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Buscando justicia



(Just Mercy; Destin Daniel Cretton, 2020)

Buscando justicia es una película llena de bondad y gentileza. Esto no la hace inocua o insípida. Debajo de su fórmula familiar se encuentra una muy palpable ira, pero una ira que sabe canalizar de manera muy específica. Short Term 12, la segunda película de su director Destin Daniel Cretton, fue hecha con un espíritu muy similar. La idea de que los seres humanos son seres complejos capaces de un enojo feroz, pero finalmente merecedores de una decencia que el mundo no siempre es capaz de proporcionar. Los protagonistas de ambas películas, que toman la heroica tarea de procurar esa decencia, son similarmente complicados. Ser una fuerza para el bien requiere de un enorme costo emocional. Cretton, quien de joven fue voluntario en un centro para adolescentes muy parecido al de Short Term 12, sabe sintonizar como pocos directores la mentalidad activista. La motivación que exige y las dudas que implica.

La humanidad de Buscando justicia la hace destacar de otras películas de Hollywood que, en su simpleza moral, no logran poner atención a las mismas cosas. Es una de tantas películas sobre el racismo y el sistema legal de Estados Unidos, basada en una historia real. Pero nótese, por ejemplo, la forma en que nos presenta a sus dos personajes principales. En una de sus primeras escenas, Walter “Johnny D.” McMillian (Jamie Foxx), un maderero de Alabama, es detenido por un retén de policías. La cámara y la actuación de Foxx hacen que su incomodidad, como un hombre negro detenido por un policía blanco, se vuelva inescapable. Él no ha hecho nada malo, pero aun así es detenido y después condenado por el asesinato de Ronda Morrison, una mujer blanca de dieciocho años.

Corte a Bryan Stevenson (Michael B. Jordan), apenas un estudiante de derecho, siendo llamado al cuarto de una prisión para llevarle noticias a un recluso posiblemente condenado a la pena de muerte. Los dos, hombres negros de alrededor de la misma edad, comparten el haber participado en el mismo coro de la iglesia cuando niños. Tienen mucho en común, pero también mucho que los separa. Bryan, se ve en su rostro, no puede comprender del todo lo que el otro ha pasado dentro de la cárcel.

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Es 1989 y Michael, ahora un prometedor graduado de Harvard, decide mudarse a Alabama, en lo profundo del sur de Estados Unidos, para establecer una firma legal para los que no pueden pagarlo. Es una mala idea, le dice su madre, agobiada por la fresca memoria de los linchamientos y el miedo de que algo similar le pueda pasar a su hijo. Y ciertamente, cuando Bryan llega a una prisión para entrevistar a los presos condenados a la pena de muerte, es humillado por un guardia de seguridad blanco (Hayes Mercure), quien lo obliga a desnudarse antes de entrar. Es un acto diseñado para provocarlo, quitarle todo lo que lo identifique como abogado, como para decirle que él no pertenece ahí.

Es inteligente cómo se nos muestra el primer intercambio entre Bryan y Johnny D. En una mesa del comedor de la prisión, el preso se sienta volteando hacia un lado, casi dándole el perfil al joven abogado, bajando la cara y la voz. Es un marcado contraste con los presos anteriores, quienes le mostraron una mayor apertura. Walter, aunque para nada un hombre cohibido, no quiere hablar con él. Sabe que él sistema está en su contra y aun si Bryan quisiera ayudarlo de verdad en lugar de solo cobrar sus honorarios, ¿qué tanto puede hacer en realidad?

Bryan queda intrigado y, después de pasar una noche estudiando su caso, queda convencido de que es inocente, su condena sostenida en un testimonio poco fiable. Estados Unidos tiene un sistema legal, en papel dedicado a la impartición de justicia. Pero como toda institución humana, no es infalible, y carga consigo hasta la fecha los vicios y prejuicios de su historia. Un par de individuos racistas le achacaron el crimen a Johnny D., pero los jueces y el fiscal de distrito Tommy Chapman (Rafe Spall) se aseguran de convertirla en realidad; miopemente convencidos de la efectividad de un sistema endeble, dispuestos a defenderlo antes que la vida de un hombre arrollado injustamente por él.

Es un error común ver el racismo como una cosa del pasado; en Estados Unidos, se suele pensar en cualquier etapa posterior a la lucha por los derechos civiles a mediados del siglo XX como un momento de oportunidades en el que las personas de color finalmente reciben un trato equitativo (el que éste sea más equitativo no quiere decir que sea del todo equitativo).

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Buscando justicia no es lo que uno llamaría una película divertida, pero sí hace un astuto chiste al respecto. Cretton y el coguionista Andrew Lanham aprovechan el que los eventos transcurrieron en la proximidad de Monroeville, ciudad de natal de la escritora Harper Lee, para recalcar ese falso sentimiento de satisfacción. El legado de Lee, autora de la novela Matar a un ruiseñor, la historia del abogado blanco Atticus Finch que defiende a un hombre negro de una falsa acusación, es mencionado con orgullo por los personajes blancos de la película; como si el pueblo y sus alrededores fueran un refugio de anti-racismo. La mirada escéptica con que Bryan responde, así como los mismos eventos de la película, nos dicen que no es así. (Otro detalle que supera la ficción es el nombre del juez que sentenció a McMillian a la pena de muerte, Robert E. Lee Key, Jr., que hace eco al comandante de la Confederación, que durante la Guerra Civil Estadounidense peleó por mantener la legalidad de la esclavitud).

La mayor parte de Buscando justicia muestra todo a lo que Bryan y Johnny D. están dispuestos para tratar de exonerarlo: buscando testigos que puedan contradecir el testimonio original, apelar a otras cortes, recurrir a los medios de comunicación. Estas secuencias son sus más convencionales; es una eficiente síntesis del prolongado proceso legal (los eventos aquí cubiertos transcurrieron a lo largo de cinco años, por lo menos), pero en la película pareciera que todas las piezas caen con demasiada facilidad. Cretton, como director, contrarresta los atajos del guion con un diseño sonoro naturalista y la fotografía digital de Brett Pawlak, que evoca la opacidad del pasado sin tratar de imitar la textura del celuloide.

Hay observaciones astutas aquí y allá. Una es la forma en que contrasta a Bryan con su colega Eva Ansley (Brie Larson). Cuando el hombre que les arrendó una oficina cambia de parecer al enterarse que estarán trabajando con presos del corredor de la muerte, ella levanta la voz mientras Bryan se queda a un lado. Si está enojando también, se lo está guardando. Su agresividad y la de ella, una mujer blanca, están destinadas a ser vistas de manera diferente. Jordan modula su actuación de manera poderosa, de tal manera que no percibe su intensidad aun cuando más se trata de mantener en control.

Otro hilo constante es la “evolución” del guardia que en un momento humilla a Bryan y después decide concederle a Johnny D. unos minutos con su familia. Es un momento dulce, pero Cretton es suficientemente astuto para notar que esto no quiere decir que, llegado el momento, no vaya a contribuir al sistema que le quiere quitar la vida. Como muchos en él, sigue pensando que distanciarse moralmente de sus acciones es lo correcto.

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Hay una conmovedora escena en la que Bryan descubre que Ralph Myers (Tim Blake Nelson), el hombre cuyo testimonio puso a Walter en prisión solo lo hizo como víctima de coerción policial. Uno pasa de resentirlo a extenderle un poco de empatía. Él no es el villano, la estructura que lo puso en esa situación lo es. Y aun cuando la película les concede pequeñas victorias a sus personajes principales, uno se queda con la impresión de que queda demasiado por hacer. Walter puede ser liberado, pero ¿qué hay de los que siguen detrás de las barras? La historia de la película es un punto de luz en una vasta oscuridad, la excepción y no la nueva regla.

La tensión que Cretton extrae alrededor de la posible liberación de Walter nos mantiene enganchados, y las secuencias en el interior de los distintos juzgados están llenas de genial drama en el que todos los elementos previamente planeados culminan naturalmente. Pero la secuencia clave de la película no ocurre en el clímax, sino varios momentos antes, en la ejecución de uno de los presos de que ocupan las celdas aledañas a la de Johnny D. Es de esas secuencias que uno se imagina que el director tuvo que pelear por incluir en la película, porque es prolongada, se concentra en un personaje secundario y no avanza la trama de manera discernible, pero explica perfectamente el espíritu de la película y por qué su historia importa.

Cretton construye un insoportable suspenso a lo largo de esta secuencia, pero nunca perdiendo el sentido humano, la idea de que todo esto le está pasando a una persona de carne y hueso. Si me dijeran que Steven Spielberg la dirigió la secuencia, es así de magistral. Cada momento previo a la ejecución contribuye a la severidad, el énfasis en el rostro del actor le da una enorme dimensión al acto, pero Cretton corta en el momento indicado para evitar que el sufrimiento se convierta en explotación. El hombre en la silla, a diferencia de Johnny D., es y se reconoce culpable del crimen por el que fue condenado; el hecho lo carcome por dentro. Si como él, también hubiera sido inocente, el punto se habría perdido. Condenar un hombre inocente a la pena de muerte es una atrocidad moral, condenar a cualquier persona también lo es. No dejo de pensar en la sucinta pero contundente frase que el crítico Roger Ebert, escribiendo sobre el documental de Werner Herzog Into the Abyss, rescata de aquella película: “Nadie tiene el derecho de quitar otra vida”.

★★★★

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