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Una mísera entrevista

oct-22-2012 By cinefilo

Con su fedora de fieltro marrón y cinta negra y una cazadora de cuero, también negra, sentado en su silla de ruedas, Bernardo Bertolucci contaba historias en una entrevista hasta hace un momento.

Me he acercado a la televisión para ver una escena de su nueva película. Para cuando he vuelto en mí mismo llevaba casi una escuchando cómo el hombre contaba historias de su juventud. De cuando conoció a Pier Paolo Pasolini al llamar a la puerta de su casa y no le dejó entrar porque pensaba que quizá era un ladrón; de sus primeros pasos escribiendo poesía antes de descubrir su pasión por el cine (que, de hecho, fue más su búsqueda de un lenguaje propio inicialmente); de cuando casi termina en chirona con Marlon Brando a raíz de que Último Tango en París sirviera para acusarles de desacato pansexual; de cuando conoció el significado de la palabra comunista por los altavoces de un camión que pasaba por un camino de tierra cerca de su casa de campo cuando era pequeño; de sus primeros encuentros adolescentes y la forma de sentir la soledad más como una claustrofilia que como una claustrofobia; de como selecciona a sus actores para sus casting y siente que es él el elegido y no ellos, especialmente cuando sus papeles deben ser interpretados por jóvenes; de cómo le gusta cargar de simbología sus películas con pequeños detalles que, habitualmente, acuden directos a sus recuerdos más íntimos de la infancia; de la simbología de cómo usa el encuadre; de que a él, a pesar de todo lo que se ha dicho y de haber participado activamente, la política a estas alturas de la película le importa una real mierda.

Y todo, así, calmado. Un discurso lento pero sin pausa, con una cadencia de voz impresionante, una dicción perfecta, una prosodia de hilar dulce y meloso que colocaba cada ingrediente de la historia con esmero matemático, casi obsesivo. Una expresión como hacía lustros que no escuchaba.

Es cierto que en italiano todo suena mejor. Se mire por donde se mire, y juro que no es desviación sentimental, es un lenguaje infinitamente más melódico, menos duro y más vocal que el castellano. Pero aún así, en esta entrevista lo que hacía volar al espectador era otra cosa, más sutil y que yo he cazado desde el primer momento y, sospecho, me he embelesado con la única intención de tratar de aprender por ósmosis.

Lo increíble de esta entrevista es exactamente lo mismo que lo que sucede con las entrevistas a Roberto Benigni: que te topas de frente con un narrador escalofriante. Escuchas, claro que sí, porque la entrevista te llega por los oídos, pero sus historias te golpean directamente en el cerebro, atravesando el trigémino e instalándose en el centro de tu cráneo. Y sientes cómo hurgan en tu imaginación y respirando hondo, y si te rodearan las condiciones ambientales adecuadas, podrías recrear las escenas que te cuentan con el vaho al exhalar.

Se plantan en el escenario y lo mismo te abstraen durante una hora entera contándote sus historias de juventud como, y esto lo hizo Benigni hace un par de años, te cascan la Divina Comedia del tirón. Y tú, hipnotizado, no puedes hacer más que escuchar, con una pequeña sonrisa unos, con la boca abierta y alucinando, otros, con las imágenes que generan con sus inflexiones de voz tan nítidas que poco te cuesta imaginarte olores y colores y sonidos de cada uno de sus recuerdos y ocurrencias.

Y aquí estoy yo alucinando con la misma ilusión de un niño pequeño y pienso que, aunque tengo una novela armada, otra a punto, un blog que da sus primeros pasos y el tiempo escapándose durante el día tiritando encogido al pensar que ya comienza el NaNoWriMo, me siento pequeño, ínfimo ante semejantes maestros y a la par me acojona y me enardece la idea de que en algún momento del futuro —espero que mas pronto que tarde, aunque me vale cualquiera de los dos—, lograré hilar y entretenerte a ti con la mitad de esa destreza de estos hombres.

Quizá a ti te la trae floja y no me parece mal. A fin de cuentas, vienes aquí esperando encontrar barruntes mañaneros y resulta que, de primeras, llevo unos días tecleando por la noche, así que pschá. Pero si en el futuro consigo sorprenderte y trasladarte y arrancarte de tu realidad, o enseñarte algún truco del oficio y con eso te hago sentir la mitad de bien de lo que me han hecho sentir esta noche, y lo logro con aquello que de otra manera sería una mísera entrevista, entonces podré largarme de este planeta satisfecho como nadie.