Cinemascope

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Exceptuando la titulación ibérica, la fabulosaEntre pillos anda el juego” (“Trading Places”, John Landis, 1983) puede enorgullecerse del resto.  Es decir.

Uno. De enrolar a dos pillos irremplazables –el blues brother Dan Ackroyd y un Eddie Murphy por aquellas muy higiénico- y, traduzco, mediante el intercambio de roles, versionar un tema tan clásico como eficaz: ese príncipe que fue mendigo según Twain, o Carpanta y Protasio, o el canalla de barriada (Murphy) que asume durante unas semanas la identidad de un magnate adiposo (Ackroyd) de vestuario preppy e inocente necedad.

Dos. De consolidar el talento muy venido a menos de un, a pesar de todo, tótem de la comedia USA: Don John Landis. O el tipo que, entre otras hazañas (no muchas más), imaginó a los “Blues Brothers” (1980) un año antes de dar cancha a ese hombre-lobo-yanqui en las aceras del viejo Londres. O, a la vez, un profeta de la teen-movie más degenerada y cult: “Desmadre a la americana” (“National Lampoon’s Animal House”, 1978). O, ahí va esa, el número al que telefoneo Michael Jackson cuando buscaba firma para el clip de, cómo se llamaba, “Thriller”. O, con eso basta, un amigo de John Belushi (festeje en paz).

Tres. De contar con, entre otras cosas (sexys), el corte de pelo (más sexy) de los ochenta.  Sí, ella, Jamie Lee Curtis.

Cuatro. De camuflar tras el comando de gags, cafradas y chapuzas todo un discurso -¡un discurso!- en torno a por qué Darwin no sólo hablaba de jirafas: qué suerte(s) hay que tener al nacer. Pues eso.

Cinco. De conseguir que tú, lector, jamás otees este punto, demasiado ocupado como estás de camino al videoclub y/o la nevera y/o el abigarrado despacho de ese amigo programador que todos tenemos en La Sexta3.

Bonne projection. Sean Felices. Qué redundancia.

-        ¿Qué capacidad socializadora tiene el cine sobre los adolescentes? Mucha, sin duda. El cine

Ayer fui al cine, a ver el Hobbit. Al margen de los comentarios de la película, me cabreo mucho cuando voy al cine y me meto en una sala llena de críos maleducados que no hacen más que preguntarle a sus padres, en voz alta, cada cosa de la película.

  • ¿Eso es el Dragón? A ver, nene, un bicho con pinta de lagartija grande, que vuela y echa fuego, y que no es un meteorito ¿qué va a ser?
  • ¿Ese es malo? Un tipo grimoso que se come al protagonista si falla las adivinanzas, ¿te parece bueno? Esto es preocupante: ¡los niños de hoy no saben distinguir entre el bien y el mal!
  • ¿Eso son orcos? Cállate y mira la puñetera película y ya te enterarás.

Así durante dos horas y cincuenta minutos, aproximadamente.

En general me pone de muy mal humor que alguien, ya sea niño o adulto, se ponga a hacer comentarios mientras veo una película que no he visto todavía, y sobre todo cuando hacen comentarios para intentar anticiparse al argumento, haciéndose preguntas como “pero entonces, no entiendo: ¿es que… ?” Si estamos viendo la película y tú no lo sabes, ¿qué puñetas te hace creer que yo voy a saberlo? Pero que lo hagan niños gritando en una sala de cine, con el precio actual de las entradas, y encima con la mirada condescendiente de sus malditos padres al lado, me pone del hígado. ¿Es que no sabemos educar a los niños? En el cine y en el teatro se está uno calladito, o no se está.

Si tus hijos son unos maleducados, quédatelos tú toditos ellos, y déjanos a los demás  tranquilos. ”Es que son niños”. No señora, es que usted es una maleducada y una irresponsable, y si no es capaz de mantener a su hijo callado en un sitio donde hay que guardar silencio, no me creo que sea capaz de enseñarle la diferencia entre el bien y el mal: y la prueba es que le pregunten si el Rey Orco es malo, o si Gollum es bueno.

Es de psiquiatra.

¡A cavar zanjas!

P.D.: Feliz 2013.

URUGUAY, EN DOS PELÍCULAS

dic-31-2012 By cinefilo

Supongo que para los argentinos, Uruguay tiene la misma entidad nacional que para nosotros Andorra. O menos. La entidad de un parque temático. Los argentinos (los de Buenos Aires, claro) van a Uruguay porque es la forma más barata y rápida de ir al extranjero sin estar realmente en él. En realidad, Uruguay ofrece a los argentinos una posibilidad de romper las leyes de la física, la misma posibilidad que hace unos años ofrecía Portugal a los españoles: viajar en el tiempo. En Uruguay, los argentinos visitan la Argentina vieja que dejó de existir. Porque los uruguayos, en muchos sentidos, parecen más argentinos que los argentinos: toman más mate, llevan espuelas más grandes, dan mejor el pego como gauchos y, a veces, cantan el tango con más chulería y gomina.

Como ejemplo de uruguayo que es más argentino que los argentinos, Jorge Drexler, que consiguió ligarse a Leonor Watling fomentando el equívoco sobre su nacionalidad. No se ha documentado ningún caso de un uruguayo que haya ligado en España corrigiendo a quienes le confunden con un argentino. Y sí, también leímos a Juan Carlos Onetti porque, al principio, pensamos que era argentino, y para cuando nos dimos cuenta de que no, ya era tarde, nos había enganchado con sus libros, el muy cabrón. Si hubiéramos sabido desde el principio su nacionalidad, ni nos habríamos molestado en recordar su nombre.

Les confieso que las dos veces que he estado en Buenos Aires intenté coger (ja, sí, coger, qué risa da este verbo, gallego boludo) el ferry para ir a Uruguay, pero siempre desistí porque los argentinos me convencieron de que no había nada allá. Che, si estás en la Argentina, ¿para qué querés pasar al Uruguay? Como diciendo: si ya te cogiste (esta vez, sí, con empleo correcto del verbo coger) a la guapa del grupo, ¿por qué quieres ir a tomar café con la amiga simpática?

Así que mis conocimientos sobre Uruguay terminaban allí. Hasta que vi dos pelis, una genuinamente uruguaya y la otra ambientada en Uruguay, y descubrí que el epíteto de simpática no le iba. Si Uruguay es sólo el diez por ciento de triste, sórdido, ruinoso y malfollao de lo que ambas películas sugieren, hice bien en no coger (lo dijo, lo dijo otra vez, el gallego boludo) ese ferry.

Son pelis que ya tienen unos años y que ha visto todo el mundo, pero a mí, o se me escaparon en su día o fui disuadido de verlas por alguna crítica medio leída.

La primera se titula Whisky. Cuando se estrenó en España, la reseña de El País dijo de ella que era una «extraordinaria, inteligente película» llena de un «humor finísimo que se filtra entre sus fotogramas». Ganó premios en todas partes, fue celebrada como el descubrimiento del año 2004 e incluso, brevemente, puso de moda Uruguay. Era el año en que Jorge Drexler se hizo famoso en España. Era el año en que Uruguay molaba.

A mí, como no me gustaba Drexler (yo soy más de Dexter, el asesino en serie), me dio pereza aprender más cosas sobre Uruguay, así que pasé. Ahora que la he visto, sé que hice bien en ahorrarme los seis euros o lo que costase entonces el cine. Me alegro de que ni siquiera el final de la reseña de El País me disuadiera de mi pasotismo. Ese final que decía que Whisky era «un inmenso retrato de fracasados hecho con humor, con ternura, con sabiduría: una película, lo adivinó ya el lector, de visión sencillamente imprescindible para cualquier persona sensata».

Un fotograma de Whisky o una explosión de júbilo y desparpajo uruguayos.

Un fotograma de Whisky o una explosión de júbilo y desparpajo uruguayos.

Pues muy bien.

Si aguanté frente a la pantalla los interminables noventa y nueve minutos que dura esta supuesta maravilla del cine uruguayo fue porque no me creía que un filme tan premiado y celebrado fuera tan espantosamente malo y aburrido. Tenía que haber algo más que se me estaba escapando. En cualquier momento la historia iba a dar un giro, la epifanía se iba a abrir ante mí, llegaría el plano genial que justificaría y compensaría todos los bostezos anteriores. Aunque fuera en el minuto noventa y nueve. Ni siquiera cuando la peli iba por el minuto noventa y ocho perdí la esperanza. Me decía: no puede ser, tiene un premio Goya y otro premio en Cannes, esto tiene que ser bueno, aún quedan sesenta segundos para ese plano maestro que conquistó a tantos jurados y a tantos críticos. Y cuando el último plano fundió a negro y empezaron a correr los créditos, me quedé viendo las letras pasar, repitiéndome: esta peli ha ganado premios en los festivales de Chicago, de Huelva y de Transilvania. Joder, si hasta en Transilvania han dicho que es buena será por algo, seguro que su secreto está en los créditos. Pero pasaron todas las letras, los créditos de las canciones, los agradecimientos a todos los putos ayuntamientos de todo el puto Uruguay, los patrocinadores, los guardarropas y las doce y media y sereno, y yo seguía sin ver lo extraordinario ni lo inteligente de la película ni, mucho menos, su ternura y su sabiduría.

Aquello terminó y me dio mucha congoja descubrir que yo no era la persona sensata que creía ser, pues eso que acababa de ver, y que tanta gente había juzgado una maravillosa obra de arte, me había parecido uno de los mayores bluffs sufridos como espectador en mucho tiempo. Tendré la sensibilidad embotada, pero este supuesto cuento sobre la soledad y la ruina de un país me sonó a mediocridad pretenciosa. Si se suponía que debía sentir algo cercano a la empatía por esos personajes acartonados y planos, ni me acerqué. Sí que me quedó claro que Uruguay es un país feo, opresivo, roto y aburridísimo, pero podía haberlo descubierto sin aburrirme tanto. Qué ganas de suicidarme, qué hastío, qué espanto.

Si no se hubiera muerto la mitad de la gente que hizo esta película (hay una especie de maldición de Tutancamon con la gente que ha trabajado en esta cinta: uno de los dos directores y el actor protagonista han fallecido), les recordaría que las artes narrativas tienen un recurso llamado elipsis, que sirve para compactar y dar ritmo a un relato. Es una herramienta que permite, por ejemplo, encadenar estos dos planos:

Plano 1: señora que oye un desperador y lo apaga.

Plano 2-a (montado con corte directo tras el anterior): señora que se sienta a desayunar.

Plano 2-b (alternativa al anterior): señora que sale de un hotel y se monta en un taxi.

Los espectadores somos capaces de entender que entre los planos 1 y 2-a o 2-b la señora se ha duchado, se ha vestido, ha salido al pasillo, ha pulsado el botón del ascensor, ha esperado el ascensor, se ha montado en el ascensor, ha bajado al hall, ha buscado el comedor, se ha servido zumo de naranja y café con tostadas, se las ha comido, ha subido a cepillarse los dientes, se ha peinado, ha vuelto a salir de su habitación, ha hecho lo del ascensor y tal, ha salido otra vez al hall y ha llamado a un taxi. Por tanto, genios del cine uruguayo, agradeceríamos que se ahorraran todos esos planos intermedios. Usen la elipsis. De la misma forma, si un personaje camina por un pasillo largo, no hace falta rodar todos los pasos (los lentos, lentísimos pasos) que da hasta el final del pasillo. Ya intuimos que va de un sitio a otro.

Pero, claro, a lo mejor, esa profusión de naderías es la poesía intensa que a mí se me ha escapado. Y como Whisky es todo así, con silencios que supongo que quieren expresar algo, a mí me cargó mucho. Noventa y nueve minutos de gente que coge ascensores, se desmaquilla para irse a dormir y camina por pasillos de hotel para encontrarse con no sé qué mierda de destino. El destino del buffet libre, que supongo que es una alegoría del libre albedrío en versión capitalismo de consumo de un país dominado por el imperialismo. O las venas abiertas de Latinoamérica. O las mías a punto de abrirse.

Días después me senté a ver XXY, del año 2007. Película argentina con actores argentinos y directora argentina, aunque paisaje uruguayo. Y silencios uruguayos. Temíame otro bluff, puesto que también ganó un premio en Cannes y un Goya a la mejor película extranjera de habla española, pero, por suerte, no fue así. Uruguay se redimió en sus playas y en esta bellísima película.

Darín, qué grande eres, tío.

Darín, qué grande eres, tío.

Si en Whisky los silencios eran inanes y fatuos, en XXY se vuelven densos y acongojantes. Es una película de pocas palabras, aunque todas bien dichas, y de silencios expresivísimos. De actores que transmiten absorbentes sentimientos con una fuerza inaudita. De paisajes que son proyecciones y metáforas de los complejos miedos de los personajes. De preguntas incómodas y de verdades entrevistas.

La acción se concentra en pocos días en una playa de Piriápolis. Contención narrativa, planos precisos, elipsis magistrales. En su no muy largo metraje y en sus escasos escenarios aborda un montón de temas entre los que destacan dos: la relación con el cuerpo —a través de sutiles y superpuestas metáforas, la más lograda de las cuales es el trabajo del personaje de Ricardo Darín, que es un biólogo que rescata y cura la fauna mutilada que llega a la playa— y la paternidad. Darín e Inés Efron interpretan a un padre y una hija colosales, con una relación dolorosa, rica y complicada, y lo hacen con la fuerza de sus miradas y de unas pocas palabras. Me emociona mucho ese padre herido de amor por su hija/hijo (la cosa va de hermafroditismo).

Darín tiene dos momentos cumbre. Uno es cuando utiliza con rabia la expresión «romperle el culo». El otro es un breve monólogo en el que relata el nacimiento de su hija Álex y cómo los médicos le explicaron su anormalidad y la necesidad de cortar el pene sobrante. «Yo no quería que le hicieran nada, era perfecta», dice este padre al que dan ganas de abrazar. Era perfecta porque era su hija. Y ya está.

Me dirán que XXY me llega porque trata un tema, la paternidad, que me afecta y emociona de una forma particular e intransferible, mientras que Whisky habla de la soledad, algo que puede resultarme más ajeno. Yo replico que nada humano me es ajeno, y que lo que me repele de Whisky no es su tema, sino su ridícula impostura, ese quiero y no puedo, esa forma pretenciosa de intentar ser todo lo que XXY es. Porque una me interpela y la otra me discursea.

Prefiero mil veces el Uruguay de XXY que el de Whisky.

Por cierto: XXY está dirigida por una brillante directora llamada Lucía Puenzo, con un guión basado en un cuento de Sergio Brizzio, escritor argentino a quien no conocía, pero de cuyos libros me estoy ya pertrechando.

PD.- Ya sé que hoy tocaba hacer balance del año que se va y componer listas de lo mejor y de lo peor y decir que mis propósitos para 2013 son sonreír más, adelgazar unos kilitos y aprender el inglés, que es de gran porvenir (y si tu padre no lo hizo, tú sí). No me he perdido, sé que es 31 de diciembre, mi torre de marfil no tiene las paredes tan gruesas ni las ventanas tapiadas (pedí que me la insonorizaran y me la aislasen bien, pero el presupuesto que me dieron era muy caro). Sin embargo, he preferido pasar de todas esas mierdas previsibles y escribir un post como si este fuera un día cualquiera más. Que, en el fondo, es lo que es. En cualquier caso, y para que no vuelvan a llamarme misántropo, tengan ustedes un muy feliz año. Les mando unos besos para que se los distribuyan como quieran. Gócenla, amigos. Gracias por leerme.

Piedra, papel o tijera 1

“Piedra, papel o tijera” fue una de las seis mejores películas venezolanas estrenadas en 2012.

Más de una docena de largometrajes venezolanos se estrenaron en 2012, la cual parece una cifra que se mantiene desde hace algunos años y que tiende a aumentar en el futuro inmediato. Expresa un trabajo sostenido y productivo tanto de los realizadores y productores como de los organismos oficiales y privados de nuestro cine. Si en algún sector de la vida venezolana se ponen de manifiesto las bondades del consenso de todos los involucrados es en el cinematográfico. Un ejemplo para otras áreas de la actividad cultural en el país. Sería iluso pensar que todas las películas nacionales tengan altos niveles de calidad. Eso no sucede en ninguna industria fílmica del mundo. De la producción estrenada en este año me gustaría destacar seis obras de carácter especial: cuatro de ficción y dos documentales. A continuación, reproduzco lo que opiné de cada una a la hora de su estreno. Lea el resto de la entrada »