Cinemascope

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Asesinato en el Orient Express

dic-20-2012 By cinefilo

Director: Sidney Lumet Intérpretes: Albert Finney, Ingrid Bergman, Jacqueline Bisset, Lauren Bacall,

Crítica cine: Network (1976)

nov-22-2012 By cinefilo

  Dirigida por: Sidney Lumet. Protagonizada por: Peter Finch, William Holden, Faye Dunaway, Rob

Infancia clandestina

sep-26-2012 By cinefilo

Como la mexicana El premio y la brasileña El año en que mis padres se fueron de vacaciones, Infancia clandestina reconstruye no tanto sucesos sino sensaciones registradas en (verdaderos) tiempos dictatoriales desde la experiencia y el entendimiento de un chico. Al igual que sus antecesoras, la película del argentino Benjamín Ávila* -que Distribution Company estrenó el jueves pasado y que el Festival de Cine UNASUR premió dos días después- confía en la percepción de una mirada virgen pero irreductible a una aproximación inocente.

La particularidad de esta ficción inspirada en hechos reales radica en el propósito de retratar la vida cotidiana de una familia comprometida con la resistencia armada. A diferencia de Ceci y Mauro, Juan convive con sus padres enrolados en Montoneros (y convocados para llevar adelante la contraofensiva proclamada por los líderes de la agrupación). Aquí, el exilio es sólo un instancia inicial del relato concentrado en la experiencia de doble identidad.

En este sentido, algunos espectadores recordarán dos películas que casualmente protagonizó el entonces adolescente River Phoenix: Espías sin rostro de Richard Benjamin y Al filo del vacío de Sidney Lumet. Salvando las distancias de género e intención con el trabajo de Ávila, estos films norteamericanos también recrearon las vivencias de un hijo de padres “subversivos” según el léxico militar: en el primer caso, miembros encubiertos de una célula dormida de la KGB y en el segundo, terroristas fugitivos.

Infancia clandestina también vuelve a distinguirse de sus predecesoras latinoamericanas cuando cuenta la historia de un primer amor que atraviesa e intensifica los secretos relativos a la doble vida del protagonista y su familia. El recurso narrativo contribuye a la apertura de un espacio de reflexión que invita a discutir la decisión de abrazar la lucha armada cuando se tiene hijos pequeños (la pelea entre la madre que encarna Natalia Oreiro y la abuela a cargo de Cristina Banegas sintetiza los argumentos del debate).

Las actuaciones y la ausencia de golpes bajos -gracias a la intervención del formato historietístico- son las dos grandes virtudes de un largometraje que conmueve profundamente a quienes reconocemos (y nos preocupa) la relación entre aquel pasado reciente y nuestro presente. Como ante El premio y El año en que mis padres… aquí también cabe celebrar especialmente las interpretaciones de los chicos: en este caso Teo Gutiérrez Romero y Violeta Palukas se desenvuelven ante cámaras a la altura de los adultos Ernesto Alterio, César Troncoso y las mencionadas Oreiro y Banegas.

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* La escribió y dirigió Ávila; la produjo Luis Puenzo.

Sin un atisbo de duda

ago-27-2012 By cinefilo

El comentario que dediqué en la entrada anterior a la última película rodada por Sidney Lumet antes de su muerte el pasado año puede ser un buen pretexto para comentar la primera que dirigió, en 1957, y por la que quizá será más recordado: 12 Angry Men (Doce hombres sin piedad en la versión española). Lumet demostró un olfato fuera de lo común al abordar la cuestión de la duda razonable en una sociedad escindida por entonces en dos prisiones mentales y marcada por el dogmatismo, los prejuicios ideológicos y la ausencia de matices.

A finales de los cincuenta la Guerra Fría se hallaba en su cénit y las dudas estaban muy mal vistas incluso en aquella de las dos grandes zonas geopolíticas que se repartían el mundo en la que no se encarcelaba o se torturaba por dudar.

Basada en una obra teatral que Reginald Rose escribió para la televisión, guionista también de la cinta, 12 Angry Men narra la tormentosa sesión de un jurado popular compuesto por doce hombres de edades diversas que, a puerta cerrada, dirimen la culpabilidad o inocencia de un joven de 18 años, huérfano de madre e inmigrante latino, acusado de parricidio. La sesión transcurre en una tarde cálida y húmeda del verano neoyorquino.

Desde el principio se tiene la impresión de que aquellos hombres quieren acabar cuanto antes con su obligación, tomando el camino fácil de las pruebas presentadas durante el juicio público y que apuntaban a la culpabilidad del acusado. Encerrados en una sala agobiante del Tribunal de Justicia, de una de cuyas paredes cuelga un ventilador maltrecho, en el momento de emitir su veredicto cada uno de ellos se pronuncia por la culpabilidad del chico. ¿Para qué alargar la sesión si todo estaba tan claro?

Pero al llegar el turno del jurado número 8 (magistral interpretación de Henry Fonda), expresa abiertamente sus dudas y propone a sus compañeros hablar del caso antes de emitir el voto condenatorio. Al fin y al cabo estaba en juego la vida de una persona.

El jurado número 8, interpretado por Henry Fonda, se dirige al resto de sus compañeros en la sala en la que dirimen el caso judicial

“Hay que fastidiarse. Siempre tiene que haber uno”, replica uno de los jurados tras la inesperada respuesta de su colega. Era previsible que la respuesta extemporánea de este Judas dubitativo irritase al coro apostólico de sus once compañeros, quienes esperaban coincidir en el veredicto para retornar cuanto antes a sus asuntos personales sin un atisbo de duda, naturalmente. El caso parecía tan obvio -el típico crimen en una familia difícil de un barrio pobre- que esa duda aislada les pareció fuera de lugar.

Consciente de la hostilidad de los compañeros, el jurado discrepante les expone las causas por las que sospecha de la supuesta culpa del acusado, tratando de convencerles de su racionalidad. Uno contra once, que pronto serán diez, luego nueve, y así hasta llegar al último, el que reniega de sus hijos y de todos los hijos, incluso de ese pobre muchacho al que se acusa injustamente de asesinar a su padre y de cuya culpabilidad no dudará hasta que la razón objetiva termine imponiéndose sobre su particular sinrazón.

La duda planteada por el jurado número 8 descompuso aquel falso bloque monolítico detrás del cual se zafaba la unanimidad de cartón piedra. La resistencia a aceptarla reveló la personalidad de cada uno de los jurados, sus puntos débiles, incluidos aquellos que procuraban ocultar, sus torpes prejuicios y su absurdo empecinamiento.  

En el veredicto inicial de esos once hombres se reflejan los motivos por los que en nuestra sociedad informada, donde los individuos se ven más influidos por las opiniones en curso que por la observación de la realidad, prima el dictamen taxativo sobre la duda. En efecto, aparte de la sempiterna mayoría que carece de elementos de juicio para plantearse alguna duda, los hay que, como los once jurados del principio de la película, no vacilan porque los demás tampoco lo hacen. A nada temen éstos como a quedarse solos con su duda; tendrían que defenderla ante quienes dudasen de ella o no la creyesen.

Otros prefieren no dudar por pereza o para no complicarse la vida, concernidos por asuntos que consideran lo bastante inaplazables como para hacer un alto en la duda. Luego están los clásicos, a los que no se les ocurre dudar porque, completamente seguros de todo, tampoco encuentran pruebas que los arranquen de su certidumbre. Y para completar este elenco de perfiles, no podemos dejar atrás a aquellos que, carentes de iniciativa y de imaginación, con tal de rehuir la duda se apuntan a la última de las opiniones en boga, cualquiera que sea. 

La duda es casi siempre personal, al contrario que la certeza, susceptible de ser compartida por muchos. No amalgama ni forja multitudes. Confronta al individuo con su mundo, en su soledad reflexiva. Aquel que duda, y más si lo hace en contra de la corriente, ahonda en su individualidad, penetrando incluso en regiones de ésta a las que quizá no habría llegado sin la escarpada duda.

En tanto que instrumento básico de conocimiento, se sabe dónde empieza una duda pero no dónde termina. De hecho, cuando se comienza dudando de algo que no nos incumbe demasiado, es posible que terminemos por dudar del propio mundo que antes de la duda creíamos inconmovible.

En principio la duda no afirma ni niega. Como el jurado número 8 de 12 Angry Men, persigue denodadamente la verdad de los hechos, algo que a menudo cuesta trabajo y lleva su tiempo, por supuesto.

Títol: Dog day afternoon – Tarda de gossos
Lloc: Sala Café Teatre del Teatreneu
Dia i hora: Diumenges fins juliol a les 20:00 h.

La companyia teatral La Quadra Màgica representa tots els diumenges fins a juliol l’adaptació teatral de la pel·lícula “Dog day afteroon” que va dirigir Sidney Lumet al 1975.

Per a llegir-ne la crònica, cliqueu aquí.