Michael Bay pide a los fans relajarse porque sus Tortugas Ninja tendrán un trasfondo “más complejo”
Tras la reacción negativa masiva que se generó luego que Michael Bay anunció que la nueva película d
Michael Bay pide a los fans relajarse porque sus Tortugas Ninja tendrán un trasfondo “más complejo”
Tras la reacción negativa masiva que se generó luego que Michael Bay anunció que la nueva película d
Hobo with a shotgun
Después de que “Grindhouse” (2007) volviera a poner de moda la serie B de mano de sus creadores Robert Rodriguez y Quentin Tarantino, y tras el éxito de ”Machete” (2010), otro proyecto salido de este trabajo conjunto volviera a poner el punto de mira en este género, una nueva propuesta salida de un falso trailer de la saga aparece en escena.
“Hobo with a shotgun” (2011) surge de la idea de crear un héroe lo más absurdo posible, un vagabundo, por ejemplo, que se enfrenta a unos villanos supermalísimos, dispuestos a hacer la vida imposible a todo un pueblo. Familias de mafiosos, policias corruptos, periodistas de telebasura y pedófilos vestidos de Santa Claus serán los malvados a los que tendrá que enfrententarse nuestro antihéroe, interpretado por el replicante de Blade Runner, el mítico Rutger Hauer, únicamente acompañado por una prostituta que podría haber salido del barrio de las putas de Sin City.
Una cuidada recreación de la estética de los 80, acompañada de un humor en ocasiones absurdo y violento, que hará las delicias de los fans del género.
Oda a un género
Afortunadamente, el de terror nunca será un género cinematográfico mayoritario. Y digo afortunadamente, porque amo el cine de terror. Me fascina, me intriga, me atrapa, me subyuga, y nunca, nunca me aburre. Por eso, me alegro de que nunca vaya a ser un cine de consumo masivo: porque así, sé que la presión comercial nunca será abrumadora, y que se podrá mantener siempre una buena medida de independencia, de innovación, de atrevimiento, de descaro y de iconoclasia.
(Si bien, aquí urge que distinga entre el cine de terror, que parte de la intención honesta de hacer cine de género, y el pastiche, subproductos basados en explotar la parte más visceral (en el sentido literal) del género y encadenar escenas explícitas de torturas; no en vano en EEUU han merecido el acertado calificativo de torture porn). (Detesto igualmente las mal llamadas comedias de terror, a las que no pienso contribuir ni con una pizquita de publicidad mentando títulos; sólo diré que he soportado el visionado de algunas y, desde luego, tenían tanto de terroríficas como de graciosas, o sea, nada).
Muchas veces me he preguntado por qué, cuando paulatinamente he ido perdiendo el placer que me proporcionaban antes las películas en general, así como mi capacidad de atención hacia ellas, a pesar de todo eso mi interés y mi gusto por el cine de terror se ha mantenido invariable. Quizá sea baldío ponerse analítico con cosas a veces tan irracionales y, en un sentido práctico, tan arbitrarias como son las preferencias y los gustos de cada cual; puesto que, cuando algo nos gusta, nunca es una opción consciente y razonada. Pese a ello, y no habiendo tenido otro conejillo de Indias a mano más que yo misma, tengo varias hipótesis acerca de la raíz de una afición tan incomprendida (si alguien que me lee es un hermano fan, habrá tenido que soportar miradas de extrañeza o algún “¡No sé cómo te puede gustar eso!” cuando salió de ese armario).
Puede que nos guste porque nos conecta directamente y sin la intermediación o barrera del cerebro con el momento en que supimos lo que era el miedo, con nuestros terrores infantiles, con nuestras pesadillas que tan reales parecían, con esa edad, la infancia, tan maravillosa e inocente, sí, pero a la vez tan absolutamente aterradora y de contornos tan difusos; de niños, no sabíamos distinguir entre realidad y ficción, y además, éramos los seres más indefensos y vulnerables del mundo, siempre a expensas de los mayores para protegernos del mundo y de los seres malvados que lo poblaban.
Es casi imposible que nadie recuerde la primera vez que tuvo miedo. Quizá estaba despierto y se acababa de dar cuenta de que su madre no estaba por ningún lado; quizá estaba dormido y veía en sueños a un monstruo, o a una persona real que constituía una amenaza. Tal vez se acababa de despertar de ese mal sueño y estaba a punto de sentir por primera vez el miedo a la oscuridad; o puede ser que simplemente creyera ver cosas que no existían, sin poder precisar si era día o noche, si estaba despierto o todo era un sueño. Es difícil saberlo; la infancia, ya digo, me parece una etapa en la que uno se está configurando y va y viene de determinados territorios que sólo más tarde serán mutuamente excluyentes, como el agua y el aceite.
Es un momento de misterio absoluto, rodeado de incertidumbre, y quizá también de curiosidad. Imagino que habrá muchísima literatura psiquiátrica y psicológica sobre este tema. Pero quizá todos nuestros miedos tomaron cuerpo en ese primer momento, como un mecanismo nuevo que se instauró y que luego sólo nos limitamos a accionar. Una película de terror siempre juega con los miedos más primarios del hombre, evocándolos bajo distintas formas. Así pues, verlos reflejados en una pantalla y bajo la máscara de una ficción puede actuar como psicodrama que nos alivia, ayudándonos a revivir aquel primer momento de terror y a exorcizarlo una y otra vez, con lo cual ganamos terreno a lo irracional y a lo incontrolable de nuestras mentes.
También he leído por ahí otra interesante teoría, según la cual lo que más nos satisface de una película de miedo es la situación de dominio y de control total en que nos sitúa, pues vemos sin ser partícipes de lo que vemos; es, quizá, otra forma de vencer el miedo, al contemplarlo desde un refugio seguro, el de la butaca del cine o el sofá de casa. En ese sentido, no sería más que el placer derivado de intensificar la sensación de sentirnos seguros, bien asentados, cómodos y a salvo en nuestra casa, en nuestras circunstancias y en nuestra realidad; y, yendo más allá, el placer derivado de apreciar más todas esas cosas.
Añado otra posible explicación: la de que nos gusta ver ese tipo de películas porque, simplemente, no nos asustan en lo más mínimo; somos tan realistas, que en ningún momento participamos del juego de la ficción, y siempre somos conscientes de que es el mundo real, con sus seres humanos reales, lo que debe tenernos alertas y activar nuestros instintos de protección, no una fantasía de celuloide ni un cuento contado alrededor de la ancestral hoguera.
Por último, además de todo lo anterior, puede ayudarnos a entender un poco mejor la naturaleza humana, al mostrar sus lados más oscuros.
* * *
Hoy quiero recomendar una película que he tenido la suerte de ver (ya he dicho que el cine de terror es minoritario): Blood river (río de sangre, en inglés; película de EEUU, del 2009 y dirigida por Adam Mason, con un reparto mínimo pero más que suficiente, con tres -para mí- desconocidos pero muy eficaces intérpretes). Es una película del género, aunque también se puede inscribir dentro del thriller-psicológico-con-elementos-sobrenaturales-y-otros-ligeramente-macabros (aunque sólo ligeramente). Como tantas otras, da a entender el advenimiento de lo siniestro desde el primer momento, en el que comparecen los felices y atractivos Summer y Clark, marido y mujer que esperan un hijo y que conducen por el desierto de California para una visita de familia. Es 1969 y no hay teléfonos móviles, Internet ni GPS, por lo cual, cuando se les revienta un neumático y no encuentran el del repuesto, se ven abocados al viaje que cambiará sus vidas y les dará ocasión de hacer la prueba de fuego del hasta que la muerte nos separe… Y no sabemos si la muerte, o la fatalidad, o la mala suerte, o simplemente la anécdota pasajera, o qué, pero algo, vendrá de la mano de ese vaquero que, pese a recorrer las carreteras desérticas a pie, no parece sudar ni una gota, ni parece perder la calma ni su sardónico sentido del humor por nada… 
Lo que parecía una segunda luna de miel en la era del amor y la felicidad se convierte en un viaje iniciático y revelador por las carreteras secundarias, casi intransitadas del peso de la conciencia, el desafío de hasta qué punto conocemos -y confiamos- en aquellos que consideramos más cercanos, la inocencia y la culpa, y el silencio contra el enfrentamiento y la expiación.
Es una película que parece un thriller más, pero que delinea muy hábilmente y con mucho acierto la línea entre lo denso y lo espeso, quedándose a salvo en el primero.
The Help, la película que vi.
Los Oscar ya fueron, y aun persiste su estela.
Muchos nunca creyeron en la relevancia de las películas nominadas. Acusaron demasiada nostalgia por tiempos pasados, demasiado interés por contar historias correctas, sin riesgos y sin consecuencias que no dejen dormir por las noches.
Se sumó a la desconfianza, justificada por demás, los resultados del estudio realizado por Los Angeles Time, el cual demostró que de los 5 mil 765 integrantes de la Academia que deciden quién se lleva el Oscar, casi el 94% son blancos, de ellos el 77% son hombres y la edad promedio de los votantes es de 62 años.
Pero a mí nunca me han importado mucho los Oscar, ni otros premios, me importan las películas. Lo que me dicen o no me dicen. Lo que me mueven dentro. El sueño que aniquilan o la luz que dejan entrever entre escena y escena.
Así me sucedió con “The Help” o “Criadas y señoras” o “Historias Cruzadas”; en dependencia de la zona horaria, geográfica y hasta emocional en que hayas accedido a esta cinta.
Algunos sectores de la población negra de Estados Unidos no han estado muy conformes con la película por el papel “estereotipado” de las criadas que se personifican, ni porque la feliz idea de escribir un libro haya venido de manos de una “blanca” para su propio provecho. Por otro lado, una parte de la población blanca no ha estado muy feliz por la vuelta a las pantallas grandes de un fenómeno que tienen todos los días frente a sus narices, que persiste y cobra nuevas formas de expresión aunque quieran negarlo.
A mí me valió la historia de colaboración y de alianza entre las mujeres –sin importar sus razas o sus posiciones en la escala social- en ese Jakson infernal de la década de los sesenta del siglo XX. Porque es otra muestra de las reacciones de las mujeres contra el patriarcado que las segrega, las invisibiliza, las discrimina, las silencia.
The Help, con todos sus defectos, sus ambigüedades, sus lugares comunes, me cuenta la lucha de las mujeres contra el silencio. Su capacidad de crear finas redes, a veces vulnerables, para tejer entre todas la resistencia.
Por eso me ha gustado la historia de la escritura de un libro con las vivencias de las domésticas de Mississippi, de un pequeño territorio, como camino para descubrir y describir diversas estrategias patriarcales configuradoras de una conspiración del silencio, en una época en que se estaba gestando el movimiento por los derechos civiles de los negros en los Estados Unidos, con Martin Luther King como abanderado.
“Nadie me había preguntado que se sentía ser yo” dice casi al final de la película Aibileen Clark, una de las protagonistas. El proceso escritural les permitió nombrar una experiencia donde pesaba tremendamente el color de la piel y el género. El yo íntimo de cada una de las que participaron en este proyecto fue puesto en evidencia, dejó de ser una entelequia, un algo inexistente. A través de las palabras cada una nombró su dolor, sus temores y sus pequeñas alegrías y por lo tanto tomaron la voz que les correspondía, el espacio vedado por décadas de discriminación racial y de género.
Al mismo tiempo esta película pone en evidencia algo que muchas veces a las mujeres nos cuesta asimilar; y es que dentro de nuestras sociedades, patriarcales por excelencia, también tenemos que lidiar con otras féminas que se encargan de vigilar que los patrones sexistas, discriminatorios y diferenciadores se mantengan y se reproduzcan.
En la cinta es el personaje de Hilly, quien principalmente se encarga de esta tarea. Todo el tiempo se ocupa de estar observando, vigilando, los comportamientos de género de las otras personas. Se erige en la propia carcelera de las demás mujeres de su entorno con métodos lamentables. Asume con suma complacencia el papel de policía de género, al decir de Marcela Lagarde. Y de paso ayuda a hacer más efectivas las maniobras de un patriarcado por establecer reglas inamovibles.
La escritura frente a la dominación. La escritura como método de solidaridad, de potenciación de los propios recursos, de arma contra todo aquello que disminuye, subyuga, discrimina. La fortaleza de la palabra de la mujer contra un destino que no escogió, contra los barrotes de una jaula que a cada momento se cierra más sobre ella.
Esta fue la cinta que vi.
Coincidentemente este año el movimiento feminista cubano celebra su centenario y es un momento en que los debate de género se han revitalizado en el país, sin que se piense por ello que la palabra de la mujer cubana hoy encuentra siempre los espacios más propicios para germinar.
Ficha técnica:
Dirección: Tate Taylor
Guión: Tate Taylor basado en el bestseller de Kathrin Stockett
Reparto:
• Emma Stone como Eugenia “Skeeter” Phelan.
• Viola Davis como Aibileen Clark.
• Bryce Dallas Howard como Hilly Hoolbrook.
• Octavia Spencer como Minny Jackson. (ganadora del Oscar a mejor actriz de reparto)
• Jessica Chastain como Celia Foote.
• Allison Janney como Charlotte Phelan

