Cinemascope

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Hace ya más de treinta años que se inició un movimiento cultural basado en diferentes medios de expresión para luchar por un objetivo común. Este movimiento fue el Hip Hop, nacido en los barrios neoyorquinos de Bronx, Queens y Brooklyn para canalizar la protesta y reivindicación de los derechos de los afroamericanos, en un principio, y por extensión, de todo aquel que quisiera alzar la voz contra el poder establecido.

Esta cultura gira en gran medida en torno al rap, un género musical descrito por varios artistas en función de las siglas que componen la palabra; Rythms And Poethry (Ritmo y Poesía) o bien, como dice el alicantino Nach en su tema – himno para los amantes de esta música – Manifiesto “R de Revolución, A de Actitud, P de Poesía”. En sus inicios concebida como un arma, esta música ha cambiado – que no evolucionado – hasta el punto de encarnar valores opuestos a sus originales – tales como la osadía, el amor por el dinero o las ansias de poder – traicionando sus axiomas básicos: igualdad, lucha, dignidad.

Hoy os presento uno de los pocos grupos de España fieles a ese carácter original del rap, un ejemplo de rap protesta, de música comprometida, ellos son Los Chikos del Maíz. Han sido amenazados , censurados, denunciados por enaltecimiento del terrorismo y llevados ante la Audiencia Nacional simplemente por expresar sus ideales entre un bombo y una caja.

El problema amigos, es el contenido de sus letras, cargadas de crítica política que rozan la ultra violencia verbal. “Rojos como la regla de tu hermana” se declaran a sí mismos en uno de sus temas estrella, Estilo Faluya. Este tipo de música, como ya habréis notado, no interesa que se oiga ya que, además de soltar burradas como “defecaría con gusto en la cara de Esperanza Aguirre”, “Ortega Lara, no era ningún pacifista, cambió de carcelero a contorsionista” o “El 11-S no fue un drama, fue justicia” transmiten un mensaje de rebeldía, contracultura y educación.

Algo nada deseable en la sociedad española de hoy día, tachados por los medios de manipulación de la derecha más retrógrada de terroristas, apologistas de la violencia, extremistas, etc. no miran más allá de las cuatro bestialidades dichas para captar la atención, y por ello, se pierden toda la esencia del mensaje (“no pillas los códigos”, que diría el rapero-ególatra de turno).

“Yo estaba en la biblioteca mientras el resto trucaban sus Derby”

Escuchando a este par de radicales dogmáticos, violentos pseudo antifascistas que sólo les gusta la droga, la fiesta y la holgazanería podremos aprender de todo. Y cuando digo de todo, me refiero a cultura de verdad: música, cine (qué buen gusto tienen, hay que admitirlo), literatura, política (teniendo clara su subjetividad, podemos aprender bastante de sus periódicas prácticas de demagogia, hechas a conciencia), historia, etc. de la que no enseñan en la escuela, no vaya a ser que nos dé por tener pensamiento propio y les jodamos el negocio.

Por nombrar las más cultas, entre sus recomendaciones encontramos pensadores como Noam Chomsky, Gramsci, Eduardo Galeano, Freud, Kant, Nietzsche, etc. Que hacen que al escuchar sus letras contrastemos una cosa: son tan kinkis como cultos. Y así es como Los Chikos del Maíz – y sobre todo Nega en sus maquetas: Geometría y Angustia y Cine, ideología y cultura de masas – nos tienen acostumbrados a diez recomendaciones exquisitas por cada dos insultos o deseos de mutilación al político o ricachón de turno.

Y así es como concluyo mi primera entrada en La Radiotèque, con el clip de su último tema en colaboración con Habeas Corpus – T.E.R.R.O.R.I.S.M.O.

Hasta esta iglesia de Pertshire se llegó el bloguero por asistir a la boda de una sobrina muy querida

1. Los hijo de la globalización

Manda uno a sus hijos a estudiar en el extranjero y sigue pretendiendo que se casen con gente de su barrio. No cae en que los ligues de esta generación ya no se llaman Piluca o Josete, como antaño, sino Wolfgang o Silvie, o Lang, o Christopher, o Yannis, o  Kathe, o Solomon, o Brigitte, o Johannes. Son los posibles novios o novias de la globalización, y así pasa lo que pasa. La nieta mayor de este bloguero, es un ejemplo, tiene un apellido griego, un padrino escocés y una madrina alemana. Su padrino es el profesor MacCrorie, con el que anduvo por las Tierras Altas sin entender muy claramente lo que decía en su cerrado inglés scotch.

-¿Sabes que está Sabina en Saint Adrews?-le dijo apenas se encontraron en el aeropuerto de Edimburgo. Saint Andrews es la ciudad en cuya universidad  imparte sus enseñanzas el profesor Mac Crorie, famosa también por ser la cuna del golf.

-Buen músico –le respondió el Duende un tanto sorprendido porque el profesor siguiera a nuestro cantautor y su presencia allí le llamara la atención – ¿Pero conoces sus canciones?

Daba igual la pregunta.  Rod MacCrorie tampoco le entendía nada, aunque , como él, trataba de disimular lo que a menudo era un diálogo de besugos. Su respuesta siempre era un ¡oh! de sorpresa y una sonrisa.

-No tenía ni idea de que Sabina jugara al golf –aclaró entonces el Duende- Es más, en España nadie se lo imaginaría. Como va de ácrata, jamás se podría esperar que viniera a un sitio tan especial como Saint Andrews a practicar el deporte favorito de Esperanza Aguirre, que seguramente será una de sus bestias negras.

Rod volvió a sonreir.

-¡Oh!, ¿yes?… Ha venido con su novio – farfulló en su peculiar inglés de Glasgow.

¿Con su novio?…El Duende no le daba crédito. Ahora resultaba que, además de ser adicto al golf  Sabina tenía no novia, como siempre se le ha de presumir, sino novio. Eso sí que era el notición del verano: Joaquín Sabina se  había llegado hasta el norte de Escocia  para salir del armario. Y le habían dado las dos, y las tres, y las cuatro y las cinco y las seis, y desnudos al amanecer les sorprendió la luna a él y a un jayán con aspecto de cabo gastador, que era su amor hasta entonces inconfeso. Claro, no podía fugarse con él a Valderrama  o a Pedreña porque ahí le cazaría un paparazzi y echaría por tierra su leyenda canalla de golfo, libertino y mujeriego. Tenía que escapar a Saint Andrews, donde el profesor MacCrorie, acostumbrado a otras referencias como Elton John,  consideraba de lo más normal que una estrella de la música “pop” jugase al golf con su pareja del mismo sexo. Qué poca vergüenza.

Y así de  confundido estaba el Duende cuando un rayo de lucidez iluminó su mente. Y recordó entonces que estamos en un mundo globalizado, y que además de un apellido griego y un padrino escocés, su nieta Marina tiene una madrina alemana, casualmente llamada Sabine, que en boca del profesor MacCrorie tanto podía ser la guapa moza tedesca de la que su hija se hizo amiga cuando ambas coincidieron en la London School of Economics, donde también estudió su actual marido, como nuestro egregio cantautor de cuya virilidad resulta casi ofensivo dudar.

Jesús, qué alivio. No es que esté uno contra la internacionalización de la familia ni mucho menos contra los mestizajes. Es que nos educaron así de paletos y pequeñoburgueses. Y por tradición conservadora, piensa uno que lo suyo es que sus hijos se acaben emparejando o nombrando padrinos y madrinas entre gente cercana. Y si no, entre  los Martínez o los Echeveste, que eran de su barrio, de su colegio o feligreses de su misma parroquia. Más vale mal conocido que bueno por conocer. ¿O no?

2. Lo que duran las bodas de ahora

Las primeras bodas a las que asistió el Duende, entre la ceremonia y la fiesta,  duraban tres o cuatro horas.  Ahora pone uno el contador cuando empieza a acicalarse en casa y lo detiene cuando se quita el traje para meterse en la cama y no han pasado menos de diez. Desplazamiento al lugar del casorio, ceremonia, traslado al lugar de celebración, primeras copas, aperitivo. Generalmente larguísimo.

Aquí el Duende ya daría por terminada la boda, al fin y al cabo no se casaban los hijos del jede del estado, ni de una familia real, ni tan siquiera los archiduques de Pomerania. Pero no, ahora la categoría de las bodas parecen medirse en horas, y para qué aliviar cuando podemos alargar la cosa para que la gente se de cuenta de que aquí no se escatima nada. Así que después de dos horas de pie, sentamos a los invitados, y les ofrecemos una cena, no menos de dos horas. Y luego discursos, muchos discursos. En las bodas de antes hablaba mayormente  San Pablo a través de su famosa Epístola a los Corintios. Y, como mucho, el cura. Ahora hablan los corintios, el cura, el concejal por lo civil, el padre, el padrino, los amigos de ella, los amigos del novio, las amigas de la novia , los del equipo rugby de él, y unos Pitufos vestidos de principitos y princesitas que son los sobrinos de ella.

Afortunadamente no en todas las bodas aparece la Tuna para darle más realce a la celebración.

Y Homper, el Hombre Perplejo,  ha enunciado así esta otra paradoja de nuestro tiempo: a medida que se alargan las bodas, porque mucha gente vive de ellas, se abrevian los matrimonios, porque los cónyuges aguantan mucho menos. A ver quién ata esa mosca por el rabo.

3. La boda de Natalie y Johannes

Cuando la boda a la que uno tiene que asistir es en Escocia, es verdad que al invitado le toma mucho más tiempo que las ocho o diez horas de una boda convencional. Pero no hay mal que por bien no venga. Para un señor de edad, como empieza a ser el bloguero, una boda normal puede ser magnus cognazus. Pero una boda en Escocia es la oportunidad ideal para montarse este agradable viaje sobre el que ha girado su verano.

El día de la boda de Natalie, inglesa hija de madre española, con Johannes, novio alemán, fue además un día limpio, fresco y, sobre todo, soleado, primer detalle de lujo en esas húmedas latitudes. La iglesia, el monasterio de St Mary´s de Kinnoull era un monumento. Los novios llegaron en carruaje. La novia, y buena parte de las invitadas, estaban muy guapas. Había varios invitados escoceses luciendo su kilt. Y casi todos los invitados ingleses vestían chaqué, como es costumbre allí. A partir de Cuatro bodas y un funeral todos sabemos, además, que lo verdaderamente chic es conciliar la severidad de este atuendo, siempre negro en España y gris en el Reino Unido, con una corbata o un chaleco de colores chillones. Había cuatro pequeñas maiden bride (¿se dice así?) que llevaban la cola a la novia. Suele ser muy cursi, pero en este caso no se puede criticar, porque tres de ellas eran nietas del bloguero. En la iglesia al Duende no le sorprendió que aparecieran sobre los bancos de los invitados los textos de las lecturas y las letras de los himnos y salmos que incluía la ceremonia. Le sorprendió que todos, británicos y alemanes, los cantaban vehementemente, sin esa vergüenza con que los españoles, aún los más creyentes, arrastran la voz con la boca chica en las celebraciones religiosas.

Luego hubo cocktail en la casa de la novia. Sobre el césped había una carpa, bajo la que un grupo de jazz tocaba  jazz y música de Cole Porter. Los niños y las maien bride correteaban por la hierba, daban volteretas y jugaban al croket mientras los invitados departían entre sí en inglés, en alemán o en español. Mucha gasa en los sombreros y los tocados de las señoras y las chicas jóvenes, algunas de ellas francamente atractivas y sabiamente escotadas. Antes de la cena, en otra carpa, pasaron unas bandejas de jamón ibérico y de Rioja Contino. Al Duende le sentaron luego entre una dama británica y otra alemana. Ambas le sacaban una cuarta de estatura, pero sentados los tres se notaba menos. Consiguió conversar con ellas a ratos en francés a ratos en inglés, y de vez en cuando hasta se tiraba el pegote de chapurrear palabros en alemán. La  dama alemana también canta en un coro, y eso une mucho.

Luego, a los postres, discursos, muchos discursos: en alemán y en inglés. Primer baile de los esposos sin guardar el protocolo del vals ni nada que pueda recordar la ineptitud de los jóvenes de ahora para el baile agarrado. Tres o cuatro piezas nostálgicas para complacer a los más añejos y luego, como en todos las bodas, decibelios discotequeros , marcha y barra libre hasta el alba. El exceso se ha universalizado, aunque el Duende, que ya se lo conoce, se retirase en cuanto el personal empezó a desmelenarse.

Lo que se apuntaba antes, que no hay mal que por bien no venga. Puede parecer larga, fatigosa y hasta un poco cara, pero si tienes en cuenta que te sirve para viajar, hacer turismo y aprender idiomas, una boda en Escocia como la de Natalie y Johannes es una suerte. Pues que vivan los novios, ea.