Cinemascope

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Hace un par de días, vi una película que estaba muy en relación con la exposición citada del Museo Reina Sofía. Seguramente algunos ya habréis oído hablar de ella. Se trata de Missing (Desaparecido), una película de Constantin Costa-Gavras realizada en el año 1982, y en la que destaca por su papel el conocido actor Jack Lemmon y la banda sonora compuesta por el grupo “Vangelis”.

El tema es la dictadura chilena y  la desaparición de un joven periodista norteamericano. Aunque desde el principio de la película nos informan de que los nombres de los personajes son ficticios, toda la historia está basada en hechos reales. El joven desapareció de su domicilio en Santiago de Chile tras el golpe de Estado del general Augusto Pinochet. Su mujer y su padre luchan hasta el final por encontrarlo, a pesar de las duras trabas burocráticas. Es una película interesante para poder comprender más de cerca lo que sufrieron muchas personas inocentes, y de las cuales aún hoy se desconoce totalmente su paradero. Nos hace reflexionar, nos informa y es una obra más de arte reivindicativo.

Ese obscuro objeto del deseo

dic-1-2012 By cinefilo

La última película de Luis Buñuel será muy parecida a esa primera etapa de consolidación que vivió en México. Parece que esta comparación no tiene grandes semejanzas, y es totalmente libre el planteamiento que aquí propongo, pero dentro de la filmografía de Buñuel, encontramos un tema recurrente y explorado en casi todas sus películas: el Amor.

En Abismos de Pasión la trama es un amor imposible; en Él, vemos un amor codependiente; la trama de Ensayo de un crimen se vive en una tensión sexual nunca desahogada; y muchas más en donde la exploración de este sentimiento, Buñuel lo realiza de una manera distinta y por momentos incómoda.

En Ese Obscuro Objeto de Deseo, nos habla de una relación tormentosa entre Conchita (interpretado por dos actrices) y Mathieu (Fernando Rey). Ya en otros de sus filmes nos mostraba la relación casi paternal entre el amante y su mujer, como lo fue en Tristana; y la culpa que provocaba el deseo por una mujer joven, inexperta y desbordaba de generosidad, como lo hizo en Viridiana.

Ahora Buñuel retrata una relación entre un hombre mucho mayor, y una aparente joven ingenua, los divide no sólo la edad; él con una cuantiosa fortuna trata de llenar de atenciones a una angelical, como utilitaria, Conchita (papel divido entre Angela Molina y Carole Bouquet), hasta hartarse y maltratarse mutuamente, pero nunca abandonarse por completo, nunca romper definitivamente, nunca dejarse del todo, nunca abandonarse por más odio o asco que sientan.

Este tipo de relaciones abundan en el cine de Buñuel, es habitual encontrar tramas envueltas en situaciones de este tipo, el juego femenino del rechazo y de la esperanza, una manipulación que desata la ira y la venganza de casi todos sus personajes masculinos.

En este caso, Mathieu, no será la excepción, humillará pública e íntimamente a Conchita, pero al final, como en toda película de la época se reconciliaran y dejaran de lado, al menos por un lapso de tiempo, el odio que emana esta pareja. Podría decirse que el cine, y esta película, de Buñuel busca mostrar relaciones complicadas, codependencia y sometimiento de sus protagonistas, y quizá esto es cierto, ni las tramas ni las parejas que Luis Buñuel creaba eran tan ideales o falsas como alguna vez se pensó que debía ser el cine, siempre buscó mostrarnos aspectos incómodos de cosas triviales: la familia, el trabajo, los amigos, la pareja; y provocar incomodidad, además de planteamientos de cómo era visto un hombre en la sociedad y de cómo era vista y tratada una mujer en cualquier parte, no importaba si era México, España o Francia, lo femenino, lo desconocido, lo complicado era para Buñuel un tema simple y fácil de narrar.

Ahora hay que preguntarnos cómo es que se abordan estas preguntas en el cine actual, cómo es vista la mujer y sus deseos en el cine contemporáneo. Sin duda existe una clara división entre el cine y el pensamiento del director español y lo que se hace hoy día, y casi con 35 años de distancia sigue provocando preguntas o incluso molestia la relación entre Conchita y Mathieu, una relación obscura y tormentosa, como cada pensamiento que atraviesa la mente de quien no comprende a su objeto de deseo.

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Pocas escenas han resultado más trascendentes en el cine reciente como la relación lésbica en

José Luis Muñoz

¿Qué ocurre cuando una madre no siente ningún apego por su hijo cuando nace? ¿Qué ocurre cuando ese hijo somatiza ese desapego y se convierte en un niño que atormenta a su madre? ¿Qué ocurre cuando ese niño, convertido en adolescente, comete un acto execrable precisamente para hundir a su madre?

De todo eso va este seco drama familiar que recoge todas las etapas de Kevin (interpretado por Rocky Duer, Jasper Newell y el adolescente Ezra Miller, de turbadora belleza y más turbadora voz grave) y su cada vez más difícil relación con Eva, su madre (una interpretación extraordinaria de la gran actriz Tilda Swinton) a la que le da la réplica John C. Reilly en la papel del padre consentidor.

Lynne Ramsey, la realizadora británica de este film rodado íntegramente en los Estados Unidos y ambientado en ese país, con una película notable en su haber, Ratcatcher (1999), sobre unas huelgas que tuvieron lugar en Glasgow, adapta el best-seller de Lionel Shriver, una periodista y escritora norteamericana, y lo hace con un buscado distanciamiento, muy parecido al de Gust Van Sant utilizado en Elephant sobre la masacre de Columbine con el que este film guarda relación.

Esta historia desasosegante duele especialmente al espectador porque el drama, el de ese hijo dominado por la semilla del mal desde el principio (de bebé se pasa horas y horas llorando, como si captara el desapego de la madre) no se educa en el seno de una familia desestructurada y con problemas personales, sino todo lo contrario. Tanto Eva como Franklyn son personas absolutamente normales y su relación es perfecta.

El rostro de la frágil Tilda Swinton, su expresión a veces tensa, dolorosa, angustiada siempre, es la fiel pantalla en la que se refleja este drama familiar que termina con esa madre aceptando, finalmente, ese monstruo que ha engendrado y que, a su pesar, seguirá siendo su hijo, haga lo que haga.

Se conoce como agujero en un guión cinematográfico a una parte de la historia que carece de cierto sentido y nos descoloca o nos hace esperar una solución que nunca llega.

En la última entrega de la trilogía de  Christopher Nolan (The Dark Knight Rises, 2012) no pasa desapercibida la relación entre Batman y Catwoman. Si bien recordáis, el personaje de la actriz Anne Hathaway se dedica a hacérselas pasar canutas a nuestro superhéroe. Lo traiciona una y otra vez pero Batman sigue teniendo una Fé ciega en ella.

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Una de las maneras que tienen los guionistas de resolver estos agujeros es cargando la película de un simbolismo palpable en el subtexto del film. La figura del Mesías es uno de los recursos más habituales. Todos podemos recordar la trilogía de Matrix (Hermanos Wachowski, 1999) donde claramente podríamos hablar de Neo como el Mesías que ha de morir por todos nosotros para salvarnos. Y como todos sabemos, alrededor de un Mesías se mueven figuras icónicas: la Virgen, los Discípulos o la figura de una pecadora como María Magdalena.

La relación entre Batman y Catwoman podría semejarse a la relación simbólica entre Jesucristo y María Magdalena.  Batman es el mesías que ha de morir por todos nosotros y Catwoman es una pecadora que, en última instancia, recibe el perdón de su salvador.

De esta manera, cuando la gente se pregunta que diablos hace Batman que no manda a Catwoman a freír espárragos habría que recapacitar sobre la virtud del mesías que todo perdona y cree en el arrepentimiento de los pecadores:  “Perdónalos, que no saben lo que hacen”. Si a esto le sumamos una tensión sexual, que nunca culmina, obtenemos una relación entre personajes con más dimensiones. Es decir, lo que aparentemente podría parecer una relación casi absurda quizá sea más profunda de lo que parece.

Os recomiendo volver a visionar el film teniendo en cuenta lo expuesto anteriormente. Encontrareis ,a parte de este simbolismo, otros más explícitos que os evocarán a las figuras de San Pedro (que bien podría ser Alfred o el comisario Gordon), o a la del predicador que continua el legado del Mesías (Robin). Una de las grandezas de está trilogía es la cantidad de subtexto y calidad en los personajes que hacen de ella una gran película tanto para los come-palomitas como para  los espectadores más exigentes.