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La piel que habito



Iba sin muchas expectativas a ver la película de Almodóvar. Su anterior película, Los abrazos rotos, me pareció que correcta y no me entusiasmó especialmente (salvo la intervención de Carmen Machi y su posterior corto de La concejala antropófaga). También tengo que confesar que me rindo ante Almodóvar con películas como Mujeres al borde de un ataque de nervios, Átame o Kika y que me aburren soberanamente intentos como Tacones lejanos.

La piel que habito me ha sorprendido gratamente. Ha sido una odisea llegar al cine y saber lo mínimo posible de lo que iba a ver. Desde que en Agosto se puso en marcha la maquinaria publicitaria para promocionar el estreno, pocos hemos escapado a la amenaza diaria de spoiler. Finalmente, cuando entré en la sala, lo único que sabía era que iba de un cirujano macabro.

Si vamos por partes, tenemos que aclarar que la obra se basa en una novela de Thierry Jonquet, Mygalle, de la que el director se ha servido para adaptar su guión libremente. Hay quien dice que la novela de Jonquet es “un prodigio de arquitectura narrativa”, pero yo no puedo decir eso porque no la he leído. Es la segunda vez que Almodóvar recurre a una idea NO original. Ya lo hizo con la obra de Ruth Rendell para llevar a cabo el thriller Carne trémula. Una película que dio buenos resultados, atisbó una fructífera relación con Pe y propició memorables interpretaciones a Pepe Sancho o Ángela Molina.

Precisamente en el plano de las interpretaciones hay elementos muy destacables. Lo más evidente es que desde su primer plano Elena Anaya exhibe un cuerpo escultural, anguloso, lozano y al servicio de la cámara. El desnudo, la máscara, la segunda piel, todo está perfectamente justificado en la película. Su interpretación está bien modulada y hay una importante cantidad de información revelada por su rostro, su piel,  que va acompañando a la historia constantemente. La actriz tiene una impecable presencia escéncia, llena de luz y oscuridad, que viaja sin chirriar de un punto a otro en la narración según el tiempo en el que se sitúe. Me gusta que cada Almodóvar recurra vez más a los silencios y se valga más de la imagen.

Mi gran temor, Antonio Banderas, no desluce. La voz, en ocasiones impostada, no resulta engolada ni chulesca ni barata, sino convincente y también se nota el esfuerzo por parte del actor y la labor del director evitando que la cosa se desbordara y cayera en el esperpento. Su interpretación resulta contenida, sobria y genera una tibia complicidad con el espectador (sin olvidar la comicidad de que en algunos planos el actor parece Curro Romero contrariado).

Marisa Paredes, recuerda inevitablemente al personaje y la situación que vive Rossy de Palma en Kika. Su interpretación no sólo es convincente, sino que supone un punto de desfogue para lo asfixiante que pretende y en el fondo es esta película. Modula su interpretación, no es altiva y la recurrencia cómica está presente de modo tímido sin quebrar la tensión de la trama. Representa a ese tipo de mujer con una historia difícil detrás, pero que ha salido adelante no sin heridas. Tan demencial como su vida es su presencia, no especialmente natural, algo kitsch y entrañable.

Jan Cornet es la revelación y un gran acierto de casting. Aparece en el tardío flashback que el montaje utiliza para ensamblar la historia del protagonista masculino y dibujar, delimitar y justificar la razón de semejante venganza. Su presencia es clave, aunque en principio no sepamos hasta qué punto.

Me encantan los movimientos temporales en las películas y especialmente cuando los que viajan al pasado o se proyectan en el futuro son los propios protagonistas. Son la constatación de que el director quiere contarte una historia, profundizar en los personajes y el guión es capaz de diseminar información para que luego el espectador haga su particular recolección. Almodóvar no abusa de ellos y la virtud es que aparecen cuando echas de menos movimiento en la película.

Goza de planos impecables: Normita bajo el árbol, cuando pinta la pared de frases y fechas con rímel, la persecución coche-moto, máscaras, cuerpos, reflejos y sombras, la imagen de Banderas bajo el foco del quirófano esperando que Vera despierte… Visualmente es una película lograda y muy bien hecha.

Una vez más Alberto Iglesias se ha encargado de la música y ha conseguido que sea uno de los elementos que mejor acompaña a las intenciones de la película. Se acopla muy bien a la imagen y empasta perfectamente con la atmósfera que quiere crear. Destaca la aparición de Concha Buika, que canta un par de canciones en un momento importante de la narración.

La AUTORREFERENCIA. Si en Los abrazos rotos se remitía a Mujeres al borde de un ataque de nervios, aquí lo hace a dos bandas: Átame y Kika, ambas películas son mi debilidad dentro de su filmografía y SÍ, me encanta que su universo sea tan conocido que vuelva sobre sí mismo una y otra vez. Átame por la relación de “amor urgente y desesperado” entre los dos protagonistas -no porque uno de ellos sea Banderas- y cuando veas la película entenderás lo que digo. Kika está en la mente del espectador gracias a Marisa Paredes, a su hijo, a su vestuario (en el que colabora Jean Paul Gaultier que vistió a Kika), las pantallas, el vouyerismo, etc…

La sorpresa final. Me parece que es una historia que admite diversos finales y que según te la tomes, encajarás mejor o peor lo que sucede. Depende de tu comportamiento y mentalidad, de si eres de los que dicen la verdad aunque duela o prefieres ahorrar disgustos, de si eres capaz de vencer tus sentimientos y necesidades y contemplar el sufrimiento de los demás. Es imposible ABRIR más un final y habría sido fácil y menos arriesgado poner el rótulo FIN unos segundos antes, pero sin duda habría sido MENOS arriesgado y mucho menos ALMODÓVAR.

En resumen, si tienes un mínimo de curiosidad, la historia te puede parecer entretenida y fácil de ver. ¡Suerte!

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