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De paso por un festival de cine.

nov-7-2012 By cinefilo

A saber de mi ignorancia e inocencia, los festivales de cine eran un espacio para ver películas de acreditada calidad en compañía de no pocos cinéfilos que, como yo, entendían la ida al cine como el acto sacro de la semana; una manifestación de religiosidad con perspicaces guiones haciendo las veces de rezos y palomas que dicen ser de mantequilla en lugar del pan de vida.

Sin embargo, luego de una fugaz visita al Festival Internacional de Cine de Morelia la ignorancia se volvió desencanto y perdí la inocencia como se pierde la capacidad de sorpresa luego de cinco minutos de alguna película reciente de Tim Burton.

A partir de este fin de semana, festival de cine significa aglomeraciones, palancas, mafias, arreglos, filas y ruegos.

No sólo tuve que hacer fila para salir de la ciudad, para entrar en Morelia y para encontrar hotel –quizá no fue la mejor idea viajar durante el puente de día de muertos– también tuve que formarme hasta tres veces para mendigar boletos a una apenada taquillera con las manos y la voluntad atadas por el sistema.

Resulta que la totalidad de las funciones estaban agotadas –con al menos dos días de antelación– y la única esperanza para los cinéfilos de a pie, alejados de las delicias de una acreditación de prensa y más lejos aún de un contacto en las revistas, programas y blogs especializados; era apersonarse en taquilla 30 minutos antes de cada película para luego correr la suerte de que algún invitado o acreditado llegara tarde y pudiera entonces usurpar su boleto. A cambio, claro, de los respectivos 35 pesos.

Es decir, que los festivales de cine con las películas ansiadas y la mejor publicidad son además el espacio idóneo para pagar favores, cerrar tratos, afianzar amistades y aventar calzones a través del mercado negro de asientos de cine.

Por eso, si el cinéfilo de calle espera ver lo último del cine de autor y una que otra joya que nunca hallaría en su cadena de cines predilecta, haría bien en esperar el DVD, descargar el torrent, comprar la copia pirata o rezar porque uno de estos días, algún despistado acceda a programar ese filme en un cine cercano. Y es que los festivales de cine –como el de Morelia– no son para amateurs; esas son las grandes ligas.

Aclaro, además, que la desazón para con el FICM no sólo se alimenta de mi tripa. En alguna ocasión trabajé en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara –en el área de Mercado– y conozco los tratos y contratos detrás de una proyección. Sé que es poco menos que imposible dejar contentos a todos. Pero no está de más aprovechar la peculiar comunión entre experiencia previa y vivencia para ratificar lo que muchos saben: si no estás con la mafia –o eres cuate de la mafia– tus posibilidades de entrar a la sala son limitadas; y las posibilidades de hacerlo cómodamente, evitando filas, empujones, gritos y aglomeraciones son prácticamente nulas.

Ps. Alá bendiga a Cinépolis por distribuir los títulos del FICM.

Ps2. ¡Qué bonito es Morelia..!