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Acerca de la vida y su sentido‏

nov-7-2011 By cinefilo

  Malick el cabalista Javier Betancourt 4 de noviembre de 2011 · MÉXICO, D.F. (Proceso).- Tortu

Psicanzuelo analiza “El Árbol de Vida” de Terrence Malick, una oda al orden divino, con una mirada metafísica que se posa sobre el entramado de la película como por los sefirots del código cósmico o por el laberinto de las múltiples personalidades del Universo: la creación, la preservación y la destrucción (o transformación)

El Árbol de la Vida (Terrence Malick, 2011) es una oda al orden divino, un agradecimiento halagador al padre universal (¿una oración?) a través de la voice over de su creación. Pero en el fondo es una elegía de la condición del hermano, en una especie de juego conspirador ante la dureza necesaria y justificada de un padre. ¿Será un reclamo? No me lo parece. Más bien una celebración de poder compartir con alguien el contar con limites impuestos por una figura más experimentada que va mostrando el camino mientras podemos ver creciendo a nuestro lado a este hermano, a la par, como un espejo; mirar a la distancia los obstáculos a superar —superándolos.

Un túnel completamente oscuro al estar lleno de una luz que ciega, haciéndonos sentir perfectamente lo que es no poder percibir lo que sucede al estar completamente dormidos en la ilusión de las formas y la sensualidad de la tercera dimensión que, por un instante, el film rompe; por un momento despertamos de vivir la experiencia a través de tener un cuerpo y al mismo tiempo somos conscientes de nuestro proceso. Somos arropados por el dolor-amor de una madre entregada-abnegada a su familia, con el cabello tan rojo como la zarza que se encendió frente a Moisés con la que Dios se comunicó con él “¿por primera vez?”.

La cinta despliega un mundo familiar de la década de los 50s; donde la cámara no deja de moverse ni por un instante, flotando como si fuera un ángel que vigila cada movimiento de la creación de Dios tomando conciencia de ser Él mismo. Un mundo que se va despertando-desplegando hasta mostrarse como esa capa de la cebolla mar celestial, supernovas, galaxias, órbitas, hasta de nuevo ir hacia dentro de las formas arcaicas cuando este planeta era nuevo. Por un lado esta cinta podría parecer que tiene que ver más con documentales científicos filmados en 70mm y proyectados en salas IMAX de museos. Por otro lado, parece pertenecer a gran escala a otro tipo de las que han intentado previamente dilucidar la mente divina, como 2001: Una Odisea del Espacio (Stanley Kubrick, 1968). Pero siento que todavía más cercanas, aunque no lo parezcan en forma, son cintas que tratan de encontrar el orden del hombre dentro de este plan, siendo parte de, pero intentando dilucidarse de la única manera que es posible, entre unos y otros. Mediante una red kármica, que inicia con los lazos familiares y se despliega hasta alcanzar las dimensiones internas de un aro de la gran cebolla, la genética y el espíritu cohabitan, compiten, se estorban y mutuamente se ayudan. Pero en un aro se contiene toda la cebolla, esa es la maravilla de esta reflexión: podemos sentir la más grande ansiedad ante la consciencia galáctica o por otro lado celular, hacia arriba o hacia abajo. Pero si ponemos atención, a los lados es hacia donde realmente se está expandiendo la creación, y esto es desde la familia hacia fuera, ahí es donde la creación se manifiesta día con día, donde el tiempo pesa tanto pero donde finalmente no existe. En el corazón del individuo.

El termino de “árbol de la vida” tiene connotaciones religiosas específicas de la Cábala judía, es un modelo de la creación celestial-divina, para su comprensión por parte de la humanidad. Es la máxima expresión de su creación, de sí mismo-a (Jehová); donde 10 Sefirots guardan los 10 caminos, que son una especie de estados de consciencia que apuntan hacía lo divino desde nuestra naturaleza humana. Pero el mundo en el que, atrapado, reside Jack O´Brien (Sean Penn) tiene que ver más con la máquina humanidad, una revancha de Lucifer de la que en ningún momento se habla, pero que queda clara en un presente frío y desalmado; una especie de iPhone gigante de cristal-metal que atrapa al individuo, la nostalgia por la vida espiritual en familia, de compartir un corazón. La consciencia despierta gracias a la experiencia trágica de la muerte de un hermano desde la cual el individuo inicia una búsqueda del tiempo perdido, donde reside la alegría extraviada que era tan simple como prender luces artificiales, de sonrisas sin más fin que el de divertirse por la noche estrellada. La liberación solo es posible en una ruta por caminos naturales donde el espíritu puede mirarse como verdad que reside en un cuerpo físico, entre almas perdidas que se encuentran en un limbo que solo puede ser cielo, en un eterno presente humilde, en la verdadera voluntad de Dios y no del hombre: es lo que tienes enfrente en este preciso instante y no lo que desearías tener.

Lo que me resulta más interesante es la conciencia de la que está provista la película, tomando consciencia de sí misma. La música no proviene del cosmos, sino que lo despierta, es la fuerza espiritual antecediendo a la material que deja su huella en un farol de la calle encendido contra el cielo nocturno; es el mismo cielo al que la madre apunta diciendo, “ahí es donde vive Dios”, pero de día y lleno de nubes. La respuesta llega más tarde en la película desde la mente del hermano mayor adulto, en duelo por la muerte, pero no la de su hermano, sino solo muerte infinita: la madre flota junto al mismo árbol tratando de danzar, lo que pudiera ser Dios diciéndole que no solo vive en el cielo. Un recuerdo intervenido por la divinidad, como los sueños diurnos que solía tener el visionario William Blake aún siendo un niño.

Emmanuel Lubezki muestra un talento que lo ubica claramente como el mejor director de fotografía de cine mexicano de todos los tiempos, sin su colaboración el mensaje de Malick no podría existir. Porque El Árbol de la Vida es una obra que solo puede existir en el medio cinematográfico y perdería toda su fuerza si se intentará trasladar a cualquier otro. La luz en esta cinta cobra una importancia tal que solo es equiparable con los movimientos de cámara y la edición a la que contrasta; una edición intrínseca a los movimientos de cámara y extremadamente sofisticada. La luz ocupa el espacio reflejándose y haciendo nacer las formas geométricas del mundo, no solo denota la dimensión, sino los cambios de estación donde en verano los niños juegan empapados de sudor que los lleva a efectuar actos vandálicos en grupo, más bien manada (a pecar por primera vez), y también gracias a la luz podemos sentir cómo una madre cariñosa arropa a su hijo bajo las colchas que lo protegen de la noche fría o exponen inclementemente ante las pesadas labores dominicales que empiezan desde temprano, de la mano ruda de un padre duro. La luz que golpea el camisón que roba el niño denota su deseo en tonos de color, la suavidad artificial de la tela mientras fluye en la transparencia del agua, la corriente de pureza que no deja de correr. La luz se refracta en versos visuales de rostros que experimentan diversas emociones al estar vivos, los movimientos de cámara suavemente abruptos nos mantienen alerta del mensaje trascendental que está en cada imagen, nunca vemos una escena completa, sino pedazos de realidades perfectamente construidas, una especie de parpadeo de un ser trascendental intentando hacernos conscientes de la insignificantemente excelsa naturaleza de cada instante al estar vivo. Cada ser humano es equiparable a un planeta en sí, que conjugados en sistemas planetarios familiares construyen galaxias.

El mismo Lubezki afirma que trabajar con Malick ha sido igualmente difícil y placentero, porque nadie trabaja así; usa la cámara para registrar emoción más que una actuación o dialogo. Con respecto a los actores hollywoodenses con los que trabaja el director, ha sido un enorme reto, sobre todo para sus egos, para sus mentes, yo creo que hasta para sus cuerpos ya acostumbrados al mecanismo de la gran industria cinematográfica; dicen que Sean Penn estaba indeciso entre si aprender el sistema para usarlo más tarde en sus propias producciones o no contestarle jamás el teléfono a Malick.

Textualmente Lubezki dijo sobre la fotografía: “Intenta provocar un montón de memorias, como una esencia o un perfume”. Esto ocurre una y otra vez y de sopetón; el maestro no solo está abordando su infancia, sino resolviéndola, ¿cerrando capítulos inconclusos antes de morir? No importa, porque los temas son en especial universales por su profunda espiritualidad. Es un film vivo sobre la conciencia de estar vivo, sobre los ríos de situaciones, acerca de las decisiones personales, donde se cuestiona la naturaleza de la libertad y lo que puede liberar; sobre obedecer, sobre el bien y el mal; y acerca de cómo el paso del tiempo aplasta todo y al mismo tiempo nada puede ser sin él, una partitura de música de un padre de familia que no pudo ser músico en las manos de un hijo que no está interesando en la música como la entiende su padre. Explica Lubezki: “Los actores actúan sus diálogos, pero Terry (Malick) no está interesado en el diálogo. Así que, mientras hablan, estamos filmando un reflejo o filmando el viento o filmando el marco de la ventana, finalmente paneamos a donde están y están terminando de decir su diálogo.”

Espectadores que estén buscando un drama común con un principio, desarrollo y gran clímax, quedarán muy decepcionados, podría ser que hasta furiosos lleguen a abandonar la sala. Espectadores que al abordar cerebralmente la cinta queden muy confundidos ante lo que parece un viaje astral con reminiscencias de Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993) y prólogo de ciencia ficción en telepatía de Dunas (David Lynch, 1984). La seriedad del proyecto, que no tiene nada que ver con la posibles percepciones contaminadas, se aclara con la búsqueda de Terrence Malick durante años por imágenes verdad de naturaleza en el mundo que expresaran lo que el día de hoy podemos vislumbrar ante la obra concluida. Los ejecutivos del estudio de producción lo perseguían desesperadamente exigiéndole un tratamiento del guión que fuera producible, mientras el director, protegido por Brad Pitt y su participación en la cinta que en ese entonces tenía oficialmente un corte documental, no dejaba de filmar desde volcanes en erupción en distintos puntos del mundo, parajes abstractos en biosferas irregulares y hasta con cooperación de la NASA, porque el planeta no fue suficiente para expresar la gran verdad. En ese momento Malick ganó tiempo ante los estudios hollywoodenses de mente cerrada, pero a los que sabe galopar tan bien, y dirigió el Nuevo Mundo (Terrence Malick, 2005), en lo que reformulaba su ópera magna y al mismo tiempo regalarnos otra gran película.

El montaje espacial del Árbol de la Vida tiene un calculado ritmo abstracto y está apoyado con coros de voz al que no podemos aproximarnos racionalmente, y es que el estampado brahmánico no se puede más que sentir, y si lo permitimos hará vibrar nuestro ADN, derrumbando muchas trabas y permitiéndonos estar listos para abordar la siguiente parte de la película.

Con ojos de niño, unos ojos infantes brillantemente dirigidos y capturados por la cámara entre pasillos de realidad construida de un pasado década de los 50s perfectamente materializado por el veterano diseñador de producción Jack Fisk. La cámara continúa bailando entre texturas y colores de este mundo y súbitamente encuentra las escenas en ejes magníficamente establecidos, para inmediatamente romperlos y establecer un nuevo eje sobre la acción de los actores que despliegan un realismo difícilmente visto con anterioridad; por ejemplo, en el caso de Brad Pitt (Mr. O’Brien), una fuerza descomunal contenida en brillos de córnea que llega a su aura más allá de ser estrella fílmica o personaje de Malick, sino el arquetipo de padre universal.

Pero en la obscuridad de la sala de cine todo inicia con ese halo, diamante, vapor de cristal-consciencia, siendo esto todo lo que lo constituye y de lo que está conformado el universo.

Se podría decir, no sin sentir un poco de miedo ante el mundo, que esta es una película experimental con el espíritu de hace 40 años pero con un presupuesto de 32 millones de dólares; sería una interesante reflexión si solo el dinero hace distinta esta propuesta que lo que hacían Mekas, Deren o Brakhage. Creo que para lo que está haciendo Malick, el factor económico es necesario y aquí sería importante cuestionar si su intento pertenece al mundo de la naturaleza o al mundo de la gracia, como lo hacen sus personajes. De niña la madre de la familia, la que no puede ser más apacible Mrs. O’Brien (Jessica Chastain), cargando un corderito frente a su padre en la pradera, conoce la disyuntiva en la que uno puede elegir entre vivir en cualquiera de estos dos mundos. El camino de la gracia o el de la naturaleza, la fuerza o la compasión.

Tengo una copia en DVD del Árbol de la Vida y desde hace mucho no me pasaba que puedo usarla de atmósfera para cualquier actividad que pueda estar realizando en mi casa, como un loop infinito al que placenteramente puedo voltear a mirar-admirar-gozar en cualquier momento; mi espacio terrenal se convierte-despierta a su  verdadera realidad cósmica, me doy cuenta por instantes de nuevo que este planeta es una enorme nave que viaja-baila en el universo como la cámara de Malick sobre sus realidades-personajes-locaciones-texturas infinitas. No podía entregar este escrito sin haber visto en la pantalla grande esta ópera magna, que confirmo, hay que verla en el cine; la edición está hecha para experimentarse así.

Douglas Turnbull es el supervisor de la fotografía de los efectos especiales del Árbol de la Vida, mismo que no trabajaba desde Blade Runner (Ridley Scott, 1982) y mismo que fue el encargado del mismo departamento en Odisea 2001. No cabe duda de que un gran director no puede serlo sin ese don de la humildad: hay que aproximarse con la gente que tiene el conocimiento y hacerlos parte del equipo por el bien de un proyecto, del cine mismo. En el caso concreto de El Árbol de la Vida, el espacio sideral no solo se vuelve a través de la cámara real, físico, sino que logra que el mundo microscópico pertenezca a la misma dimensión y es ahí donde la película es particular; más tarde no dejaremos de estar en la misma dimensión con la familia, que protegidos por un techo y  sostenidos por un suelo, que constituyen la casa, puede respirar cada nuevo día.

Una de las más hermosas películas jamás filmadas, de verdad me llena de gusto la posibilidad de cómo alguien es capaz de tomar al cine tan en serio en el 2011, en una época llena de cinismo. Terrence Malick seguramente provocó una sonrisa del cineasta ruso Andrei Trakovski  desde las alturas, desde el cielo arriba del árbol donde probablemente cuida e influye este tipo de producciones; porque aquí se lleva a cabo lo que el maestro ruso consideraba que constituía la misión del cine, encontrar un lenguaje propio (superar la influencia de los otros medios) y sobre este lenguaje encontrar su grandeza.

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Guión de El Árbol de la Vida

Reviewing Tree of Life

Blog de Psicanzuelo

Fuente: pijamasurf

Exploración metafísica y transmutación del sufrimiento a través del éxtasis audiovisual en la reciente ganadora del festival de Cannes, “The Tree of Life”, de Terrence Malick.


Here is the root of the root and the bud of the bud
and the sky of the sky of a tree called life.
E. E. Cummings

Vivimos tiempos extraños. Sea por el ocaso del sistema capitalista, por la explosión demográfica o por la grieta cada vez más amplia entre ricos y pobres, lo cierto es que la cultura se mueve entre tinieblas. Al abrir el periódico para revisar la cartelera cinematográfica hay un sentimiento de amargura ante el contenido al que está sujeto el espectador: el cine, fiel reflejo de la realidad. Fuera de la Cineteca y la programación del circuito de “salas de arte”, la cartelera es un páramo caprichoso lleno de bodrios, churros y demás películas que en otro tiempo eran llamadas de serie B y que ahora son la regla. Explosiones, persecuciones y aburridas comedias románticas han acaparado la oferta, y aunque no cabe duda que cada vez hay menos películas de calidad, estas aún existen, pese a que rara vez toquen las pantallas de las grandes cadenas de exhibición. En este contexto, la última cinta de Terrence Malick es una bocanada de aire fresco, una obra mayor que se exhibe al lado de las producciones más rimbombantes de Hollywood, en gran medida debido a que Brad Pitt y Sean Penn tienen los roles protagónicos. The Tree of Life (2011) es una pieza primordial.

De alguna manera es una continuación de The Thin Red Line (1998), el otro lado de una misma moneda. Va una junto a la otra en un sentido metafísico, no literal. The Tree of Life trata de la familia de un soldado muerto en el campo de batalla, mientras The Thin Red Line es la batalla. Una sucede durante la Segunda guerra mundial, la otra en los años cincuenta, sin embargo, el parentesco es indeleble. Las imágenes que los soldados tienen de casa, uno de su madre y otro de su chica, remiten a la familia de The Tree of Life, si bien el único indicio de que esto sea así es el aviso de la muerte por medio de una carta. No hay otra referencia, pero creo que esas bastan.

Para hablar de la muerte de un ser humano, que es a un tiempo hijo y hermano, Malick viaja a los orígenes de la vida en la Tierra, en una secuencia que es en sí misma una obra maestra. En la serie de televisión Cosmos, Carl Sagan dijo que “si quisieras hacer una tarta de manzana desde cero, primero tienes que inventar el universo”, y así es como Malick, para hablar de la pérdida de un individuo, retrata la primera chispa de vida y una parte de la evolución, un proyecto que tenía desde principios de los ochenta, originalmente titulado Q. No hay muchos datos biográficos del director, tan recluso que ni siquiera asistió al Festival de Cannes a recibir la bien merecida Palma de Oro. Sin embargo, se sabe que creció en Waco, Texas, el lugar donde sucede el film, es decir, que para su quinta película mezcló parte de su biografía con el proyecto más ambicioso de su carrera: recrear la creación.

Hay un fuerte contenido religioso: abre con una cita de la Biblia, del libro de Job; el nacimiento de la vida en el planeta apela al Génesis; gran parte de la música tiene una connotación cristiana; la familia es creyente y practicante, al grado de que el personaje de Brad Pitt, el padre, es quien toca el órgano en la misa dominical de la parroquia; se escucha el sermón de un sacerdote que extrae un segmento de, una vez más, el libro de Job —un poema didáctico en prosa con varias voces, con una estructura emparentada a la de la película; y el final, una alegoría del cielo bíblico. En Days of Heaven (1978) la marca religiosa está en el título y en una referencia directa al Apocalipsis, con el mundo envuelto en llamas. Malick de pequeño asistió a un colegio episcopal. Sin duda viene de un hogar devoto.

Por otra parte, la carga filosófica, aunque menos palpable, convive con la religiosa y juntas forman una cosmovisión propia: la amalgama de ambas. Malick estudió filosofía en Harvard, titulado con honores, y antes de estudiar cine estuvo a punto de terminar un doctorado. Su inclinación por la filosofía es tal que en 1969 tradujo al inglés un ensayo de Heidegger, The Essence of Reasons. Así, su obra cinematográfica está recubierta por ideas que trascienden la palabra y por ello necesitan de imágenes y sonidos para concretizarse. Terrence Malick hace filosofía a partir del celuloide.

El personaje de Sean Penn recuerda la vida que llevó junto a su hermano bajo el yugo de un papá estricto y exigente. Es una trama sencilla que transmite emociones complejas a través de un lenguaje visual que deja de lado el drama tradicional. La manera en que se unen los planos que conforman la película es una red tan intrincada que necesitó de cinco editores para llegar al montaje final, siendo un trabajo que por lo general lo hace una sola persona. Los diálogos se mezclan con las voces narrativas; varias personas hablan detrás de la pantalla, un recurso que Malick utiliza desde Badlands (1973), su primera cinta, si bien el número de voces ha ido en aumento. Más que cualquiera de sus películas, The Tree of Life es una experiencia visual y auditiva en la que poco importan los detalles de la trama, casi un salto evolutivo para el lenguaje cinematográfico. Lo que vale es la sensación que produce en el espectador el viaje a la semilla de la humanidad y la interacción de una familia ordinaria. La cámara vuela sin aviso para acercarnos o alejarnos de los personajes o de la Tierra misma, para captar un mundo del que somos conscientes mientras estamos vivos.

The Thin Red Line comienza en una playa idílica, con uno de los personajes principales conviviendo con nativos de la región, en una suerte de Edén. Para cerrar el círculo, la parte final de The Tree of Life sucede en una playa igualmente idílica, como si estuviéramos finalmente en el cielo prometido por la religión cristiana. Es una secuencia controvertida, una licencia poética llevada al extremo.

“La única manera de ser feliz es amar. Si no amas, tu vida pasará de largo”, dice el personaje de Jessica Chastain, la madre silenciosa de quien solo se escucha el pensamiento, incapaz de hacerle frente a la dominación de su marido. Parece que esas palabras no han sido dichas lo suficiente, pues el mundo continúa en declive.

Extraído de esta entrada de pijamasurf.

River Road Entertainment presenta “EL ÁRBOL DE LA VIDA”, escrita y dirigida por Terrence Malick y protagonizada por Brad Pitt, Sean Penn y Jessica Chastain. Los productores son Sarah Green, Bill Pohland, Brad Pitt, Dede Gardner y Grant Hill. El productor ejecutivo es Donald Rosenfeld, el co-productor es Nicolas Gonda y los co-productores ejecutivos son Steve Schwartz y Paula Mae Schwartz.

De la mano del director Terrence Malick (“BADLANDS”, “DAYS OF HEAVEN”, “THE THIN RED LINE”, “THE NEW WORLD”) nos llega una experiencia cinematográfica provocativa. Su quinta película, EL ÁRBOL DE LA VIDA, es un canto a la vida. Busca respuestas a las preguntas más inquietantes, personales y humanas; a través de un caleidoscopio de lo íntimo y lo cósmico, que va de las emociones más descarnadas de una familia de un pequeño pueblo de Texas a los límites infinitos del espacio y del tiempo, de la pérdida de inocencia de un niño a los encuentros transformadores de un hombre; y lo hace con sobrecogimiento, asombro y trascendencia.

Una historia impresionista de una familia del medio-Oeste americano en los años cincuenta, que sigue el transcurso vital del hijo mayor, Jack, a través de la inocencia de la infancia hasta la desilusión de sus años de madurez, en su intento de reconciliar la complicada relación con su padre (Brad Pitt). Jack (como adulto, interpretado por Sean Penn) se siente como un alma perdida en el mundo moderno, en busca de respuestas sobre el origen y significado de la vida, a la vez que cuestiona la existencia de la fe. A través de la imaginería singular de Malick, vemos cómo, al mismo tiempo naturaleza bruta y gracia espiritual construyen no sólo nuestras vidas como individuos y familias, sino toda vida.

El equipo artístico está formado por expertos del medio, que ya han colaborado con Malick en el pasado, incluyendo al director de fotografía, cuatro veces nominado a los Premios de la Academia, Emmanuel Lubezki ASC, AMC (“THE NEW WORLD”, “CHILDREN OF MEN”, “A LITTLE PRINCESS” y “SLEEPY HOLLOW”); la diseñadora de vestuario, nominada a los Premios de la Academia, Jacqueline West (“THE CURIOUS CASE OF  BENJAMIN BUTTON”, “QUILLS”); el productor de diseño, nominado a los Premios de la Academia, Jack Fisk (“THERE WILL BE BLOOD”, “DAYS OF HEAVEN”) y un equipo de montaje que incluye a Hank Corwin ACE (“THE NEW WORLD”), Jay Rabinowitz (“I’M NOT THERE”, “8 MILE), el nominado a los Premios de la Academia Daniel Rezende (“CITY OF GOD”), el dos veces nominado a los Premios de la Academia Billy Weber (“THE THIN RED LINE”, “DAYS OF HEAVEN” y Mark Yoshikawa (“THE NEW WORLD”). Alexandre Desplat, tres veces nominado a los Premios de la Academia por “THE CURIOUS CASE OF  BENJAMIN BUTTON” “ THE KING’S SPEECH” y “THE QUEEN” , compuso la música original.

EL ÁRBOL DE LA VIDA es un viaje de final abierto hacia un territorio inexplorado para una audiencia de cine contemporánea, una que sin duda impactará a cada persona de una manera única. Según Malick entra en semejante nebulosa, mundos llenos de imaginación como la memoria infantil, la historia prehumana y el reino de las estrellas centelleantes, la historia se desarrolla tanto a un nivel microscópico del corazón como a un nivel masivo, inabarcable, de iones y iones de tiempo, con ambos niveles en continuo movimiento.

Según el productor de la cinta The Tree Of Life’ Bill Pohlad, Terrence Malick está trabajando en un documental sobre el universo y la naturaleza, estará narrado por Brad Pitt. El proyecto ya había sido mencionado antes del estreno de The Tree Of Life, y será estrenado en salas IMAX. Este proyecto es conocido como Voyage of Time y se piensa será estrenado en 2014.

FUENTE ARTECINEMA.

El árbol de la vida

oct-18-2011 By cinefilo

Para entender esta película hay que comprender a su creador. Terrence Malick es un director atípico. Este es su quinto trabajo como guionista-realizador habiendo transcurrido veinte años entre su segundo y tercer filme. Su estilo está lejos del Hollywood de palomitas aunque sus estrellas se peleen por trabajar con él. Es un cineasta impactante en muchos sentidos, diferente. Su cine es profundamente reflexivo. Plantea diferentes cuestiones existenciales que suele concluir en un canto a la Naturaleza y a la vida.

Los que queráis ver El árbol de la vida para “pasar el rato” sería mejor que la olvidarais. Seguramente os decepcionará porque es densa, de pensamientos trascendentales, llena de detalles que exploran sensaciones casi inhóspitas. Estética y visualmente es sublime. Es tan real y sincera como laberíntica. Como lo pueda ser la propia vida. Trata sobre todo lo que significa vivir, de cómo nos sentimos a lo largo del camino.

Combina la vida de una familia estadounidense de los años 50 con secuencias de La Tierra en sus comienzos. La manera de describir la infancia hace que lo que vemos en pantalla nos recuerde nuestras propias vivencias. La rebeldía, los juegos, las obligaciones, la madurez… Capta de una forma envidiable lo que, como niños, todos hemos sentido. También se refiere a cómo todo va y viene. La vida, al igual que el Universo, está en constante cambio. Solo hay una cosa segura, nada es seguro. Malick parece contraponer conceptos contrarios para explicar que hay cabida para todo. Retrata como nadie la conexión humana ofreciendo momentos inolvidables por su ternura.  Esas imágenes en las que muestra los primeros pasos de nuestro planeta, de una manera casi documental, creo que viene a reforzar esa idea de colisión de ideas: lo bello contra lo violento; lo divino contra lo natural; el estancamiento contra la superación.

En definitiva, es un largo recorrido por las diferentes etapas de la vida y cómo cambian las percepciones. La obra más personal del director más personal.

                                                           Valoración:                                                                                                                                        4 sobre 5

Rafalito