvisado no se le ocurriría ir a un Pre a enseñar Física, pero a dar Historia sí, porque Historia es una muelita y con eso se resuelve el problema. Ese es un gran conflicto: tenemos muchos malos profesores o no profesores impartiendo Historia en las aulas. Por tanto, a ese estudiante le están inyectando en vena una Historia simplista, y además quien se la está contando es un mal narrador de Historia. Esa combinación es terrible. Unido esto a que la Historia carga con la responsabilidad de legitimar un sistema con fracturas en su consenso. Esa ecuación es una ecuación extraordinariamente negativa para la Historia. Pobre de la Historia.

Y a eso se suma un último problema, que en mi opinión también es importante y que es responsabilidad de los historiadores, de los profesionales de la Historia. Entre los sectores más importantes dentro del gremio de los historiadores existe poca vocación por la divulgación. Es decir, existe un pensamiento elitista que genera una producción de valía que solo circula en el estrecho círculo del gremio. Entonces, esos grandes especialistas, que saben tanto de Historia, que puede brindar una visión mucho más holística, mucho más abierta, escriben sus libros para ganar el Premio de la Crítica. Entonces se le deja en muchas oportunidades la responsabilidad de escribir el libro más sencillo -que no menor- que circula entre los niños y jóvenes, o entre el público general a alguien que muchas veces es un intruso en el ámbito de la Historia, y que repite sin matices el discurso oficial simplista. Alguien que no contribuye para nada a la promoción de una Historia mejor.

Ahora, todo esto desemboca en el ámbito de la Historia y su relación con los medios de comunicación, con los medios audiovisuales, y de repente uno se encuentra cosas terribles. Si uno revisa la programación de contenido histórico de la televisión, uno se queda frío de que a veces son los programas históricos los peor realizados, los programas que no logran superar un esquema muy chato y plano. En mi opinión no hay programación más chata que la histórica en nuestra TV, aunque, por supuesto, hay programas de valía. Pocas veces un programa es tan plano como el famoso Este día, que bombardea a la gente con efemérides de una forma alejada de la sensibilidad de estos tiempos, ajena a los códigos más contemporáneos de la realización audiovisual y donde usted puede encontrar que, de repente, se habla de Maceo y la música de fondo es un tema de la película Gladiador. No existe realmente coherencia, ni calidad, en la programación de contenido histórico que hace la Televisión.

En mi opinión, hay posibilidad de solucionar todos esos conflictos. ¿Cómo se solucionan? Primero que todo, asumiendo que hay un conjunto de responsabilidades que se le achacan a la Historia y que no son de la Historia en sí, sino de la realidad social que existe, y que si no se transforma ese contexto social seguiremos arrastrando sus manifestaciones en el ámbito de la interacción de la gente con la Historia, en especial con la Historia de Cuba que es la que más duele.

Otra cuestión: los historiadores de las cumbres de la Academia deben participar de forma más activa en la divulgación histórica. Al mismo tiempo, deben proyectarse estrategias bien claras para mejorar el nivel de los claustros que imparten la Historia en los diferentes niveles de enseñanza, y al mismo tiempo deben colegiarse estrategias con los medios audiovisuales para concebir la Historia de manera distinta, de forma tal que conecte con la gente.

Recientemente, Roly y yo tuvimos la posibilidad de estar en un taller con Tristán Bauer, un famoso realizador argentino que -durante algunos años- dirigió un canal de televisión pública en la época de Kirchner, en específico de Cristina creo recordar. Y es maravilloso lo que ellos lograron hacer en materia de programación histórica, a partir de asumir los códigos del espectáculo audiovisual para llevar a los públicos los contenidos históricos

Ahora, yo quiero terminar con una nota de esperanza. La nota de esperanza emerge de algo que vi en la serie que dirigieron Luberta y Javier. El otro día, en uno de los primeros capítulos, estaba Doimeadiós con sus hijos, como parte todos ellos de las milicias campesinas que apoyaban la lucha contra los bandidos. Y a mí me encantó que uno de los hijos de Doimeadiós, de Mongo Castillo, tuvo miedo justo en el momento de la acción. Este muchacho que, ateniéndonos a la imagen irreal que tenemos de los luchadores del pasado –de los mambises, de los rebeldes, de los milicianos, de los internacionalistas- debía proyectarse como un héroe sin fisuras que se iba a “comer” a los bandidos, tuvo miedo. Es maravilloso plantear que un joven que coge, quizá por primera vez, un arma y se enfrenta a un enemigo que le dispara a matar, tenga miedo. Eso humaniza y al mismo tiempo engrandece la heroicidad de esos campesinos que -venciendo el miedo a la muerte que como seres humanos sentían- lucharon con valor frente al bandidaje en los años sesenta.

Es decir, yo creo que hay posibilidades de construir una historia que sea distinta. Ahora, hay que proponérselo. Hay que buscar los mecanismos para contar nuestra Historia, la que le da sentido a nuestro proyecto social desde fórmulas que lleguen a la ciudadanía. Y además, y con esto sí termino, hay que entender que la Historia no puede pagar los platos rotos de una realidad donde las cosas no están bien, de una sociedad que no funciona coherentemente, que vive una crisis

profunda. Asúmase la existencia de los grandes problemas que agobian la cotidianidad de lo cubanos, trabájese en función de resolver esos grandes problemas, y veremos que, paulatinamente, las cuestiones vinculadas -específicamente- con el ámbito de la Historia también mejorarán.

 

Muchas gracias.

 

Historia y medios audiovisuales. Una mirada desde Cuba

 

René González Barrios

Es frecuente escuchar hoy en cualquier rincón del planeta, la frase de que Cuba está de moda. Aceptar como válida esa afirmación, sería simplificar la rica historia de un pueblo en Revolución,al instante en que los presidentes de la Isla y de Estados Unidos, Raúl Castro y Barack Obama, anunciaran el pasado 17 de diciembre, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los dos países.

Y no es que los cubanos disfruten con eso de “estar de moda”. Lo cierto es que desde mucho antes del 1ro de enero de 1959, Cuba ocupó titulares en las primeras planas de la prensa internacional, al emprender una revolución popular contra el genocida gobierno del general Fulgencio Batista; y tras esa fecha, por desplegar sólida y firme, una revolución antimperialista, socialista e internacionalista, a solo 90 millas de los Estados Unidos.

Han sido tantos los sacrificios y la voluntad de victoria de una nación ante adversidades y agresiones de todo tipo, que la noticia que verdaderamente estremeció a los cubanos el 17 de diciembre, fue la del retorno a la Patria de los tres héroes prisioneros injustamente en Estados Unidos por combatir el terrorismo.

Cincuenta y siete años de Revolución acumulan un caudal de historias de impacto universal que han marcado un hito en la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. Cuba se ha erguido como ejemplo de dignidad y resistencia, sobre todo al sobrevivir con la frente en alto, sin ceder un ápice de soberanía, las agresiones militares, económicas, diplomáticas, culturales, etc, de la más poderosa nación imperialista que recuerde la historia.

Quizás por todo ello, el actual mandatario de la Casa Blanca haga tanto hincapié a los cubanos en olvidar la historia y borrar el pasado. Así lo manifestó en la Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, el 17 de abril de 2009, cuando los líderes del continente le exigieron la presencia de Cuba en estos cónclaves. Allí expresó:

Para avanzar, no podemos permitirnos ser prisioneros de pasados desacuerdos. No he venido aquí para debatir el pasado. He venido aquí para enfrentar el futuro. Creo, como algunos de los anteriores oradores han declarado, que debemos aprender de la historia, pero no podemos quedar atrapados por ella.

Este llamado ha persistido en los miembros del gabinete Obama, como si para los cubanos borrar el pasado ignominioso de ingerencismo estadounidense, fuese una sencilla operación matemática. Cabría recordar aquí el testimonio de Earl T. Smith, embajador de Estados Unidos en Cuba durante la dictadura de Fulgencio Batista, quien al triunfar la Revolución testimonió ante el Senado norteamericano:

“Hasta Castro, los Estados Unidos eran tan abrumadoramente influyentes en Cuba que el embajador americano era el segundo hombre más importante, a veces más importante que el presidente cubano”.

En las actuales circunstancias, EEUU despliega contra Cuba una bien hilvanada y sutil campaña de desmontaje cultural, con la historia como primer objetivo. El fin último es la introducción en los jóvenes cubanos de gérmenes de duda y desconfianza en la dirección de la Revolución, su liderazgo histórico y la pureza del proceso revolucionario. Al respecto, en su discurso del 1ro de enero de 2014 en Santiago de Cuba, el Presidente de Cuba, general de Ejército Raúl Castro Ruz, reflexionaba:

En nuestro caso, como sucede en varias regiones del mundo, se perciben intentos de introducir sutilmente plataformas de pensamiento neoliberal y de restauración del capitalismo neocolonial, enfiladas contra las esencias mismas de la Revolución Socialista a partir de una manipulación premeditada de la historia y de la situación actual de crisis general del sistema capitalista, en menoscabo de los valores, la identidad y la cultura nacionales, favoreciendo el individualismo, el egoísmo y el interés mercantilista por encima de la moral.

En resumen, se afanan engañosamente en vender a los más jóvenes las supuestas ventajas de prescindir de ideologías y conciencia social, como si esos preceptos no representaran cabalmente los intereses de la clase dominante en el mundo capitalista. Con ello pretenden, además, inducir la ruptura entre la dirección histórica de la Revolución y las nuevas generaciones y promover incertidumbre y pesimismo de cara al futuro, todo ello con el marcado fin de desmantelar desde adentro el socialismo en Cuba.i

Ante el hecho inevitable de una revolución que ha convertido a su pueblo en uno de los más instruidos del planeta, la estrategia de la propaganda burda, el mensaje grotesco y la farsa vulgar, ha sido sustituida por una avalancha de información que pareciera concebida en laboratorios, dirigida a impactar directamente en las mentes de nuestros ciudadanos.

A los ataques mediáticos cotidianos, los de los medios imperiales y los blogueros contrarrevolucionarios, se unen, como en las décadas del 60 y 70 del pasado siglo, intelectuales enemigos de nuestro proceso -cubanos y extranjeros-, enfrascados en cambiar la historia, en demostrar verdades que no lo son, y argumentar un pasado edulcorado, que solo existe en mentes impregnadas en la ideología de la clase burguesa derrotada por la Revolución de 1959.

La estrategia de atacar la historia y los valores de una nación para desmembrar su unidad, no es nueva, y tuvo como máximo esplendor, la guerra ideológica contra el campo socialista. Los ideólogos del capital, con Samuel P. Huntington a la cabeza, llegaron a afirmar que con el fin del llamado socialismo real en Europa, la historia había desaparecido. La perestroika y la llamada glasnot, hicieron el juego al imperialismo.

El escenario virtual, junto a la guerra mediática, se ha convertido en uno de los principales campos de batalla de la guerra ideológica y cultural. De ello dan fe las revueltas de las llamadas revoluciones de colores en las ex repúblicas soviéticas, las “primaveras” del Norte de África, el actual conflicto en Siria, la subversión en Venezuela, Ucrania, y la permanente campaña de desmontaje de nuestra historia emprendida por el gobierno de EEUU.

En el caso de Cuba, al nuevo teatro de operaciones con sus sofisticados medios tecnológicos, se une las actuales circunstancias en que se desarrolla el proceso revolucionario, signado por tres elementos fundamentales:

  • longevidad de la revolución y su liderazgo histórico, con sus múltiples aciertos y también sus desaciertos, hijos todos de la práctica revolucionaria,
  • inevitables cambios generacionales en la dirección de la Revolución,
  • desaparición del discurso beligerante y amenazante de los mandatarios estadounidenses respecto a Cuba, y modelación de un seudo discurso de cooperación y diálogo

En tal escenario, EEUU trata de sacar las ventajas de su galopante desarrollo tecnológico.

Más allá de la añeja polémica sobre cuánto hay de historiador en el periodista y viceversa, lo cierto es que, en la Cuba del siglo XXI, el debate es cada vez más apremiante y necesario.La prensa, o para más exacta definición, los medios de comunicación en sus diferentes formatos, son fuentes para los historiadores y a la vez, plataforma para la divulgación de la historia.

En Cuba, desde hace algún tiempo, el periodismo histórico es una categoría en concursos de periodismo y tema de convocatoria de los Congresos Nacionales de Historia. Sin embargo, esta práctica periodística ha sido poco favorecida por las investigaciones comunicológicas del país, de ahí que no exista una sistematización teórica que permita comprender las peculiaridades de su objeto de estudio.

Por otra parte, según expertos, la especialización en el periodismo se ha convertido en una tendencia en el mundo de hoy, por ello la importancia de una mirada al periodismo de temas históricos como una práctica periodística especializada.

La práctica del periodismo por historiadores fue una constante en la primera mitad del siglo XX. Destacados y reputados intelectuales cubanos, muchos de ellos historiadores de oficio, no de carrera –abogados, médicos, psicólogos, pedagogos y militares–, recrearon en las páginas de los principales diarios y revistas, la historia del país.

El abogado e Historiador de la Ciudad de La Habana, Emilio Roig de Leuchsenring, escribía para las revistas Carteles, Gráfico y Social. En esta última, bajo el seudónimo de Cristóbal de La Habana. En 1942, en la inauguración del Primer Congreso Nacional de Historia, Roig exponía la importancia de socializar la ciencia histórica y difundir el conocimiento de la historia más allá del círculo de los especialistas.

“Pueblos como el cubano -decía entonces-, de integración nacional no lograda plenamente, requieren de un conocimiento más exacto y comprensivo de su historia, para mejor descubrir en el pasado, más o menos remoto, las raíces de sus males, crisis y dificultades presentes, con vistas a un futuro de estabilidad, progreso y engrandecimiento.”

Al triunfo de la Revolución, figuras distinguidas de las letras cubanas y periodistas, incursionaron también en el periodismo de historia, enalteciendo la historia reciente y rescatando del anonimato páginas olvidadas o polémicas del ayer.

Es deber de los historiadores incursionar en el periodismo. La historia debe ser divulgada y llevada a las multitudes para que estas la conozcan, analicen, interioricen y debatan. El historiador no debe contentarse con la publicación de libros excelsos y documentados para especialistas. La historia en la prensa, llámese escrita, radio, televisión o digital, genera el necesario intercambio pueblo-historiador, del que ambos se retroalimentan.

En el último Congreso Nacional de Historia, se realizó una sesión de trabajo sobre el periodismo histórico en la Cuba de hoy. El tema suscitó un intenso debate por parte de los profesionales de la comunicación y de la historia. Se exigió mayor intercambio entre la academia y la prensa, se reflexionó sobre la inexistencia de la crítica histórica, se abogó por la necesidad de un mejor aprovechamiento del lenguaje histórico en los medios audiovisuales y por la especialización de los periodistas.

En la era del desarrollo de las infocomunicaciones, el discurso especializado debe adecuarse a los públicos metas con todo el rigor que la ciencia exige, y la frescura de pensamiento que las jóvenes generaciones demandan.

Generalmente, a la hora de evaluar los impactos de la historia en los medios audiovisuales, los especialistas se debaten en dilucidar las siguientes peculiaridades:

 

  • ¿Hasta qué punto el audiovisual permite entender la Historia de manera seria y rigurosa?

 

  • ¿Cuál es el valor histórico del audiovisual como documento o testimonio histórico?

 

  • ¿Hasta dónde el audiovisual logra la cientificidad por sobre la propaganda política?

 

Debemos tener en cuenta que el audiovisual tiene códigos y lenguajes propios, y que el conocimiento histórico que trasmite, viene dado en la capacidad del realizador en seleccionar y distinguir los elementos fundamentales de la historia que narra. De hecho, el audiovisual puede convertirse en herramienta insustituible para la enseñanza de la historia y en documento histórico de obligatoria consulta.

Dadas las peculiaridades del momento histórico que hoy vive la Revolución Cubana, el estudio de la historia de la nación se torna imprescindible en pos del futuro y el audiovisual en una efectiva arma de combate. En su discurso por el XX Aniversario de la fundación de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, nuestro Comandante en Jefe dijo:

  • Para nosotros, la historia, más que minuciosa y pormenorizada crónica de la vida de un pueblo, es base y sostén para la elevación de los valores morales y culturales, para el desarrollo de su ideología y su conciencia; es instrumento y vehículo de la Revolución.ii

Solo a través de la historia podremos enfrentar con éxito la avalancha cultural que el imperio trata de imponer en el mundo, y con especial énfasis, en su nueva estrategia de dominación contra la isla irredenta, rebelde y soberana.

En su obsesión por destruir la Revolución Cubana, sus enemigos centran los ataques en las siguientes direcciones:

  • Exaltación de la década del 50 y la figura de Fulgencio Batista.

 

  • Idealización del pasado capitalista, sobre todo en las esferas económicas y culturales y contraposición con los éxitos alcanzados por la revolución en estas esferas.

 

  • Reescritura de nuestras guerras de independencia y revaloración de la burguesía nacional que emergió con la neocolonia.

 

  • Sobrevaloración de los artistas e intelectuales cubanos que marcharon al exilio tras el triunfo de la revolución.

 

  • Establecimiento de una política de premios que prioriza y estimula a los intelectuales que emiten juicios críticos contrarios al proceso histórico de la Revolución.

 

  • Intentos de sembrar la división interna en el pueblo alimentando desconfianzas, rencores históricos y celos, por diferencias generacionales, raciales o de géneros.

 

  • Satanización del proceso revolucionario, sus líderes, artistas, e intelectuales comprometidos con él.

 

  • Creación de sitios en Internet diseñados para fomentar la nostalgia por el pasado.

 

  • Promoción de actitudes desmovilizativas, apolíticas y desideologizadas, entre artistas e intelectuales, fundamentadas en la historia.

 

  • Hacer ver la revolución como un proceso de privaciones, agonías y sufrimientos. Eliminar la alegría de la épica revolucionaria y sus triunfos.

 

  • Vincular el rumbo socialista con el fracaso del proyecto de revolución.

 

Son estas, algunas de las principales líneas de ataque de quienes pretenden destruir la Revolución desde la historia.

Estados Unidos parte del criterio de la superioridad cultural norteamericana para dominar el planeta, haciendo de su modelo de vida, una de las fortalezas del sistema. Zbigniew Brezezinski, considerado el halcón por excelencia del gobierno del presidente James Carter -1977 a 1981-, manifestaba entonces que “…deseaba ayudar a que Estados Unidos se ganara los corazones y las mentes de Europa del Este.”iii Convertido en uno de los principales ideólogos imperiales, amigo y asesor personal del actual mandatario de la Casa Blanca, en su obra El Gran Tablero Mundial, Brezezinski, al identificar a EEUU como única superpotencia global extensa, definía los cuatro ámbitos decisivos de su poder global: militar, económico, tecnológico y cultural. Respecto a este último, refería que disfrutaba “de un atractivo que no tiene rival, especialmente entre la juventud mundial,”iv y añadía:

“La dominación cultural ha sido una faceta infravalorada del poder global estadounidense. Piénsese lo que se piense acerca de sus valores estéticos, la cultura de masas estadounidense ejerce un atractivo magnético, especialmente sobre la juventud del planeta. Puede que esa atracción se derive de la cualidad hedonista del estilo de vida que proyecta, pero su atractivo global es innegable. Los programas de televisión y las películas estadounidenses representan alrededor de las tres cuartas partes del mercado global. La música popular estadounidense es igualmente dominante, en tanto las novedades, los hábitos alimenticios e incluso las vestimentas estadounidenses son cada vez más imitados en todo el mundo. La lengua de Internet es el inglés, y una abrumadora proporción de las conversaciones globales a través de ordenador se originan también en los Estados Unidos, lo que influencia los contenidos de la conversación global. Por último, los Estados Unidos se han convertido en una meca para quienes buscan una educación avanzada.”v

En esa carrera por ganar corazones y mentes para el sueño americano, toca a los periodistas, realizadores y comunicadores de nuestros pueblos, levantar alternativas originales y autóctonas que con rigor, calidad y frescura de lenguaje, nos identifiquen y enorgullezcan de nuestras raíces.

En el caso de Cuba, la historia es hoy el más seguro sostén ideológico de nuestro proyecto nacional. Ella se yergue como arma e instrumento de maestros, políticos y ciudadanos, para el afianciamiento de la identidad nacional y sus más genuinos valores.En el estudio y conocimiento de nuestra historia política, social, científica, económica y cultural, descansa el porvenir de la nación. Utilicemos las bondades tecnológicas de la época que nos ha tocado vivir, para legar a las actuales y futuras generaciones una historia a la altura de sus expectativas.

 

LA HISTORIA A TRAVÉS DEL AUDIOVISUAL

 

Rolando Pérez Betancourt

 

Intervención en el Panel organizado por la Red En defensa de la humanidad en el Congreso Pedagogía 2017 el 3 de febrero de 2017, en el Palacio de Convenciones de La Habana, Cuba.

Para hablar de la historia vista a través del audiovisual habría que empezar necesariamente por el cine, cuando el cine lo era todo antes de formar parte de ese amplio concepto que es el audiovisual.

Hablo, para empezar refiriéndome a nuestros país, de los días en que Teddy Roosevelt –––tres años más tarde presidente de los Estados Unidos–– desembarca en Cuba con su cuerpo de voluntarios, los llamados rough riders. Pero antes de plantar un pie en tierra esos soldados, son los técnicos, las cámaras de cine, los que toman posición para recoger la triunfal llegada de las tropas. Y esto tiene lugar en 1898, solo tres años después de que los hermanos Lumiere inventaran el cinematógrafo. Teddy Roosevelt está presente en la toma de la Loma de San Juan, la hazaña más divulgada en los Estados Unidos en relación con la Guerra Hispano-americana y reconstruida cinematográficamente para ponderarse el heroísmo de la tropa y por supuesto, de Teddy… (No importa que tan solo sea la toma de una loma). Tanto las escenas fílmicas que se vieron en ese país como la propaganda de la prensa escrita resultaron esenciales para que el cowboy Teddy Roosevelt fuera electo, primero gobernador de Nueva York y más tarde, vicepresidente.

Y posiblemente fueron esas imágenes las primera en dar pie a lo que luego sería la “americanización del héroe”, sustancia ideológica capital recreada en el cine de Hollywood, vista desde las primeras películas realizadas por esa industria, hasta los días de hoy y que consiste en que cualquier hecho de tintes históricos, narrado en cualquier país, siempre tendrá a un héroe norteamericano resaltando en medio de la lucha de la población nativa contra cualquier injusticia.

Un buen ejemplo sería la película “Santiago”, producida por la Warner Brothers en 1956 en la cual José Martí es un regordete de barriga cervecera, una suerte de vividor viviendo en 1898 en un palacio en Haití, donde contrata los servicios de un contrabandista norteamericano (interpretado por Alan Ladd) para que transporte un cargamento de armas a la provincia de Oriente. El general Antonio Maceo, que recibirá las armas (¡también está vivo en 1898!), es un soldado de aspecto siniestro y con un bigotillo a lo David Niven, que viste un uniforme de oficial similar al del Ejército Confederado en la Guerra de Secesión. Antes, como carta de presentación, el Martí de la Warner Brothers le ha dicho al cowboy Alan Ladd que Maceo “ha matado a dos mil soldados españoles con sus propias manos”.

Fueron los tabaqueros de Tampa los que hacen llegar la noticia que se estaba preparando una película donde la imagen de Martí era mancillada, pero fueron los maestros los que promovieron protestas en torno a ello. Tanto que el director de The Havana Post, les acusó desde las páginas de su diario de comunistas. Entonces el embajador Gardner, hace gestiones con Washington, y logró que una copia de “Santiago” se trajera a La Habana y se exhibiera en función privada para demostrar “sus buenas intenciones”. A esta presentación acudieron los ministros de Estado y Gobernación, senadores y representantes y aunque fue proyectada en inglés y sin subtítulos, los presentes opinaron que no había que hacerle mucho caso a la película, que Martí salía muy poco y lo importante era la actuación de Alan Ladd.

Habría que recordar que las películas históricas que se veían en Cuba, al igual que toda América Latina, con algunas excepciones de México y Argentina, provenían del Hollywood más ramplón, que tergiversa las historias a tono con sus conveniencias comerciales, simplifica los hechos y por supuesto les imprime sus visiones políticas e ideológicas.

Todo el que tenga años para ello recordará que buena parte de la campaña anticomunista imperante en nuestro continente provenía de ese cine, al tiempo que se trataba de imponer el modelo clásico de vida americana.

Personajes fílmicos que se van a encajar en la historia para poder contar desde sus individualidades lo que se desea contar: Es así que el mismo John Wayne que aparece como héroe reiterado en numerosas películas durante la Segunda Guerra Mundial, dando la visión de que Estados Unidos ganó por si solo la contienda en todos los frente, será el mismo que en 1960 dirija y protagonice El Álamo, un burdo panfleto nacionalista acerca de la anexión de Texas.

Esta fue una película muy criticada en los EEUU y muchos historiadores la criticaron y lo que alegó John Wayne fue el concepto de John Ford, -que fue la sustentación estética de innumerables películas suyas-, y es que lo que debe contar el cine americano no es la historia, sino la leyenda, que es ahí donde está la sustancia dramática, es lo que atrapa. Esto se va a reiterar en muchas películas.

En 1968 Wayne dirigirá “Boinas Verdes” sobre la Guerra de Vietnam, rodada bajo la anuencia del presidente Johnson y con toda la ayuda del Pentágono, una máxima, la ayuda del Pentágono, que será una constante en las cintas bélicas de ese país, incluyendo el primer Oscar otorgado a la película “Alas”, de 1927.

“Boinas verdes” de John Wayne será una de las tres películas sobre Vietnam que se realizarán durante la guerra, todas igual de panfletarias y de un esquema anticomunista que mueve a la risa, pero realizadas con el ánimo de levantar la moral ciudadana y de reclutar a jóvenes ingenuos. En tal sentido habría que resaltar el papel jugado por “Top Gun”, dirigido en 1986 por Tony Scott, sobre un joven aviador y sus hazañas en el aire. Realizarla costó 15 millones de dólares y recaudó casi 400, pero lo más importantes es que pasó a la historia de cine bélico como la cinta que más jóvenes logró reclutar para el ejército. (Por supuesto que realizar una segunda parte era intención del Pentágono, sin embargo “Top Gun 2” nunca llegó a rodarse porque poco antes de terminarse las negociaciones entre la Paramount y el Departamento de Defensa salió en la prensa la noticia de que varios aviadores habían violado a unas muchachas en un hotel del sureste asiático, y se prefirió dejar el tema tranquilo).

La lista de tergiversaciones históricas por parte de Hollywood es interminable, pero quizá el caso más sonado” sería el “Rambo” de Stallone, alabado por el mismísimo presidente Reagan (“I love Rambo”, diría él) y esa fue una manera burda, manipuladora de lograr que una guerra que había sido un estigma en la sociedad norteamericana se viera de otro punto de vista. En ella resalta la individualidad, lo cual es una perenne en las historias que cuenta los Estados Unidos, o sea que a partir de un solo hombre de esa voluntad y ese heroísmo, se gana la guerra.

Les he hablado de películas muy burdas, pero también las hay elaboradas con inteligencia, de manera de deslizar finamente la tergiversación histórica y el eterno mensaje anticomunista y permítanme citar una sola de ella, la muy reciente “El puente de los espías”, realizada en el pasado año por Steven Spielberg. Solo el cine de la guerra fría daría para hablar largo rato como el de la Segunda Guerra Mundial.

Hay un hecho histórico que muestra el papel que juega el cine. En Italia, después de la Segunda Guerra Mundial, todo parecía que iba a ganar el Partido Comunista, entonces empezaron a exhibirse películas soviéticas en las que todo era sin color, se veía miseria, con unas tramas tremendas, a esa películas se opusieron las películas norteamericanas que exhibían el American Way Of Life, llenas de color, con Greta Garbo y hay un estudio muy interesante que revela como esto influyó en que la votación no favoreciera a los comunistas.

Siempre ha existido un acuerdo entre el Pentágono y las películas de guerra, de las que se están haciendo hoy muchísimas. Hay un acuerdo que existe entre las fuerzas armadas y los directores. Las fuerzas armadas ponen todo lo que necesita el filme a cambio de que la bandera norteamericana salga en determinados planos un número de veces acordado por contrato. Además, el guión es revisado y aprobado por ellos y todo el tiempo hay un ejecutivo del ejército presente en la filmación. En la revisión del guión lo que no les gusta a las fuerzas armadas hay que quitarlo, si no, se le retira todo el apoyo. A veces detrás de una película que uno ve con gran despliegue técnico, hay una gran cantidad de concertaciones y concesiones.

Por una parte Hollywood necesita de los “juguetes” del Ejército para filmar cualquier escena y por otra parte, el Pentágono necesita de la difusión y del marketing de Hollywood para promover un perenne estado de guerra, convencer a los ciudadanos de enlistarse o mostrarse complacientes con un Estado que tolera que sus contribuciones sean usadas para financiar la máquina bélica. Y es que el Ejército se ha dado cuenta de que la propaganda directa no es tan efectiva como la glorificación de la guerra que se hace en las películas. Además existe un lazo profundo entre los grandes estudios de Hollywood, sus dueños y los dueños de las grandes compañías como General Electric, NBC y Universal, que también tienen participación en la industria militar. Por lo tanto, se trata de un negocio redondo.

 

Tras el derrumbe de las Torres Gemelas en 2001, el asesor principal de W. Bush lo primero que hizo fue visitar a Hollywood para pedir que se hicieran muchas películas que levantaran el ánimo patriótico del pueblo norteamericano, esto ha sido una constante y se repite con un presidente y otro.

Los primeros videojuegos son bélicos y los patrocina el Pentágono. Buena parte de la industria de los videojuegos fue subsidiada en el inicio por contratistas militares, de donde se entiende por qué la mayoría de los primeros juegos tuvieron una inclinación marcial (Atari Combat, Misile Command, Contra, etc.) Y por supuesto que eso videojuegos se llenarán de “entretenimientos” dirigidos a eliminar a personajes históricos, entre ellos Fidel Castro, algo así como si se dijera: lo que la CIA no logró en más de 600 planes de atentados, usted puede hacerlo y al mismo tiempo divertirse desde la sala de su casa.

Detrás de todo ello, las sombras de una hábil maquinaria perteneciente a la industria del entretenimiento, en la que historia, realidad, tergiversación, economía, moda, ideología y pseudocultura se combinan en una gran amasijo en aras de promover un producto único signado por la banalidad y el desinterés por desentrañar lo que en verdad hacer falta saber acerca de esta conspiración de los sentidos cuya mediocridad devora cada vez más mundo. Y aquí habría que detenerse para hablar del papel de la televisión e Internet, las imágenes que allí aparece como inmediatez de un “producto” mercantil aplicable igualmente a la mayor parte de las redes informativas que envuelven el planeta y que están sujetas a visiones simplificadas y tendenciosas, que luego se convertirán en Historia de tanto repetirse, como lo demuestra la sostenida campaña contra Siria que se ha venido realizando, muy parecida a aquella otra que se libró como espaldarazo a W. Bush en cuanto a que había armas de destrucción masiva en Iraq y, por lo tanto, “¡hay que invadir!”.¡Cuántas imágenes fabricadas en función del engaño!

Pero la historia no es solo la guerra y hay una larga lista de cintas con visiones mentirosas o tergiversadas en función de guiones llenos de fórmulas para atrapar al espectador, cintas en las que la historia es un mero pretexto. Películas de romanos, (Péplum), películas religiosas, sobre las revoluciones, francesa, mexicana, cubana, rusa, sobre la Crisis de Octubre.

Por supuesto que hay otras cinematografías que han tocado el tema histórico, pero nadie discutirá la influencia en el mundo del cine norteamericano y en especial de Hollywood.

Al respecto, permítanme recordarles que si revisan las listas de los 300 filmes más recaudadores en la historia del cine, o los 500, o los mil, no se encontrará una sola película de Bergman, Fellini, Antonioni, o de cualquier otro realizador de calidad de nuestros tiempos.

El desarrollo de la técnica, y el hecho de estar respaldado por una industria millonaria que no le quita el pie al acelerador promocional, hacen que el cine de Hollywood no solo se siga imponiendo en el mundo, sino que sirva de referencia a no pocos realizadores de otras latitudes que rinden su talento al servicio del éxito más o menos seguro. Sin olvidar el acondicionamiento de un gusto popular, masivo, significativo, que a lo largo de los años no admite transformaciones sustanciales a lo que se ha venido consumiendo, maniobra cultural que está dando lugar a un fenómeno preocupante, y es que hoy los productores no deben insistir tanto en producir más de lo mismo, ya que son los propios espectadores, enganchados por las viejas fórmulas, los que exigen que no se hagan cambios. (ejemplo el reciente filme “La La Land”, manipulación de la nostalgia y el modernismo con 14 nominaciones al Oscar)

Desde hace bastante tiempo, más del 80 por ciento de las entradas vendidas en el llamado Viejo continente son para ver filmes realizados en los Estados Unidos. América Latina no se queda atrás en ese porcentaje desastroso que hace ver que ocho de cada diez películas que se exhiben comercialmente en el mundo, son norteamericanas. Los temas espectaculares, y no por ellos menos frívolos, desarrollados mediante las dramaturgias clásicas inherentes a Hollywood (no importa que estén llenos de efectos especiales) son respaldados por impresionantes campañas de marketing que invierten en la promoción de las películas consideradas “importantes”, entre un 100 y un 120 por ciento del costo de producción, las que no, son vistas.

Y permítanme recordarles que esa llamada Industria del Entretenimiento está especializada en hacer “del entretenimiento” algo insustancial y aparentemente libre de ideología y propaganda, cuando en realidad ocurre todo lo contrario, y un buen ejemplo reciente lo es el serial titulado Comandante, sobre el líder Hugo Chávez, producido por la Sony, anunciado a bombo y platillo desde una supuesta “visión objetiva” y que constituye una ofensa absoluta a la figura del expresidente venezolano.

La historia sigue y el audiovisual seguirá contándola con una evidente desventaja de los países pobres frente a esa Gran Industria del Entretenimiento.

El papel de la crítica y de los educadores se hace indispensable, aunque a veces pareciera que algunos críticos se someten mansamente y olvidan su función desentrañadora. A veces la crítica no quiere ver las maniobras que hay detrás de supuestas visiones postmodernistas para tratar de escatimar algo que sigue siendo importante e inconmovible desde todos los tiempos y es la ideología. La ideología existe y no hay quien la niegue. Hay críticos que la niegan y dicen que los tiempos no son ideológicos y están colgados de la brocha del fin de la ideología. Hace daño esa teorización que trata de explicar los nuevos tiempos a partir de las nuevas tecnologías y olvidan que esa ideología esta presente en todos los intentos, en todos los inventos que se hagan. El poder de clase va a estar presente siempre y eso no lo podemos perder de vista.

En tal sentido, las escuelas no deben estar de espaldas a los que hoy ven nuestros alumnos en término de audiovisual. Se necesitan asignaturas al respecto. Un papel activo, constante, ya no para defender posiciones que pudieran ser variadas. No es ver películas para defender políticas de Estado, sino para hacerles ver a los alumnos cómo la gran maquinaria trata de someternos mansamente. Aprender a ver para lo cual tenemos que aprender a ver nosotros. Así como se estudia Historia, Ciencias Sociales, estudiar el cine vinculado a toda la tergiversación que se recibe. Lucha ardua pero da sus frutos.

Soy partidario de algo que pudiera denominarse la alfabetización del gusto y del conocimiento libre de influencias manipuladoras. El gusto, aunque alguna gente no esté de acuerdo, se puede alfabetizar a partir de un trabajo inteligente y culto. Hay que influir en la gente, no para que piensen como nosotros, sino para que tengan herramientas para analizar, para que no se queden como “enanos intelectuales”. La gente no quiere pensar, igual que no quiere leer y hay que promover el análisis. Hay que discutir las películas, hay que motivar a los alumnos, pero si el maestro está seducido por lo más ramplón de Hollywood (no todo Hollywood es ramplón, pues hay cosas de calidad) pero si el maestro no tiene conciencia de eso, no podrá hacerlo. Eso exige de todos nosotros que estudiemos, que nos convirtamos en espectadores activos, que tratan de superarse y no se queden pasivamente aceptando todo lo que ven.

Algunos se oponen y lo acusan de entrometimiento, pero es esencial para crecer humana y espiritualmente, en tiempos en que, por desgracia, se lee cada vez menos y las imágenes, y el audiovisual, dominado por los otros, siguen empeñados en conformar un mundo cultural cada vez más mediocre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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